El cuerpo de Cristina estaba en el armario

Foto: Sandra Ogel, Linen Closet
Foto: Sandra Ogel, Linen Closet

El cuerpo de Cristina estaba en el armario. Lo descubrí esta mañana a causa del olor que despedía. Catorce días de descomposición impregnando el aire de la alcoba.

Un domingo hace ya dos semanas, Cristina y yo discutimos fuertemente. Las causas de nuestro enojo fueron las mismas que causan el enojo de todos los matrimonios de todo el planeta.

El lunes, al levantarme para ir al trabajo, Cristina no estaba en la cama. La busqué en todas partes, el baño, la cocina, la sala, el patio, bajo la cama… No estaba. Debe de haberse ido con su madre durante la noche, pensé. Ya lo ha hecho antes. Volverá esta tarde, o quizá mañana por la mañana. Me puse mi traje gris y me fui a trabajar. No pensé demasiado en ella durante el día. Incluso, en Avenida Tláhuac, casi a la altura de Las Torres, le compré varias películas a un muchacho de bastón que siempre tiene material raro. Casi esperaba que Cristina no hubiera vuelto, con ella en la casa es imposible disfrutar de un buen filme de horror.

El martes volví un poco más temprano del trabajo y ni señales de Cristina. Mañana será, me dije mientras preparaba una cena para uno. Me quedé dormido en el sofá viendo una película. Me pareció ver a Robert Englund en mis sueños. No tenía quemaduras en el rostro y, creo, eso era aún más espeluznante.

El miércoles, el jueves, el viernes terminó y Cristina no había regresado. Y viendo películas de Dario Argento, Tobe Hooper y Takashi Miike hasta altas horas de la noche, dormí toda la semana en el sofá, soñando con agujas afiladas, manchas de sangre en las cortinas y suspiros detrás de las paredes. El sábado, al ver que Cristina no volvía, llamé a casa de mi suegra.

—¿De casualidad no estará Cristina por ahí?

—No —contestó mi suegra.

—Gracias —y colgué sin dar más explicación.

No se me ocurría dónde podía estar. Los días siguientes, llamé a todos mis conocidos, y nadie sabía nada. Llamé a los pocos conocidos de ella de quienes logré conseguir el número, y tampoco ellos supieron ponerme tras la pista de Cristina.

—¿Lleva diez días desaparecida? —me preguntaron sorprendidos.

¡Sí! Desde el domingo antepasado hasta ese momento, sumaban diez días. ¡Jesús! ¡Cómo se va el tiempo!

El domingo en la noche decidí que si Cristina no regresaba en las horas siguientes, al amanecer llamaría a la policía.

—Por favor —dije, como si rezara—, ahórrales esos centavos a los contribuyentes.

Me metí en la cama. Estaba cansado y no tenía ánimos de ver ninguna película. Esa noche, mis sueños fueron muy inquietos. Me encontraba perdido en un lugar oscuro, de corredores estrechos y que a mí me parecían infinitos. Creo que buscaba algo en aquel laberinto, pero no sé qué. Después de lo que me parecieron horas de intensa búsqueda, descubrí un gran salón iluminado por candelabros de oro y plata, que emitían una luz clara que bañaba mi cuerpo y me llenaba de paz. En el centro del salón había una manzana dorada sobre un pedestal de mármol. Me acerqué a la manzana y descubrí que estaba toda agusanada. De algún modo, ver aquello debió ser impactante para mi yo durmiente, pues desperté al instante.

Tragué aire rápidamente para recuperar el aliento y fue cuando me percaté del horrible olor. Provenía del armario, pero eso yo aún no lo sabía.

No deseaba levantarme, pero el olor no me dejaba dormir. Me incorporé y encendí la luz. Me tallé las penumbras de los ojos. Miré que el reloj aún no marcaba la media noche. Al menos podría dormir un buen rato todavía. Pero primero debía averiguar de dónde salía aquella peste y deshacerme de ella.

El baño estaba en orden. Incluso tenía un aroma más fresco, más limpio que el resto de la casa. Tampoco eran ni la estancia ni la cocina. Sólo quedaba una posibilidad: la habitación de dormir.

La recorrí toda. No había nada debajo de la cama ni en el buró, tampoco en los cajones de los calcetines ni en las cajas de ropa sucia acumuladas durante dos semanas. Tenía que ser el armario. Me acerqué a él con cautela, y el aroma era más penetrante ahí. Cubriéndome la nariz con un pañuelo, abrí la puerta.

Cuando la vi, sentí un impulso eléctrico recorriendo desde mis pies hasta mi cerebro, y vi claramente lo que había sucedido.

—Si trabajo todo el día —grité—, es sencillamente para tener más dinero y para que te puedas comprar todas tus chucherías.

—¡No quiero tu maldito dinero! —dijo ella, fuera de sí—. ¡No quiero todas esas cosas que siempre compras!

—Entonces no sé lo que quieres.

—Nunca lo has sabido, ¿eh?

—Tú nunca has hablado claro. No puedes echarme la culpa a mí. Tú eres la que nunca habla. Cómo esperas que yo sepa lo que tú quieres, ni que fuera un adivino.

—Todavía no lo sabes. Eres tan estúpido que no puedes…

La interrumpí con un golpe en la cara. Creo que lo di muy fuerte, pues me dolían mis nudillos. Ella calló y se golpeó la cabeza con la esquina de la mesa. Su cabeza cayó al suelo y dio un ligero rebote. La sangre manaba en abundancia. Creí que estaba muerta. Me sentía muy tranquilo, más tranquilo que en años.

Fui a la cocina. Tomé el cuchillo más grande y regresé a ella. Probé su filo en una de sus muñecas. Más sangre. Ella gritó. Así que no estaba muerta.

—¡Así que no estás muerta! —le escupí al rostro.

Cristina intentó decir algo, pero de su boca sólo escapó sangre en forma de burbujas. Me miraba aterrada, se daba cuenta de lo que iba a hacerle. Trató de luchar, pero estaba demasiado débil. Me puse de pie y le di una patada en el estómago. Ella se encorvó y comenzó a llorar. Yo la odiaba. Odiaba verla allí, manchada de sangre y lágrimas, tan débil, como un gusano, como un bicho putrefacto, y volví a patearla varias veces más. Cristina dejó de resistirse, pero aún me miraba con ojos llenos de miedo y sangre y llanto. Por fin, harto de aquello, le aplasté el cráneo contra el suelo.

Limpié el cadáver perfectamente y lo metí al armario. En la mañana ya pensaría cómo desaparecerlo.

Pero de algún modo, lo olvidé, y pasé las últimas dos semanas buscándola, y ahora que la había encontrado, tenía que terminar el trabajo que había dejado inconcluso. No podía permitirme que nadie hallara el cuerpo de Cristina. No me apetecía ir a la cárcel. Ya era hora de ser libre.

Con el cuchillo, que aún permanecía enganchado en su muñeca, comencé a cortarla en trocitos, y cuando el cuchillo no me servía, usaba un martillo y un cincel. Carne, músculo y hueso, todo se rompía con más facilidad de la que imaginaba. Arranqué los pies, y los dedos de los pies. Corté a lo largo del tórax, y usando el mango del martillo como palanca, separé las costillas. Corte los pulmones, el hígado, el corazón y los riñones, y los guardé en una bolsa de plástico, junto con el cerebro y los sesos que se habían regado por el suelo y que reuní valiéndome de un pedazo de cartulina y una escoba. Arranqué los ojos con los dedos, corté la nariz con un cuchillo y la lengua con unas tijeras. Todo eso lo metí en la misma bolsa.

En una segunda bolsa, metí los pedazos más grandes, los pies, las piernas, los brazos, los huesos sueltos. Até las bolsas y las guardé en el armario, seguro de que podría deshacerme de ellas de camino al trabajo.

Publicado por primera vez en Rojo Siena #4, octubre de 2011.

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