La hija

Pasó muchos años sola en una casa rodeada de árboles y barrancos sin ver a nadie, ni decir ni escuchar otra palabra que sus propias lamentaciones, acumulando días y noches de cultivar plantas e insectos, de contemplar la danza de la lumbre en el horno de barro mientras tejía, y los tristes retazos de luna que flotaban temblorosos en el agua del pozo mientras pelaba las verduras para hacer la sopa. Ya nada, ni los aullidos de los coyotes en el monte ni los gritos de los pájaros nocturnos, la distraían de su melancolía. Ya no hacía otra cosa más que mirar hacia adentro y sembrar papas y machacar chapulines.

Una familia de vencejos se posó a descansar en las tejas de su casa y le vino la idea de que quería tener una hija. Había pasado tanto tiempo sin saber nada del mundo que había olvidado cómo se hacen las hijas, si es que alguna vez lo había sabido. Los pájaros recolectan ramitas y basura y al poco tiempo hay nuevos pájaros. Ella recolectó ramas y hojas secas y armó a su hija con la forma y los colores que le gustaban, le hizo vestidos y medias y una cinta para el pelo.

Pensó en lo felices que serían las dos viviendo juntas, compartiendo las tareas de la casa, hasta que un día su hija tendría a su propia hija y ella pudiera irse a descansar para siempre bajo un árbol, un poco triste pero satisfecha al saber que su hija querida no estaría sola. Tal vez su hija incluso tendría un marido que se encargue de las labores más pesadas, como cortar madera y arreglar las tejas, pero ella se las había arreglado muy bien sola y no pensaba llenarle la cabeza de pajaritos.

Preparó todo para el nacimiento. Trenzó el pelo de ramas de su hija, le puso la cinta en forma de moño, abrió la ventana para bañarla de luna, dejó caer dos gotas de sangre de su mano en su boca y espero, y espero, y siguió esperando, pero su hija no se quería despertar.

—Anda, hija —le dijo—, levántate. Anda, ya…

Se dio cuenta de que no le había dado un nombre. Se acercó a su oído y le susurró su nombre, un nombre que nadie escucharía nunca. Le habría dado el suyo propio, pero hacía ya tanto tiempo que lo había olvidado que era más fácil escoger un nuevo, un nombre único para ella. Al final, besó su frente y, aunque no se levantó, sí se despertó; lo notó por el quejido que la hija dejó escapar, un gemido de hojarasca e invalidez que le horadó el corazón.

Durante un tiempo trató de enseñarle las cosas más simples, como ponerse de pie y andar o alimentarse, pero su hija no lograba aprender ninguna de ellas. Ni siquiera conseguía dejarla sentada dos minutos antes de tener que ir a su rescate, pues la hija ya se había doblado sobre sí misma o volcado a un lado. La niña movía sus extremidades siguiendo las limitaciones naturales del cuerpo humano, pero lo hacía sin ningún sentido y propósito. Este arbitrario patrón de movimiento la hacía ver como si explorara todos los ángulos y formas posibles que el cuerpo pudiera tomar. Sus sacudidas y espasmos recordaban más una lombriz partida por la mitad que una persona.

Ver a la pobre niña desvalida le dolía más de lo que nunca le había dolido nada en su vida, al menos que ella recordara. Había nacido débil e inútil, incapaz de algo más deliberado que abrir los ojos y seguirla con la mirada, dejando escapar esos gemidos tortuosos, que cada día parecían menos de sufrimiento y más de condenación.

Durante un fuerte aguacero, se dedicó a evitar que la casa se le encharcara y el agua se llevara sus cubetas. Cuando el tiempo se calmó, recordó que había dejado abierta la ventana del cuarto de su hija. La encontró empapaba y temblorosa y sintió como si una espina muy larga se le metiera en el pecho al darse cuenta de que no sentía nada al ver a la criatura hecha una lástima. Recordó un hormiguero que había pisoteado por accidente: habría preferido no hacerlo pero el cuanto apartó la mirada, se olvidó por completo de él. Lo que sintió esa vez es lo mismo que sentía ahora.

Cerró la puerta al salir y puso una cazuela en la lumbre. Mientras la sopa hervía, se sentó a quitarles las patas a los insectos. Arrancó un limón del limonero y unos chiles de una maceta y comió lentamente, dejando que el tiempo pasara a su ritmo, sin apresurarlo, dejándolo estirarse todo lo que pudiera.

Pasó tanto tiempo así, preparando sopa, pelando insectos, comiendo despacio, que ya no escuchaba ningún ruido, ni los coyotes en el monte, ni los pájaros en la noche, ni la criatura detrás de una puerta olvidada.

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