Olimpia

Ilustración: Guillermo Vidal
Ilustración: Guillermo Vidal

Llegué a Penumbria en el otoño del 4,667; el 31 del 10 a las tres en punto. Al menos, eso era lo que decía mi lunario de pulso (de bronce y ópalo, que funcionaba gracias a los poderes de nuestros más brillantes magos y geólogos especializados en el cuarzo y otras piedras), pues en Polt, la ciudad de donde he salido y donde fue fabricado el artefacto, las horas caminan con normalidad; pero en Penumbria siempre son las cinco de la tarde. La leyenda dice que el hada oscura, cuyo nombre ha sido olvidado, tal vez intencionalmente, arrojó esa maldición sobre la ciudad, aunque no contaré la historia pues ésta ha sido ampliamente narrada en Los sueños de la bella durmiente[1].

Mi recorrido fue difícil y largo. Polt es una ciudad de muros basálticos al otro lado del Aqueronte, detrás del empalme de los gnomos, un melancólico páramo que desde hace un siglo está habitado por unas criaturas malhabladas, los goblins, que hicieron huir a aquella alegre raza de ilusionistas y bardos. En mi aventura me acompañaban mi fiel Kraut Slut, mi montura, un móvil de varias aleaciones de metal, alimentado por una rústica máquina de vapor, que funcionaba con agua de río y madera de ataúd mohoso; y un fenrir explorador.

Fue el fenrir quien me advirtió de la presencia de los goblins, con quienes fue inevitable el altercado, mismo que acabó en un baño de sangre. Ni sus lanzaderas ni la ciudadela de piedra-rozagante-que-se-desmorona-con-el-resplandor-invertido-de-la-Luna-de-las-Tinieblas, que en su ridículo y sucinto lenguaje se dice en una sola palabra que se parece a “Pqsshtmindela”, iban a detenerme. Yo no quería luchar con ellos, pero fue inevitable, ya saben cómo son taimados.

A causa del enfrentamiento, perdí la mayor parte de mi equipo: cuerdas, brújula, cuchillo de obsidiana, mantas, yesca y pedernal. El mecanismo del fenrir quedó inservible. Lo que más lamento es la pérdida de mi Kraut Slut… Yo mismo la diseñé, concentrado más en la velocidad que en la seguridad, y cuando acelero… cuando aceleraba, la gente creía que había llegado el fin del mundo. Por suerte, mi sombrero estaba intacto y aún conservaba la pistola, aunque esperaba no tener que usarla, también logré salvar lo más importante: la carta de Olimpia. Y gané un nuevo trofeo que ahora llevo colgado sobre mi pecho: la prótesis de lengua, hecha de plata y zafiros, que pertenecía a Solrac Siavisnom, capitán del ejército de la ciudadela, de quien se contaban rumores sobre su efebofilia y se decía que era un pésimo orador.

Aunque es mal visto por otros aventureros y por cualquier guerrero orgulloso de su espada, aproveché la soledad para revisar entre los cadáveres en busca de… ¡Sí! Lo encontré. Tabaco y madera labrada. Me apresuré a quemar un poco para aliviar mi zozobra y después de dos bocanadas, me atreví a contemplar el paisaje.

Ante mí se abría un mundo de dimensiones infinitas. Montañas, acantilados, ríos, valles, desiertos, bosques. Éste es un mundo generoso. Decidí trazar una ruta para el resto de mi viaje, comenzando en el delta del Saknussemm, el punto más cercano pasando el empalme, y hacía un medio círculo hasta llegar al siguiente punto más cercano, las minas de Falun. En este país la geometría euclidiana no tiene razón de ser. Si tuviera a mi Kraut Slut… De Falun hacia Penumbria había un par de días de recorrido, pastizales y bosques pequeños, nada más; algunas veces, si uno tenía suerte (si buena o mala, estaba abierto a discusión) podía encontrar ahí un mercado goblin, y adquirir toda suerte de objetos.

Me tomó la mayor parte de la noche ir del Saknussemm a las minas. Desde éstas, podía ver la línea del mar, una deslumbrante diadema de plata que se extendía hacia el oriente. La vista del mar debería hacerme sentir mejor, considerando la alternativa: la vieja ciudad de Falun, la mitad de sus edificios, incompletos; sólo se veían sus esqueletos y los cables que usaban los constructores para desplazarse entre ellos en esos primitivos teleféricos. A la luz caliginosa estas estructuras brotaban como naufragios petrificados que habían salido a flote. Quedaban pocos habitantes en Falun, que más que una ciudad parecía un enorme burdel. Como no podía permitirme más retrasos me pareció más sensato pasar la noche en los terrenos de la mina.

Cacé un pequeño conejo para la cena. Me sentía un poco mal por la criatura de aspecto inocente, pero tenía hambre y el placer de saciarla apagó los débiles sentimientos de culpa. Acampé usando un viejo coche de mineros como refugio. No quería dormir, pero estaba muy cansado y no pude evitarlo. Era un riesgo inevitable.

Un golpeteo me despertó. Había alguien ahí. Sin hacer ruido, busqué la pistola y, moviéndome lo menos posible, conseguí ver la silueta de una persona contorneada por la luz del día. Le apunté y le dije, tratando de sonar amenazador:

—Amigo, no sé qué buscas pero te aconsejo que tengas cuidado.

Aquel extraño se acercó sin mostrar el menor rasgo de temor.

—Hola extranjero —dijo atropelladamente mientras señalaba hacia el poniente—. Soy el doctor Knocker y lamento mucho interrumpir su descanso pero me parece que es importante que sepa usted que se aproxima una estampida de bestias de vapor.

Ese tal doctor Knocker era un personaje singular. No representaba amenaza, eso era evidente. Su cabello rojo y encrespado, mirándolo bien, semejante a la llama de una antorcha, y su cara blanca, que parecía de madera, lo hacían verse como un fósforo. Llevaba unos extraños anteojos con muchas lentes que giraban y se reacomodaban gracias a un sistema de engranes similares a los de un lunario común, pero visibles en el caso de nuestro ingeniero; no pude comprender el movimiento aparentemente aleatorio del mecanismo. Su ropa era elegante, como la de un lord, pero de colores extravagantes. Movía constantemente sus afilados dedos como patas de araña, y al hablar enseñaba un montón de dientes de pez, pequeños y agudos. En general, sus rasgos eran como una visión vespertina, adulterada por el láudano y el opio.

Mantenía un brazo estirado, con el dedo apuntando hacia el horizonte; bajo el otro, un conjunto de libros de mecánica, asomaba como un tesoro protegido por un descuidado guardián. Llevé la mirada hacia donde me indicaba. Una nube de polvo se acercaba, incluso pude escuchar un ruido de cascos golpeando el suelo.

Había incontables leyendas sobre las gentes de Falun. La más notable se refería a los ingenieros salvajes, un grupo formado de salvajes y científicos que se dedicaban a construir animales de tiro que servían para el transporte y la agricultura, pero todos ellos estaban totalmente locos y a cada máquina le habían instalado un lunario de cuenta regresiva que al llegar a cero significaba la pérdida de control, convirtiendo a las bestias en salvajes bestias de metal. Lo que son las cosas: esa leyenda ridícula resultó ser verdadera, al parecer.

—¿A dónde se dirige? —me preguntó. De pronto, ya no parecía un loco sino un hombre de verdad preocupado por la seguridad de un colega.

—Penumbria —dije. Me parece que soné más triste de lo que hubiera querido.

—No pierda su tiempo; en la ciudad del otoño perpetuo no hay nada.

La estampida estaba a unos pasos, tomé mis cosas y corrí en la misma dirección que llevaba la estampida, esperando a que me alcanzara. El doctor Knocker corrió a mi lado, como si conociera mi plan de escape. ¿Por qué diría eso? Penumbria era una ciudad agitada. Y era el último lugar donde podía buscar a Olimpia. Si no estaba en Penumbria, no tenía idea de qué iba a hacer.

Me sentí extraño al ver esas cosas sin alma, esa absurda parodia de la vida que corría en grupo imitando a la vida, sus creadores sin duda estaban locos, enfermos del alma. Me armé de valor y salté sin dejar de correr. Aterricé de pie sobre el lomo de un tauro dorado. El doctor también saltó y ahora estaba sentado sobre un caballo, haciendo suertes como si lo intentara domar. El equino se alejó y el doctor en él, gritando enloquecido. Me asombró su agilidad, y me dio un poco de tristeza al perderlo de vista. No había hablado con nadie en meses.

Como no podría mantener el equilibro mucho tiempo a causa del intento de la bestia de quitarme de encima, salté hacia la siguiente, y luego hacia otra, y otra, y así, sucesivamente, hasta que al final volví al suelo y vi a las bestias alejarse con tumbo incierto. Sin duda había sido una de las mañanas más agitadas de mi vida.

Ya no podía perder más tiempo. Emprendí el viaje de nuevo, fumando un poco de tabaco cada vez que lo necesitaba; por supuesto, no duró demasiado.

A lo lejos, sobre los pastizales, conseguí ver los colores brillantes de los últimos carromatos de mercaderes a la luz del amanecer. Un mercado que estaba a punto de esfumarse y quién sabe cuándo regresaría. Apresuré el paso con la esperanza de conseguir más tabaco, o algún regalo para Olimpia.

—Tengo este collar —me dijo el comerciante.

Era un collar de perlas muy bellamente trabajado. Pero yo sabía que en un mercado goblin, las cosas rara vez son lo que parecen.

—¿Cuál es el truco? —pregunté.

Tras la insistencia, el mercader, que tenía un ojo de canica ágata, reconoció que había gato encerrado:

—Póngale este collar a su esposa, novia, amante o hermana, y le ajustará a la perfección. Con cada mentira que ella le diga, el collar se apretará sólo un poco, un poco cada vez, hasta estrangularla.

Olvídalo, yo sólo quiero un poco de tabaco, pensé. O un anillo sin truco. Escarbando entre sus cajas, el hombrecillo dio con una caja de chucherías; dentro de ella, un puñado de anillos de compromiso. Inocuos. El contrato lo especificaba. Era un gran paso, pero un anillo de compromiso sería un buen regalo para mi Olimpia. Un símbolo de unión para no separarnos más.

Tras leer el contrato y poner mi sello en él, pagué. Al parecer todo estaba en orden.

—Buen viaje, joven —dijo el hombrecillo, guiñando su único ojo bueno. Lo ignoré y emprendí el último tramo de mi viaje. Aunque sin tabaco suficiente para el viaje de regreso, tenía las esperanzas renovadas.

Al fin, sin más sobresaltos, llegué a Penumbria, ese conglomerado de torres y agujas. Donde antes había un río profundo que sólo podía ser cruzado con ayuda de un melancólico barquero a cambio de algunas monedas de plata, ahora sólo quedaba un lodoso vado, que podía ser atravesado a pie con poca dificultad. Desde la muralla occidental, cubierta de enredadera, era posible ver la gran clepsidra de goteo perpetuo que adornaba el palacio municipal que, en efecto, era un palacio de mármol blanco, torres góticas, rosetones, arabescos. Los arcos que servían de entrada a la ciudad se hallaban cerrados, como había insinuado el doctor. La única forma de penetrar era saltando por alguna de las murallas. Elegí la de menor altura y al pasar al otro lado, me hallé en el cementerio.

La ciudad era igual a como lo recordaba desde mi última visita, que hice con Olimpia para ver el gran guiñol de Papá Fritz, excepto que esta vez había unas cuantas tumbas más y unos cuantos árboles menos. La muerte es imbatible a donde quiera que uno vaya, y a donde quiera que uno vaya, la muerte viene detrás. Me senté sobre una lápida para recuperar el aliento. Desde ese punto podía ver la línea del mar, hacia el oriente. Hacia el norte se veía esa mancha gris fúngica que era la ciudad de Fogg. Varios puntitos de colores opacos flotaban por encima de ella, los aerostatos que representan la industria más fuerte de Fogg, el transporte. Fue cuando noté que el tinte sepia que antes colgaba del cielo de Penumbria se había puesto más oscuro, como si la noche se acercara. Saqué la carta de Olimpia y la leí, aunque casi la había memorizado ya, fascinado por la escritura exacta y segura de mi amada:

Locke, te debo una explicación, lo sé. Y es ésta:

            Hace tiempo que la vida se ha vuelto demasiado larga, monótona y aburrida. He tratado de decírtelo pero tú nunca escuchas. Así que después de meditarlo bien, de darle vueltas y vueltas en mi cabeza, de pasar noches hipnagógicas, persiguiendo fantasmas de respuestas, llegué a la conclusión de que tenía que marcharme en busca de no sé bien qué, mi rosa del desierto, mi flor azul, ese algo que le diera sentido a todo el desorden y agotamiento que llevo por dentro. Tú conoces cuáles son los lugares que siempre me han interesado, así que ya sabes dónde encontrarme, si así lo quieres. Yo estaré allá, esperándote.

            Sería triste que nuestra relación se termine de este modo, yo no quiero que suceda así, pero no depende de mí. O.

La busqué en los Montes Azules, en el Océano de las Tempestades, en el Lago del Ensueño, en la Planicie de los Hongos, en el Desierto de las Rosas, en el Jardín de Fiona, en la Ciudad de las Torres Doradas, en el Bosque de las Durmientes, en todos los lugares que le interesaban, siempre sin éxito; el único lugar que me hacía falta visitar era la Torre de Rudisbroeck, aquí, en Penumbria, de la que hablaba poco, pero siempre con una mirada de añoranza que me partía el alma. Guardé sus letras en el cartapacio, bajo mi abrigo.

Noté el barro que llenaba la cubierta exterior de mis botas y sentí una punzada de dolor, una duda que me asaltaba desde que comencé mi viaje: ¿Y si Olimpia no estaba ahí?

No tenía ninguna garantía de que encontraría a Olimpia en la vieja Torre. Me sentía perdido, como si no valiera la pena ningún esfuerzo. El cielo frío y la tarde castaña con su viento frío y sus árboles de llanto triste me deprimían aún más.

¡No! No puedo quedarme así, me dije, tengo que encontrar una respuesta. Una respuesta mala es mejor que la incertidumbre. Me abotoné el abrigo, me embocé y me coloqué el sombrero. Tenía un objetivo y no podía renunciar a él.

La Torre de Rudisbroeck era alta y estaba cubierta del musgo de las edades. Podía verla incluso desde el cementerio, a través del follaje espeso de los olmos y los sauces. El aire era gélido y las hojas de los árboles dorados susurraban en olvidadas lenguas vegetales, como si quisieran decirme algo. Una advertencia. Todo en ese lugar era muerte, y la muerte había estado quieta por tanto tiempo que parecía no recordarlo. Más valía sacudirme esas supersticiones si quería lograr algo.

El loco doctor decía la verdad, no había nadie en toda Penumbria, sólo el viento y la extraña luz de las cinco de la tarde que nunca cambia. Esta soledad me hacía sentir más amenazado que la muchedumbre armada con la que combatí no hacía mucho. Con apostura, corrí a la Torre de Rudisbroeck. La verja estaba caída y oxidada, el pasto había crecido un par de metros y tenía una nauseabunda tonalidad amarilla que casi me hacía vomitar. Guardé un poco del musgo que recubría los muros; podría fumarlo a placer cuando todo esto terminara. ¡Ay! Qué no daría por un nārgil de musgo azul, del que crece en los túneles de tren abandonados de Arne, que había explorado por primera vez con Olimpia.

La puerta de la Torre estaba delante de mí, abierta y espléndida. Entré y me puse a buscar a tientas en las paredes, hasta encontrar una tea que encendí con el cuarzo de mi lunario, que al golpearlo con algo produjo chispas. Ya no me importaba saber la hora. A unos pasos se elevaba el barandal de la escalera. Alcanzaba a percibir un tenue olor a hierro. Presioné contra mi rostro la bufanda con la que venía embozado, para evitar las arcadas. Con cuidado, subí por la escalera de ónice, evitando caer a cada momento por los desgastados escalones. Parecía como si nadie hubiera pisado este lugar en siglos, y toda esperanza de hallar a Olimpia se borraba de mi mente segundo a segundo. Pero tenía que continuar, encontrar una respuesta, una pista, algo que me diera una certeza, la que fuera.

No sé cuánto tiempo me tomó llegar al piso más alto de la Torre, aunque seguían siendo las cinco de la tarde. Había un anticuado laboratorio y varios cuartos. Una bandada de zorros voladores se lanzó contra mí. Preparé la pistola para defenderme, pero los bichos cambiaron de dirección y escaparon por una ventana sin vitral. Me pregunto cómo se alimentarán cuando toda Penumbria es una enorme mausoleo.

Continué avanzando por los corredores llenos de puertas, sólo algunas de ellas estaban abiertas, sin embargo, no tenía el coraje para abrir ninguna de la que se hallaban cerradas, quién sabe qué podría encontrar al otro lado.

Me detuve en seco pues me pareció escuchar algo. Era una especie de rasgueo, pero no conseguía identificar ni su origen ni su naturaleza. Cerré los ojos para mejorar mi concentración. Había un olor familiar que se confundía con el hierro, como a fruta seca, ¡el aroma de Olimpia! Estaba allí o había estado, quizá el sonido lo hacía ella.

Abrí una puerta, me parecía que el sonido venía de dentro, y encontré a Olimpia en un rincón, llorando y arañando las paredes con violencia. No pareció reconocerme, me miraba con miedo. Sus ojos violáceos brillaban con luz extraña, como cuando sollozaba después de una pelea, triste, imperceptible; sólo fui capaz de notarlo después de unos minutos.

Su ropa estaba maltrecha y su cabellera estaba enmarañada. La tomé en mis brazos, y fue cuando noté la mancha de sangre en su pecho. La recosté sobre un sillón y busqué la herida, usted disculpe, milady. Ninguna, ninguna herida. Olimpia se quedó dormida y no la abandoné un solo momento. Parecía tener sueños inquietos, pero se tranquilizaba cuando le hablaba al oído o cuando pasaba la mano por su pelo hirsuto.

Cuando despertó, seguía sin reconocerme. Me abrazó agradecida y me dijo con voz nerviosa:

—No fue mi culpa.

Se levantó y corrió hacia una de las puertas cerradas que yo temía abrir.

—¡Olimpia!

Al entrar a la habitación vi el terrible espectáculo que me produciría pesadillas en los años por venir: las autómatas de Rudisbroeck llenaban el recinto. ¡Eran fieles reproducciones de Olimpia!, aunque algunas no tenían rostro o les hacía falta uno o ambos brazos, y caminaban a paso lento, dando vueltas en círculos por la habitación como animales aturdidos. Sobre el suelo había muchas de ellas, que creí muertas. Ahora sabía de dónde había salido la sangre.

Olimpia se arrojó en contra de una de las autómatas que corrían y, usando los dientes y las uñas, la hizo sangrar. Los gritos de aquel ser eran espantosos, demasiado humanos, demasiado inhumanos. La sangre salpicaba y las otras muñecas no hacían nada por protegerse ni salvaguardar a su compañera victimada. El espectáculo que representaban estas marionetas autónomas al morir, me perturbó demasiado.

Me marché y caí escaleras abajo algunos pisos, por fortuna ileso, aunque mi sombrero no volvería a ser el mismo. Me asombró encontrarme preocupado por algo así cuando había sido testigo de esta… esta aberración. Corrí con todas mis fuerzas, y noté que había movimiento en la ciudad.

En las calles había paseantes, ajenos a lo que sucedía en la horrible Torre de Rudisbroeck, no entiendo cómo no los vi cuando llegué. Me acerqué a unas personas que paseaban, buscando un poco de consuelo, y me aterró ver el rostro de Olimpia, los gestos de Olimpia en otras mujeres. Corrí, pero en mi carrera comprendí algo sobre la ciudad: Penumbria era la urbe del otoño perpetuo, allí nada cambiaba, las autómatas, pues sólo había mujeres, nunca envejecían.

Estaba de nuevo sentado sobre una lápida en el cementerio, abrumado, jugueteando con el anillo que pensaba darle a Olimpia, y la necrópolis parecía ser el único lugar donde podía encontrar un poco de paz. Qué triste ironía. Antes de venir no estaba seguro de si aún amaba a Olimpia o no, y ahí, bajo esa luz metálica, bajo esos árboles de llanto dorado, sólo deseaba regresar a Polt y encerrarme en mi cuarto, y a la luz del farol que se filtra por la cortina, poner en orden mis pensamientos.

No entendía nada, ¿por qué las autómatas tenían el rostro de Olimpia? Fue cuando recordé… Busqué la lápida de mi anterior visita y la hallé pronto. Leí con detenimiento: Johan Rudisbroeck; 3214-4109. ¡Más de cinco siglos habían transcurrido! Entonces ella… Olimpia era… ¡Todo encajaba! Aunque no sé por qué, pero lo cierto es que me sentía aliviado por haberlo descubierto. Lo lamento por la pobre Olimpia, si es que era la original, en verdad la había amado alguna vez, sólo que la idea de vivir con una muñeca que nunca envejecería me resultaba insoportable.

A dos días de viaje desde Penumbria se encuentra Fogg, donde podría conseguir transporte barato hasta Polt. Sin otra cosa que hacer y con cachimbo en boca, salí, dejando el anillo sobre la lápida. Seguían siendo las cinco, quizá las cinco y cuarto, y el otoño seguía cayendo con nostalgia sobre las calles de esta hermosa y terrible ciudad.

Cuernavaca, 2004

Basado en un relato de Emiliano González

Y, a su vez, en otro de Eduardo Ladislao Holmberg

[1] Emiliano González. Los sueños de la bella durmiente. México, Joaquín Mortiz. 1978.

Una versión primitiva e incompleta fue publicada originalmente en Axxón #249, diciembre de 2013.

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