Delfino el maldito

Programas la alarma:
necesitas recordar a cada hora
que la vida sigue sucediendo.
—Nadia Escalante

—Recuerda que no debes salir mientras estamos en cuarentena.

Echando un chorro de agua pulverizada por el espiráculo, Vinnie manifestó que se le estaba terminando la paciencia. Si por él fuera, habría desconectado a Susana desde hacía días, pero por orden de las autoridades, estaba obligado a mantenerla en funcionamiento las veinticuatro horas del día.

La paciencia no era lo único que se le agotaba, también la cerveza. Y la mariguana ya comenzaba a escasear; eso no sería nada bueno.

—Susana —ordenó Vinnie—, busca establecimientos de alcohol que estén abiertos a esta hora.

—Por disposición oficial, todos los establecimientos de productos no esenciales permanecerán cerrados durante la contingencia sanitaria.
Aguantándose los nervios lo mejor que pudo, rectificó una vez más:

—Susana, ¿dónde puedo conseguir cerveza ahora mismo?

—Recuerda que no debes salir mientras estamos en cuarentena.

Arrojó lo primero que encontró, por suerte el asistente personal Susan@ estaba cinco centímetros a la derecha, Vinnie se metería en problemas si dañara propiedad del gobierno de la ciudad. Pero después de cinco o seis veces escuchando la misma respuesta estándar cuando una búsqueda no arrojaba resultados, era para hacer perder la compostura a cualquiera, más a un tipo como Delfino Domínguez, conocido en las calles únicamente como “Vinnie”. En esas calles que echaba de menos, que eran su verdadero hogar. No este refugio que sólo usaba para pasar la noche, y no todas, pero sobre todo para guardar sus cosas.

La vida está en otra parte. ¿Dónde había leído eso? Tal vez lo había dicho alguno de los cantantes de hip hop ranchero que se reúnen en la plaza, no lejos de ahí, a improvisar versos y rimas a cambio de unas monedas.

Su favorito era Manolarga, no por su habilidad para improvisar, mucho menos para hilar más de dos ideas coherentes, sino porque era quien le conseguía la mariguana plutoniana. Incluso comenzaba a echar en falta la visión de esta aleta dorsal destrozada, según Manolarga en una detención policial con exceso de brutalidad, en oposición a la brutalidad moderada a la que todos estaban acostumbrados. Según su madre, doña Tere, su aleta nunca se desarrolló debido a que no había recibido las vacunas de la infancia.

—Susana: Cállate el hocico de una vez.

—Recuerda que no debes salir mientras estamos en cuarentena.

—¡Maldita sea!

Vinnie se metió al baño y cerró la puerta de un golpe. No sería la primera vez que usara la ventana del baño para escapar, pero sí sería la primera desde que tenía nueve años y vivía con su padre y su novia.

—Susana, necesito privacidad.

—Por supuesto, ‘Vinnie’. Llámame si necesitas mi asistencia.

Odiaba la forma en que la voz sintética, casi humana pero no del todo, de la máquina, pronunciaba su sobrenombre. ¿Y a qué se refería con que la llamara si necesitaba su asistencia? ¿Le limpiaría el culo, acaso? No tardó en descubrirlo.

—Susana, desatórame de esta ventana.

¿Cómo se le ocurrió que sería tan fácil pasar a su edad por ese hueco tan pequeño? Cuarenta y pico años de mala nutrición aparte, ni siquiera un hombre más atlético lo hubiera conseguido. Pero la desesperación le hace a uno perder la cabeza, más cuando se tiene el hábito de mezclar lager y plutoniana en la misma cena. Mucho más cuando la posibilidad de ya no poder hacerlo se vuelve tan real que casi puede tocarla.

“Deberías sembrar tu propia plutoniana”, le había recomendado Beluga. “Es lo que yo hago, así nunca me faltan ni viajes astrales ni lana”. Tal vez debería llamarla, ofrecerle una lana a cambio de unos churros para la semana. A diferencia de todos sus conocidos, Vinnie no había perdido del trabajo; durante la cuarentena permanecía en casa sin hacer nada y cobrando el mismo sueldo de siempre.

A Beluga le vendría bien ese dinero, tenía dos niños y nadie le ayudaba. Pero la última vez que la vio, no había terminado bien. Habían mezclado plutoniana con vodka, se habían revolcado durante media hora, y cuando él no se quiso ir por las buenas, Beluga llamó a Pancho Peñas, quien entonces era su novio oficial, para hacerse cargo de Vinnie. Y hacerse cargo fue lo que hizo. No, no era buena idea hacerlo, había que conservar la dignidad.

—¿Beluga? Habla Vinnie. Hace tiempo que no te veo, ¿cómo estás? Bueno, te llamo para… ¿Puedo ir a tu casa? Tengo algo de lana y… ¿Bueno? ¿Beluga?

No se atrevió a llamarle de nuevo. Se puso a dar vueltas por el departamentito de interés social. De la cocina a la salita, de la salita al cuarto y de regreso. Abrió el refrigerador, lo cerró. Si destapaba una cerveza le quedaría una menos y no sabía cuánto más duraría esta cuarentena. Intentó un acercamiento distinto:

—Susana, ¿cuántas vinaterías existen en la región?

—Hay tres vinaterías en un radio de dos kilómetros.

—Susana, ¿cuáles son los horarios de las tres?

—Por disposición oficial, todos los establecimientos de productos no esenciales permanecerán cerrados durante la contingencia sanitaria.

—Susana, ¿dónde está mi chamarra roja?

—Probablemente en su lugar.

—¿Te crees muy lista?

—No entiendo tu pregunta, ¿podrías tratar de formularla de una forma más clara?

—Sí, te crees muy lista.

Vinnie Mancó un SMS: “La de pluto, lo usual”. Se puso la chamarra roja que lo hacía sentirse salvaje de corazón y buscó efectivo. Al acercarse a la puerta:

—Recuerda que no debes salir mientras estamos en cuarentena.

Vinnie la ignoró. Que un dispositivo comercial fuera la voz oficial del estado le hacía creer que el gobierno se había convertido en una corporación, o que una corporación había asumido el gobierno. Había algo grotesco en esa idea. Bueno, él no iba a comenzar a obedecer ciegamente.

La puerta no respondió. Intentó una segunda vez. Nada. Estaba cerrada magnéticamente. Él no podía abrirla.

—Susana, abre la puerta.

—Recuerda que no debes salir mientras estamos en cuarentena.

—Susana, desactiva el seguro magnético.

—No tengo permitido seguir esa indicación.

Viendo que no había forma de razonar con ella, Vinnie optó por hacerse cargo con sus propias manos. Siempre había sido autosuficiente. Odiaba esa nueva ley que obligaba a todos a tener un asistente de voz, era una forma de espiar a la ciudadanía, pero no había mucho que él, un simple reparador de tostadoras, pudiera hacer al respecto, excepto seguir siendo lo más autónomo y autosuficiente que pudiera.

Y también tenía que ser astuto, especialmente en estos tiempos cuando consumir drogas era un delito federal. “Eso nos ganamos por apoyar al partido azul. Fuimos unos imbéciles al creer que salvar a las empresas salvaría la economía del país, todo esto es nuestra culpa”.

Culparse a sí mismo (aunque él no había votado por el partido conservador) y culpar a los demás, era una forma de mantener la cordura. La idea de que se merecían lo que estaba pasando era una forma de darle sentido a algo que tal vez no lo tenía. Siempre había sido adaptable, aprender a vivir en el nuevo sistema, pero bajo sus propios términos, le resultaba natural, era parte de quien siempre había sido.

Metió el cuchillo en la ranura de la puerta y lo usó de palanca. Una descarga eléctrica lo echó hacia atrás, casi derribándolo.

—¡Maldita seas, Susana!

—Esta conversación será grabada por motivos de calidad en el servicio.

—Susana, ¿crees que soy sexi?

—¿Blancanieves? ¿Eres tú?

Repitió la operación, ahora usando un guante aislante. Algo crujió y la puerta se abrió. Sintió la aleta dorsal erizarse. Un sabor imaginario de cerveza le humedeció la boca.

Dio un paso fuera de la casa. «¿Y las llaves?» Se buscó en los bolsillos. Volvió adentro y cerró la puerta. Tendría que volver a forzarla pero no había remedio.

Como lo esperaba, estaban en el cajón. Y en el cajón también había una caja de omeprazol, y se dio cuenta de que necesitaba una. Se llevó la caja a la cocina, sirvió un vaso de agua, pero la caja estaba vacía. «Nota mental: Comprar omeprazol». Se bebió el agua y fue a lavarlo como acostumbraba hacerlo inmediatamente. Había muy poco jabón en el envase. Hizo otra nota mental. Añadió una esponja, la que tenía ya estaba muy maltrecha. «Será mejor que revise qué otras cosas hacen falta».

Agarró la libreta y le tomó un buen rato encontrar una pluma. Recorrió la casa haciendo una lista de lo que tenía que comprar. Después de un rato recordó que no era tenía por qué hacer esa labor él mismo.

—Susana, haz la lista de las compras.

—Dos botellas de agua, una botella de leche, tres latas de atún, pasta dental…

—En silencio.

—Un paquete de papel higiénico…

—Susana, haz la lista de las compras en silencio.

Mientras el asistente de voz hacía su trabajo, Vinnie se puso a ver videos de gatitos en internet. Había uno que le gustaba mucho de un gato que observa una pelea entre dos personas; el gato está parado sobre las patas traseras y parece muy interesado en el pleito. Tal vez se imagina que podrá comerse al perdedor, tal vez ya lo ha hecho antes y está en espera de su oportunidad. Es un video muy gracioso, y cuando uno de los hombres golpea al otro, el camarógrafo se sorprende de la violencia del golpe y olvida seguir grabando el pleito. Lo único que se ve al bajar la cámara son los pasos lentos y ágiles del gato que se aleja en dirección a los hombres.

El video le recordó que tenía hambre. Hizo unos huevos con jamón, calentó unas tortillas en comal y preparó café. No había azúcar. ¿O sí? Recordó que la noche anterior había visto un sobre que sustrajo de un OxxEven-iLeven en alguna parte y se puso a buscarlo. Creía haberlo visto en la alacena donde guarda las botellas. No estaba. Se tiró al suelo a buscar. Encontró unos papeles. Era su acta de defunción.

La cirugía para respirar bajo el agua no estaba permitida, pero siempre había un limbo legal en torno a la experimentación con los muertos que se podía explotar. Desde la aprobación del proyecto urbano de vuelta a la ciudad lacustre, el único trabajo bien remunerado que podía conseguir alguien de su clase era el de mecánico acuífero. No todos habían sido bendecidos por la naturaleza para respirar bajo el agua, pero la magia de los médicos había avanzado tanto que ése ya no era un problema. ¿Quién se hubiera podido imaginar que era otro engaño? Pero él lo había tomado con humor. Hasta se había cambiado el nombre en honor a cómo la cirugía había alterado su información genética.

Para cuando se acordó de que tenía que pedirle la lista al asistente de voz, ya era tarde y ningún mercado estaría abierto. Otro día idéntico al anterior, perdido en la nada.

—Susana, recuérdame hacer las compras mañana a las ocho pe eme.

—Hola, Delfino —dijo el asistente de voz con una voz que no era la suya—. Te recordamos que mañana inicia el distanciamiento social obligatorio, que permanecerá activo por lo menos durante dos meses. Por tu seguridad, recuerda que la Guardia Nacional tiene órdenes de detener a cualquier ciudadano que incumpla con esta medida. Los permisos especiales para salir podrán ser tramitados en el portal de la Administración Pública Federal, y las personas autorizadas serán acompañadas por un oficial o, en su defecto, monitoreadas por GPS a través del chip de vacunas. Por su comprensión y colaboración, gracias.

—Susana, ya mátame.

—Hola, Delfino —dijo el asistente con otra voz que tampoco era la suya—. Una señal de alarma ha sido enviada; una ambulancia y una patrulla se dirigen ahora mismo hacia donde te encuentras. No te alejes del lugar del incidente y obedece las indicaciones. Es por tu seguridad.

«Es hora de cerrar mi bocota», se dijo y se metió a la bañera a tomar una siesta.

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