Cuentos desde la cripta, o la vida del escritor en la oficina

El trabajo mata. El trabajo de oficina, la rutina, el transporte lento, el sobrecupo, los demás, los jefes incompetentes, los directores creativos que nunca se presentan, todo eso va destruyendo el espíritu (y uso la palabra “espíritu” en su sentido menos metafísico posible, en su acepción de ánimo, vivacidad, valor, fuerza moral, ingenio).

Las horas muertas me sirven para escribir y leer un poco, pero el ambiente de una oficina, gris, caluroso, con música terrible saliendo de las bocinas de los demás obligándome a portar audífonos todo el santo, todo el maldito día, causándome dolor por cansancio en las orejas, provocan que mi escritura sea escasa, gris, apática.

Pero sigo escribiendo. Todos los días intento, al menos, escribir una línea. Hay días en que consigo redactar varias páginas, mientras descuido el trabajo (pero la administración de la agencia tiene muy descuidados a sus empleados, así que no me siento culpable).

En este ambiente de tumba escribí “No se culpe a nadie de mi muerte”.

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