Los elefantes son contagiosos

(Prólogo de René Avilés Fabila)

Los elefantes son contagiosos, que toma su nombre de un refrán de Paul Eluard, es una novela experimental en varios sentidos. Obra surrealista y dadaísta a la vez que punk, sátira ridícula a la vez que una tragedia severa, narración de lectura ágil y divertida, es también un retrato realista de la vida cultural de la ciudad de México, una metrópolis que nació en decadencia, donde el tiempo está congelado y que permanece idéntica a sí misma a lo largo de las épocas (o sexenios), una ciudad inmóvil, irreal, fantástica. El autor no tiene piedad para exhibir sus fobias ni vergüenza para mostrar sus filias, y ése es uno de sus puntos fuertes, pues la crítica y el halago trascienden, y en su pluma se convierten en reflexiones en torno al oficio mismo de escribir libros en este México de mafias culturales y literatura oficial, planteando un problema moral acerca de la creación estética. Por la novela pasan lista algunos de los escritores más representativos de la literatura moderna; no faltan Octavio Paz, Julio Cortázar ni García Márquez, por un lado, por otro, Rimbaud, Tzara o Breton, quienes sirven al autor para lanzar sus ácidos e hirientes comentarios, una crítica amarga a la mediocridad reinante, una parodia que toma la forma de una venganza. Pero no todo es maldad en este libro; hay en él una profunda ternura, unas evidentes y poderosas ganas de vivir y de amar. Los elefantes son contagiosos es también una novela amorosa, un retrato de la juventud y sus esperanzas, muchas veces fallidas. Ahí, radica la tragedia que es el fondo de la novela debut de Jorge Jaramillo.

 

Fragmento de Los elefantes son contagiosos, novela ganadora del premio “René Avilés Fabila 2014”, de la BUAP.

Los elefantes son contagiosos
Los elefantes son contagiosos

El esplín del defe. Me encontré con Daucuscarota en la farmacia donde le surten su receta de cortisona, reserpina, tolserol y thalidomide (se dice, su nacimiento fue turbulento como un avión en picada: su madre tuvo convulsiones a causa del mal de ojo, y eso apresuró su parto. Hijo de un chamán conservador de Oaxaca y una junkie supermoderna de Ciudad Neza, mi amigo nació alucinando y la sangre que lo cubría era como lava hirviente; para su fortuna, sus extremidades miden lo que deben medir, si acaso un par de centímetros extra; sin embargo, es muy probable que presente catastróficas deformaciones internas, y también que haya nacido sin alma). Cuando Daucuscarota tenía tiempo que perder, lo dedicaba a jugar Super Street Fighter dos turbo (la edición original, no las versiones piratas, modificadas para hacer trampa), y era tan malo que incluso yo le ganaba, menos con Akuma. Claro que yo siempre preferí la saga de Tekken.

Y luego se preguntan por qué el común de la población no participa de la cultura, pero tú no te comprarías un libro que no te dice nada. Los demás, tampoco.

Estoy escribiendo una novela, me contó, sobre una pareja de perdedores completamente normales y corrientes. Tú sabes: él un pobre diablo de oficina, ella una pobre histérica de casa, gente genérica intercambiable. Lo interesante es que la historia se desarrolla en un universo alternativo, un verdadero mundo perfecto, donde en el accidente de Metallica no murió Cliff Burton, sino Lars Ulrich. Es como si la vida diera una segunda oportunidad para corregir los errores de la Historia. ¿Y Dave Mustaine?, pregunté. Él abandonó Metallica para formar Megadeth, más o menos como en esta realidad, pero Cliff Burton se fue con él. James Hetfield se convirtió en un alcohólico y enfermó del hígado, y Kirk Hammet se suicidó al perder a James. Jason Newsteed formó una banda de porn metal un poco macabra. El único defecto de este mundo perfecto es que allí no existen las bromas que hacen referencia a Napster of Puppets o And Napster for All… pero las pérdidas son menores considerando las ganancias.

¿Has notado cómo últimamente la música se está diversificando tanto que parece que deja de tener sentido? Bueno, compañero, respondió él, la música no puede quedarse así, inmóvil, inmutable; tiene que evolucionar. De acuerdo, de acuerdo; es sólo que no soporto toda esa música nueva, o no tan nueva, pero sí, digamos, exótica… ¿sabes qué me fastidia?, el Ollin Kan. Yo lo encuentro interesante. Exacto: es interesante, pero nada más… y la mayor parte de las propuestas musicales me aburren. Bueno, compañero, para todo hay gustos. Es probable que a algunos realmente les guste la música de otras culturas, pero me parece que la mayoría de los que asisten a esta clase de eventos son de esos que dicen que hay que escuchar de todo. No veo cuál es el problema, compañero. El problema está en las palabras hay que; no creo que tenga la obligación de escuchar música afgana o folclor latino si no tengo ni deseos ni interés en hacerlo. Pero no hay que cerrarse; no puedes saber si te gusta algo hasta que no lo has escuchado. Cierto, pero una vez que lo has hecho, es el momento de elegir, de tomar una postura; hay que elegir con qué nos quedamos y qué vamos a desechar; no se trata de escuchar de todo a fuerza; la música, quiero decir, el acto de escucharla, no es pasivo, sino activo; pero me resulta evidente que la gran mayoría va a seguir optando por la postura más fácil y cómoda, lejos de la responsabilidad que implica necesariamente: tomarlo todo, sin discriminar. Eso suena a eclecticismo. Pero no lo es; el ecléctico, sólo elige lo que hay de mejor; el que ya no elige, sino que se queda con todo, es un cerdo, que se traga no sólo las perlas y las margaritas, sino incluso la mierda. Vaya, no lo había pensado de ese modo… creo que tienes razón. La tengo, por supuesto. Oye, compañero, ¿conoces la palabra modestia? Sí, pero elegí eliminarla de mi vocabulario. ¿Sabes?, se me ocurre que se necesita tener mucho valor para pintarle un buen NO a ciertas cosas, compañero. Lo has comprendido; se hace tarde, ya me retiro. Sho-ryu-ken… es decir, nos vemos después.

Me fui a un evento de arte multidisciplinario. Había performance, pintura callejera, escultura de alambre, y algunas otras expresiones que no estoy seguro de cómo llamarlas. Entre los participantes se hallaba Neftalí Zamora, afirmando que nada es sagrado (nadie dijo que ser artista era también ser original). Para ser honesto, cuando entré a la sala donde se exhibía su instalación, primero creí que era un espacio en construcción, debido al montón de cascajo tirado por el suelo, pero cuando no vi ninguna señal, me di cuenta de que se trataba de la obra misma. Digan lo que gusten, pero un pedazo de yeso en el suelo no logra conmoverme ni un poco. Nada de esto transmite idea alguna, nada dice nada. Y luego se preguntan por qué el común de la población no participa de la cultura, pero tú no te comprarías un libro que no te dice nada. Los demás, tampoco. Después de pasearme durante media hora por las distintas salas, tratando inútilmente de no aburrirme, me vino la certeza de que una sociedad estéril sólo puede engendrar arte estéril; a una imaginación exánime se traspone una realidad diáfana. Tan lejos de dada y tan cerca de Wal-Mart.

Aunque comprendo lo que tratan de decir estos creadores. Lo único es que lo que tratan de decir es demasiado frívolo como para tomarse en cuenta, como para permitirse una mayor reflexión en torno a sus creaciones.

Tal vez soy muy purista en algunos aspectos (aunque tengo mis dudas), pero la idea de que el arte se mantenga lejos de la sociedad, con su cultura y su política, me parece una aberración, casi tan repugnante como esos calcetines con dedos (¡qué clase de mente enferma pudo idear algo tan antinatural!). dada, por su parte, déjenme contarles, era, fue y sigue siendo, le pese a quien le pese, un maravilloso y mágico (por no decir sumamente inteligente) intento por crear una gran revolución cultural. Lo triste ha sido justamente eso, que se trató de un intento. Si terminó en nada, no es por su culpa, sino debido a que la gente es cada vez más idiota.

Se me acercó diciendo insensateces como que el puto cielo está hecho de hierro negro, igual que en los corazones de los hombres…

De camino a casa, me topé con una multitud festiva. Primero creí que se tratada de una de las manifestaciones de los cuatrocientos pueblos, pero al acercarme me percaté de mi error; se trataba de una marcha por el orgullo heterosexual. Sumamente fascinante, pensé, esto de defender la heterosexualidad, hoy que casi resulta condenable. Con el auge de la libertad de elección sexual, casi parece haberse vuelto una norma ser homosexual. Y bueno, tengo algunos buenos amigos homosexuales, pero aceptarlos y respetarlos no implica que tenga que fomentarlo. Si de verdad creyeran ser iguales a los demás, no se estarían exhibiendo de ese modo, se dedicarían a amarse y punto, sin necesidad de escandalizar a las otras personas con sus demostraciones públicas. Tanto necesitan el reconocimiento y la credibilidad de la sociedad que se nota que no han logrado acceder a los suyos propios. Tal vez sea cierto eso de que los homosexuales lo son por elección, y hoy que está de moda ser homosexual, pues todo se esclarece. Y no es sorpresa que esto ocurra en una época en que todas las cosas tienden a convertirse en su opuesto para sobrevivir negándose a sí mismas; el hombre se convierte en ama de casa, la mujer en proveedora y protectora, el arte se convierte en publicidad, el graffiti en muralismo, el skatebarding en deporte, el folclor en alta cultura (música grupera en Bellas Artes), la psiquiatría en antipsiquiatría, la poesía en prosa, la prosa en poesía, los gringos se vanaglorian de ser un pueblo tolerante, las virtudes se convierten en defectos, los defectos en virtudes, la contracultura en agricultura. Una de las pocas constantes es que los asnos siguen llenando el senado.

El atardecer. Una tarde de luz mate bajo este cielo gris, entre calles grises, con un aguacero repentino que de tan gris parecía ceniza. Me encontré con un vagabundo. Al igual que yo, estaba empapado, y la barba le escurría. Se me acercó diciendo insensateces como que el puto cielo está hecho de hierro negro, igual que en los corazones de los hombres, todo de hierro negro y el sol una bola de hierro, una bola negra en el firmamento, y como que el imperio nunca terminó y que las cosas importantes siempre suceden enfrente de nosotros, como cuando vio a un hombre hacerse invisible frente a sus narices y no se dio cuenta y no sé qué tantas cosas más. Cuando se tranquilizó, me dijo que quería una moneda, y yo le di un libro con un billete de baja denominación como separador. El vagabundo tomó el billete y me devolvió el libro (era de Tolkien, así que no supe cómo debía interpretarlo) y al hacerlo me dijo aquí está su cartera. ¡Locos! Deberían llevarlos a todos a los campos de detención para extranjeros sospechosos y elementos subversivos del frente doméstico.

Continué mi camino. Creí ver el talud de ángeles doblando sus vestidos de estambre en los hierbajos de acero y de esmeralda, pero sólo se trataba de una excursión de niños de algún kínder, que recorrían el otrora Valle de México acompañados de sus profesoras torpes y bonitas.

Cuando la lluvia cedió, las corporaciones de cantores salieron a las calles. Los bárbaros danzan incansables en la fiesta de la noche. Era una visión fantasmagórica de la realidad, con todos esos giros que me daban vértigo y sus luces que me cegaban en medio del mundanal ruido.


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