Nigromancia

Los huesos hervidos de un niño nacido muerto, un gallo negro que nunca ha cacareado, el corazón de un sapo retirado antes de que el animal muriese, los dientes de una virgen, la lista de materiales estaba completa, la hora era propicia y el círculo de velas estaba bien demarcado. El ritual podía iniciar según las oscuras y antiguas tradiciones de la magia de los muertos.

Tomó el cuchillo y probó su filo con el dedo. Chupó la sangre y procedió a abrirse una herida horizontal en el pecho, de derecha a izquierda; depositó la sangre en un cáliz bendecido por un sacerdote hereje y con ella y un pincel que perteneció a un pintor asesinado, trazó los signos sobre el suelo.

De rodillas, recitó las palabras especiales del «Leviatán, esto nobis». Tomó la cuchara de plata impura, la calentó con un mechero robado y sacrificó su ojo derecho (la ofrenda consistía en mirar para siempre lo siniestro). Derramó el resto de la sangre dentro del círculo y concluyó el ritual con un cántico pagano. Nada ocurrió.

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