Los peces

No podía apartar la mirada de esos peces. Eran enormes y nadaban en círculos, persiguiéndose la cola. Había leído sobre ese comportamiento pero siempre creí que era una licencia poética, y ahora que los veía en vivo, no podía apartar la mirada.

—Son un símbolo vivo.

—¿Qué?

—La eternidad.

—¿Cuánto tiempo dices que tienes con tus peces?

—Tres años.

¡Tres años! No lo podía creer. Los peces no viven tanto. Yo con trabajos he conseguido mantener a los míos con vida por tres meses, pero lo usual es que se mueran en una o dos semanas.

—¿Tres años?

—¿Por qué? ¿Es mucho?

—No conozco a nadie que tenga tanto tiempo con los mismos peces. Se mueren pronto.

—Los cuido bien.

Yo no estaba convencido. Cuidar bien no alargaría la vida de un bicho que por naturaleza está siempre propenso a morir.

—¿Cómo los cuidas? ¿Haces algo especial?

—Lo normal.

Le eché una mirada inquisitiva, único momento en que aparté la mirada de los peces, pero sólo por un instante: quería seguir viendo su viaje interminable alrededor de sí mismos. Tal vez debería comprar unos iguales, creo que me ayudarían a dormir.

—Les cambio el agua cada dos semanas, cuido la temperatura, les doy las porciones de alimento que requieren. Nada especial.

Me puso una mano en el hombro.

—Pero no viniste aquí a ver mis peces —dijo.

Quitándose la camisa, me hizo seguirlo a su habitación.

—¿Puedo venir el viernes próximo? —le pregunté.

—Me halagas —dijo, sin duda suponiendo que el sexo había sido notable; no fue malo, pero tampoco fue la gran cosa: yo quería ver sus peces.

Una semana más tarde, volví a su departamento. Lo primero que hice fue buscar la pecera. Todo estaba ahí, pero algo había cambiado. Los peces estaban inmóviles en el fondo, sólo supe que estaban vivos por el suave aleteo y la ocasional burbuja que escupían. Era otra forma de eternidad, supongo.

Bebimos un poco y me puse a ver las cosas que tenía en su casa. Cuadros en las paredes, retratos en los muebles, una mesa de madera que se veía tan firme que nunca la tendrías que sustituir. Me llamó la atención un gran librero con puertas de cristal. Debía de haber cientos de libros.

—¿Has leído todos esos libros?

—No, eran de mi madre. Yo nunca los leo.

Después de un par de cervezas, se veía algo somnoliento. Lo llevé a la habitación antes de que se quedara dormido.

Tras el clímax, le pregunté.

—¿Algo les pasó?

Me miró sin entender a qué me refería.

—Los peces. Se comportan de forma muy diferente.

—No, siempre son así.

Me parecían incompatibles su desatención con la larga supervivencia de los animales. Aquí tenía que haber algo más. Debía averiguarlo. Cuando le pregunté si podía regresar la semana próxima, ya había ideado un plan.

Cuando llegó el siguiente viernes, mi primera parada fue el refrigerador para meter las cervezas; la segunda, fueron los peces. Una vez más, se comportaban de forma distinta: nadaban sin seguir ningún patrón. Ni círculo de eternidad ni eterna inmovilidad. Sólo caos, sólo desorden sin seguir ninguna ley aparente.

El alcohol había surtido efecto, él dormía plácidamente. Se veía lindo al dormir, sonreía y casi no se movía.

Fui hacia mi mochila, que dejé cerca de los peces. Saqué una cámara y busqué un buen ángulo desde el que pudiera grabar a los animales desde mi casa. No fue difícil encontrar: el librero.

Pasé los siguientes días revisando las grabaciones, pero no había nada inusual. Como me había dicho, les daba su porción de alimentos y cuidaba las condiciones del agua. Pero el día cuatro, al encenderse las luces de la mañana, los peces flotaban muertos en el agua.

Cuando los descubrió, no pude ver tristeza o irritación en su rostro. Lo único que pude percibir fue una completa indiferencia. Se vistió y se fue, dejando a los animales flotando abandonados.

Al volver esa noche, trajo dos reemplazos, dos peces idénticos a los muertos. Sin sacar los cadáveres, los echó a la pecera. Los nuevos animales comenzaron una danza de frenesí que acabó cuando habían devorado por completo a uno de los peces muertos, ante la misma mirada indiferente de antes.

Las tomas de los siguientes días mostraban como el otro pez muerto era devorado lentamente hasta que no quedó nada. Sólo entonces les cambió el agua.

Durante mi cuarta y última visita, se lo pregunté:

—¿Por qué los reemplazaste?

—¿Qué cosa?

—Los peces.

Le tomó un segundo entender que mi pregunta era una afirmación: “No son los mismos peces”.

—No reemplacé a los peces —su tono era entre jovial e incierto.

—Sí lo hiciste. No son los mismos. Probablemente cada vez que he venido, son un par distinto. ¡Y tú alardeando que te han durado tres años!

—No sé por qué estás diciendo estas cosas. Yo no cambié ningún pez, son los mismos de siempre.

Parecía convencido de su propia mentira, casi me hizo dudar.

—Tengo pruebas de que lo has hecho.

Se rio sonoramente, no con la risa de quien se sabe descubierto, sino con la risa de quien tiene miedo de que el hombre frente a él esté completamente loco y planee hacerle daño.

—¿De verdad no lo hiciste? —le pregunté—. Entonces tal vez tengas que ver esto.

Le di la cámara con las grabaciones de los peces muertos y de los nuevos peces devorando uno de los cadáveres. Su rostro se deformó en una mueca a medio camino entre un grito de horror y un grito de dolor, pero ningún sonido salió de su garganta durante minutos, hasta que por fin dijo:

—Tengo que pedirte que te vayas.

Por las prisas olvidé recuperar mi cámara. Durante días no tuve el valor de preguntarle cuándo podía ir por ella. Cuando por fin traté de comunicarme, su teléfono no conectaba. Le envié un mensaje de texto pero sin mayor éxito. Decidí pasarme por su casa el viernes. Nadie atendió.

El lunes por la tarde tomé un taxi con la esperanza de encontrarlo en la entrada de su departamento cuando llegara de su trabajo. Alguien llegó, ¡oh, sí! Pero no era él.

El muchacho de unos veinticinco me miró con desconfianza, abrió la puerta y se metió por ella a toda velocidad. No vi mucho, pero alcancé a ver montones de cajas. Era evidente que se acababan de mudar, tal vez durante el fin de semana.

No quería llegar a mi casa. Antes de hacerlo, hice una escala en el Alta Mar. Pedí una cerveza y dos empanadas de pescado.

4 respuestas para “Los peces”

  1. El cuento es muy bueno, no pude parar de leer.
    Me perturba tanto la conducta del tipo de los peces, como la del que lo Espía. Quién es el raro o quizá el raro es el lector por pretender encontrar un comportamiento “normal” cuando lo normal no existe.

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    1. Gracias por leer y por dejar tu comentario. Ahora que mencionas que ambos personajes son raros, me haces recordar una novela de Poppy Z. Brite: El arte más íntimo (Exquisite Corpse en inglés), en la que dos asesinos seriales se cazan mutuamente.

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