Sexting

A Jessica Anaid

No podía apartar los ojos de su fotografía. Llevaba una década deseándola, y aunque sabía que una foto estaba bastante lejos de la cosa verdadera, nunca había estado tan cerca de poseerla. ¿Podría haber algo más que sólo una foto de ella envuelta en una toalla blanca que contrastaba con su cabello y sus ojos negros? ¡Tenía que haberlo! Por el momento se tenía que conformar con la foto.

Repasaba sus contornos, se perdía en su mirada congelada en el tiempo, una mirada que parecía una invitación. Debía serlo, de otro modo no tenía sentido que se la hubiera enviado. No había mensaje, sólo la fotografía. Su respuesta, un simple: “gracias, hermosa, qué buen detalle”, no obtuvo respuesta, había apagado el teléfono para incitar más su deseo. Y funcionó.

Abrió la foto en la computadora para admirarla en mayor tamaño. Esos ojos, ¡dios, esos ojos! Pero había algo más que una provocación en ellos, ¿qué era? Y esos labios; quisiera morderlos, lamerlos, pasarles un dedo y sentir cómo se humedecen. Recorrer el rostro a caricias o besos hasta bajar por el cuello y tomarla por los hombros. Estrecharla contra él, sentir la presión de su pecho.

Se quedó unos minutos mirando el canal entre sus senos, imaginando las mil posibilidades que se abrían ante él. Podría perderse para siempre en ese canal o no desear salir nunca.

Sin cerrar los ojos como otras veces, con otras mujeres imaginarias, la vio frente a sí, su cuerpo pegado al de él, sus alientos mezclándose. Le dio la vuelta, deshizo el nudo y la toalla calló a sus pies. La rodeó con firmeza, un brazo en el bajo pecho, una mano en un seno, el pezón entre dos dedos haciéndola emitir pequeños suspiros.

“Debo contenerme”, pensó. Tantos años había esperado por algo así, no podía terminarse tan pronto. Inhaló profundamente, levantó las manos y cerró los ojos por un instante. Esa mirada lo perforaba, podía mirar dentro de él, sabía lo que estaba pensando, lo que deseaba hacerle. Y ella también lo deseaba. Sí, eso era. Eso era lo que tenían sus ojos. Ella también lo deseaba.

Aumentó la velocidad, sus respiraciones se volvieron apresuradas. ¡Dios mío, esos ojos, esa boca… ese pecho! Arrojó un chorro sobre el rostro deseado, no tenía prisa por limpiarlo. La vio así, bañada de él, y sintió reactivarse las palpitaciones de su sexo. Dejó salir una larga y profunda exhalación, limpió la pantalla y se metió a la cama.

Miró su foto en el teléfono. El teléfono de ella seguía apagado. No quería pensar demasiado en eso, o se pondría a inventar historias y no podría dormir. Mejor pensó en ella, en su boca, en su cuerpo, en el sabor de su sexo tantas veces imaginado. Quería tenerla ahí, a su lado, sobre él, debajo de él.

Siguió mirando su foto e imaginándose todo lo que deseaba hacerle. Se vino sobre su rostro una vez más, y la desesperación por tenerla de verdad lo comenzaba a agobiar, pero el sueño también lo comenzaba a vencer.

Por la mañana había un mensaje de ella. “Hola, disculpa lo de anoche, me equivoqué de chat. Que tengas un buen día”.

No, esperen. No, será mejor que no suceda eso. Digamos, pues, que eso último no sucedió, sino algo distinto. ¿Y si en vez de ese mensaje que lo hundiría en un abismo de humillación, hubiera otra foto? Sí, eso es. Buena idea. Una foto más reveladora y un ícono de corazón. Sí, mucho mejor.

Por la mañana había un nuevo mensaje. Una foto y, al pie, un corazón formado por el signo menor que y el número tres: <3. Era la continuación de la foto de anoche, ella ya no traía la toalla, sus senos estaban parcialmente cubiertos por esa cabellera que lo volvía loco.

Todo aquel día se dedicó a contemplar ambas fotos. Le escribió, ella le respondió y acordaron intercambiar fotos y videos. Ella le contó cómo le gustaba masturbarse y le pidió un video para estimularse, a lo que él accedió sin ninguna resistencia ni pudor.

Fue un gran día. Él estaba que no cabía en sí de gozo. Si uno pudiera verlo, lo primero que notaría es su enorme sonrisa, casi demente, y lo siguiente que uno vería es que rara vez apartaba la mirada de su teléfono, un teléfono con la pantalla negra, tal como les ocurre cuando se humedecen y dejan de funcionar.

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