Una oligofrenia que fue presidente

Un caso extraordinario de la política nacional fue Enrique Peña Nieto, un hombre que desde muy joven fue diagnosticado con el síndrome arcaico anormaligofrénico, más comúnmente llamado oligofrenia.

En sus orígenes, el síndrome arcaico anormaligofrénico (SAA) se consideraba una patología psíquica caracterizada por una deficiencia mental severa, producto de una posible interrupción espontánea del desarrollo de la inteligencia durante la etapa intrauterina o, en algunos casos, ocurrida a muy corta edad.

Aunque algunos términos para clasificar los cuatro tipos principales de oligofrenia fueron desechados posteriormente, por considerarse en el habla popular en términos peyorativos u ofensivos, a partir del análisis de nuestro sujeto, se ha hecho menester usarlos de nuevo, en sus acepciones clínicas más serias. A saber:

    • Idiota. Es un ser humano incapaz de comunicarse, que no tiene actividad física y resulta imposible de educar. Su CI es menor a 30.
    • Imbécil. Es alguien incapaz de leer o escribir, cuyo CI no supera los 60 puntos.
    • Morón. Capaz de acciones manuales, como acomodarse el cabello, y con un leve desarrollo de memoria, cuando no se trata de algo tan complejo como recordar de qué murió la esposa, pero totalmente incapaz de hacer abstracciones mentales. 90 sería su CI máximo.
    • Idiot-savant. Autosuficiente para tareas manuales, como colocarse una banda presidencial, pero sin criterio propio, típico de un títere. Puede hilar hasta 4 sílabas sin equivocarse, pero es muy poco frecuente.

El sujeto de este estudio no era de fácil clasificación. Algunos psiquiatras consideraban que sólo se trataba de un ejemplo de paciente con poca inteligencia emocional, término demasiado socorrido durante aquellos años para justificar el comportamiento abusivo, incluso dañino, de algunas personas hacia su entorno y familia; sin embargo, hablar de inteligencia emocional implica hablar de inteligencia, pero lo cierto es que en nuestro paciente, ella se encontraba ausente.

Ante las dificultades al enfrentar el caso, se optó por hacer una excepción y recurrir a las cuatro viejas clasificaciones, incluso si sólo era por un asunto práctico, como crear una clasificación de archivo del paciente (estos documentos son sólo de uso clínico y no deben ver la luz pública, lo que implicaría una falta de ética grave, y en este caso particular debería castigarse como un delito federal).

Con tan sólo 8 años de edad, el sujeto comenzó a recibir atención médica y psiquiátrica, pues su madre consideraba que, según sus propias palabras, “mi hijo no es normal, algo raro le pasa, no aprende como los demás. No aprende.” De inmediato, sus tutores se pusieron en contacto con la administración del hospital psiquiátrico, donde recibió la atención necesaria para ayudarle a convertirse en un ser más o menos funcional.

Los psiquiatras que lo atendieron estaban consternados por el nivel de idiocia que presentaba el sujeto, así como por los notables síntomas de imbecilidad, mongolismo y, aunque no había sido estudiado a fondo por un neurólogo, trisomía.

A través de la terapia múltiple, que incorporaba técnicas decimonónicas coercitivas, medicación moderna, psicoanálisis ortodoxo (que resultó infructuoso, pues el sujeto no presentaba el menor signo de tener memoria identitaria) y otros métodos menos convencionales, se determinó la urgencia de clasificar al paciente como un “sujeto vacío”, esto es, sin identidad propia, sin conciencia de sí.

§

Cuando la responsabilidad de atender al sujeto recayó en mí, me encontré con un dilema de difícil solución. Aunque me mostraba incrédulo, la serie de pruebas que realicé en el sujeto, así como la continuada terapia múltiple supervisada por mí, no dejaban lugar a dudas: La única inteligencia que se podía deducir en el aparato psíquico del sujeto, era el síndrome arcaico anormaligofrénico.

Sé cómo suena esto, estoy consciente de las implicaciones de redactar este informe, y conforme a ello me pongo a disposición de mis colegas; pero, como científico en primer lugar, y como ciudadano en segundo, es mi deber profesional y moral llevar a cabo esta comunicación, fiel a la verdad comprobada y comprobable en el laboratorio y en la institución psiquiátrica para la cual laboro. Considero que mi reputación es menos importante que la verdad científica.

El síndrome arcaico anormaligofrénico del sujeto era, en verdad puede decirse así, la consciencia que lo usaba como vehículo, no distinto a lo que haría un parásito que tomara el control del sistema nervioso central a la vez que del aparato psíquico del sujeto. Al llamarle “consciencia” a este síndrome, no me refiero a un pensamiento racional análogo al del ser humano, sino a una “consciencia otra” que funciona bajo sus propios términos y preceptos, incomprensibles para nosotros hasta el momento, aunque en una analogía puede compararse con el hongo cordyceps que se introduce en una hormiga y la obliga a buscar un lugar alto, donde muere y desde donde el hongo puede diseminar sus esporas. La mayor diferencia es que el SAA carece de un cuerpo físico discernible.

Al buscar una comprensión de las motivaciones de esta “conciencia otra”, no obtuvimos resultados, aunque algunos colegas, que prefieren mantenerse en el anonimato, han aventurado la hipótesis de que el SAA buscaba reproducirse como lo hace un organismo endoparasitario, “infectando” los cerebros y aparatos psíquicos de la población, mediante la apropiación de los medios de comunicación, desde donde diseminaría sus “esporas”.

Aunque podría parecer una teoría de ciencia ficción, y sin respaldo del Círculo Nacional de Psiquiatría y Psicología ni del Instituto Mexicano de Neurociencias, algunos colegas, profesionales de la neurología, trabajando conjuntamente con lingüistas y comunicadores, sostienen que el lenguaje y la conciencia funcionan como un virus que se transmitiría por vía cultural o social, y que la oligofrenia del paciente, al parecer, trabajaría de la misma manera.

Desafortunadamente, no tuvimos la oportunidad de realizar más pruebas de laboratorio, pues, como es de conocimiento público, el sujeto desapareció de las instalaciones de este hospital, y hasta ahora, las autoridades han sido incapaces de descubrir su paradero.

Algunos de mis colegas sospechan en voz baja que cierta organización libertaria secuestró al sujeto para matarlo, antes de que el huésped se propagara; otros suponen, y yo me inclino más hacia esta teoría, que el sujeto mismo, o más el SAA, decidió desaparecer por su cuenta, intuyendo quizá nuestra intención de extraerlo del cuerpo anfitrión y conservarlo en el laboratorio para realizarle todos los estudios necesarios hasta comprender su verdadera naturaleza.

Sea cual sea la verdad del asunto, es lamentable que este importante hospital no cuente con las medidas de seguridad mínimas para mantener a sus pacientes dentro, o para ser capaces de rastrearlo si, como en este caso, el sujeto decide marcharse (o es extraído contra su voluntad).

De cualquier modo, ya estamos prevenidos en el caso de que el huésped infecte a otros, ya hemos solicitado una mejora en los servicios de seguridad y sanidad del país, así como la creación de una Policía de la Higiene, con facultades para reconocer sujetos infectados y trasladarlos a instalaciones seguras, donde se determinará si han sufrido del contagio. El peor escenario posible, pensamos, es que el síndrome arcaico anormaligofrénico del sujeto, contagie al próximo candidato a la presidencia, y de este modo, el parásito continúe gobernando a este país.

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