La espiral

Ilustración: Guillermo Vidal
Ilustración: Guillermo Vidal

Has visto un ghoul. Los monstruos no existen, pero has visto uno, lo que significa que son reales. O quizá lo imaginaste. No, no lo imaginaste, era real, estaba en el mismo callejón que tú anoche, devorando al viejo Banky, el vagabundo. Es una lástima, no era un mal tipo, a veces te invitaba de su aguardiente y vaya que te hacía bien, desde que te volviste loco y abandonaste la comodidad de tu casa y tu trabajo en la universidad, tu cabeza es un amasijo de tormentos que sólo se apaciguan cuando pierdes el sentido, y el licor de ese vago amable es lo suficientemente fuerte para ponerte a dormir. Ahora está muerto. Lo comprobaste esta mañana cuando fuiste en su busca y miraste su vientre abierto. Y ese ghoul no te vio porque estaba muy ocupado comiéndose a tu amigo, ¿y todavía te atreves a poner en duda su existencia? No, claro que no, ellos existen.

Y si esas cosas son reales, tal vez también todo lo demás. Es para volverse loco, aunque eso no debería preocuparte, pues ya lo estás, ¿recuerdas? Te quedaste trastornado por culpa de esos libros y objetos antropológicos que se guardan en las bóvedas de la universidad. Te aficionaste a leer e investigar temas prohibidos, te obsesionaste por averiguar el origen de esas estatuillas que representaban ídolos monstruosos, más terribles que Coatlicue, y eso te hizo perder la razón porque sabías que era verdad, que la existencia de esas criaturas que acechan en la oscuridad fuera del tiempo no eran simples cuentos de escritores hipocondriacos y afectados, historias de dandis enfermizos de Nueva Inglaterra con modales refinados y rebuscados, sino verdades concretas, tangibles, improbables y difícilmente demostrables, pero percibidas por el rabillo del ojo, en las esquinas del mundo que pasamos por alto, en los ángulos anormales que forman dos muros y un techo. La verdad de esos hechos fue tan abrumadora para tu pobre mente humana que la única reacción saludable sería deschavetarse.

Te volviste loco por tu propio bien, para dejar de pensar en eso. En la calle, con la lucha diaria que es conseguir un pan o una cabeza de pescado, unos cigarros o una botella de alcohol, no tienes tiempo ni necesidad de pensar en esos… esos dioses o demonios. Pronto te olvidaste de ellos, hasta donde era posible. Eso significa sólo una cosa: que tu obsesión ha bajado de intensidad, sobre todo porque no tienes nuevo material de lectura ni nuevas esculturas de arcilla o de materiales desconocidos donde poner tus manos y tu atención ni tampoco los recursos para emprender una nueva investigación en selvas latinoamericanas o asiáticas. Pero viste a un ghoul arrancando pedazos del viejo Banky con el hocico y tragándoselos sin masticar, haciendo ruidos nauseabundos. Lo viste. Ahora sabes sin lugar a dudas que son reales. Y si lo son, y lo son, entonces todo lo demás debe de ser real. Es normal que sientas esa emoción, dedicaste más de la mitad de tu vida en probar que esas reliquias tenían un sustento real y no conseguiste más que burlas. Pero ahora sabes que todo era verdad.

No, son simples alucinaciones, te dices a ti mismo, causadas por el abuso de alcohol. ¡No te engañes, amigo! Existen. ¿Recuerdas esa piedra que hallaste incrustada en una máscara obtenida por medio de los papúes, roja como un rubí pero pulida como una lente mediante una técnica imposible pues era más dura que un diamante? ¿Recuerdas lo que hiciste con ella? Así es, la usaste como una lente, era lo más lógico. ¿Y qué viste? El origen del mundo. Era una lente muy potente, ¿cierto? Ningún telescopio, ningún microscopio habían acercado así las cosas tan lejanas, esa lente roja te permitió contemplar el pasado, era tan poderosa que te permitió ver a través del tiempo. Masas amorfas venidas de las profundidades del espacio se asentaron en la Tierra y emplearon los elementos encontrados en ella para crear la vida, vegetal, animal, fúngica y, finalmente, al ser humano, que sería su mejor esclavo.

Sí, esa lente te permitió refutar la existencia de Dios y la teoría de la evolución, todo al mismo tiempo. Los hombres fuimos creados pero no por una deidad benevolente y amorosa, sino por criaturas tan retorcidas, tan extrañas que rendirles culto debería considerarse una enfermedad mental y un crimen contra la humanidad. Sólo que la humanidad es tan poca cosa, una nadería.

Y se te ocurrió la magnífica, la maldita idea de usar la lente en sentido inverso y, contra todo lo esperado, funcionó: pudiste ver el futuro, la desaparición de la humanidad, las bombas, la radiación, la desolación, el mundo convertido en un océano gigantesco de aguas bullentes de vida malsana y, posteriormente, en un desierto, ardiente al principio, helado al final. Y en ese mundo reinaba una raza de insectos parecidos a cucarachas y, en los poros oscuros del mundo, una raza de hongos parecida a humanos, pero sin rastro de carne, sangre o huesos, ni tampoco identidad o voluntad: sólo estaban ahí, reproduciéndose y ocupando espacio, arrojando vapores tóxicos, finalmente llenando la Tierra hasta volverla inhabitable para cualquier cosa, una piedra árida flotando en el silencio del universo. Contemplaste el fin del mundo.

No, nada de eso fue producto de tu imaginación. El alcohol vino después, una forma de soportar u olvidar esas visiones. Una afición cada vez más frecuente. Hace unos tres años ya que tomaste la costumbre de beber tanto como puedes, aunque la bebida te produce delirios. Quizá ese ghoul no era otra cosa que un perro rabioso o un junkie perdido en el viaje robándole su botella al viejo. Eso no cambia el hecho de que ese pobre hombre esté muerto, y que lo haya sido de una forma atroz. Quizá alguien lo asesinó con un machete, uno de ésos, como el que sostienes en las manos.

Eso es, otro trago. Sí, eso te hará sentir mejor. Bebe tranquilo, los ghouls no existen, lo imaginaste todo. Tampoco existe ese calamar alado que duerme en la meseta que ves en tus pesadillas, ni esa deidad que parece una rana y transforma a sus acólitos en híbridos humano-batracio, tampoco esa masa idiota que babea en el centro del universo y que casi puedes sentir cuando escuchas música de flautas. Todo eso no son sino las necedades de locos solitarios que se creían escritores y nunca fueron capaces de lograr una obra sobresaliente, tan sólo cuentos amarillistas que se publicaban en revistas baratas, un simple muestrario de sus fobias y traumas. Tal vez sea buena idea que escondas ese machete y te acabes el licor.

Y ahora, duerme. Usa esos periódicos, así no tendrás frío. Y saca esas ideas enfermizas de tu cabeza o te volverás loco de veras. Así, así. Cúbrete bien para que no te dé una gripe, recuerda que no tienes dinero para comprar medicinas. Cierra los ojos y déjate llevar por la calidez del alcohol que fluye dentro de ti, escucha el palpitar de tu corazón, arrúllate en él, ignora los gruñidos y el ruido de pies que se arrastran cerca de ti, ignora el dolor causado por unos colmillos clavados en tu carne, siente el calor de tu sangre y déjate ir, déjate ir.

Publicado originalmente en Axxón #251, febrero de 2014.

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2 Comments

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  1. acabo de leer este cuento desde Axxón, me pareció fantástico!!! Me dejó con la pregunta, “¿qué buscan, algunos de los que buscan?”
    El lunes o martes voy a promocionar tu sitio para que otros lectores te conozcan! no lo hago hoy porque hay poca gente conectada en fb y se va a perder el post en thread de noticias.
    Abrazo!

    Le gusta a 1 persona

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