El vagón

i
05:00

Una vez más, la última estación de la noche, otra jornada que termina. Los pasajeros ya se han ido, sólo quedan la oscuridad del hangar y la conciencia de una rutina interminable y sin sentido. No pasaré encerrado muchas horas, pero me parecen largas en el silencio y la soledad. Interminables, aburridas, vacías, como la vida de las piedras. Para entretenerme, para no caer en la desesperación, me cuento la historia de este día.

El día eterno comienza con los primeros pasajeros llegando a la estación, pocos al principio, luego en mayor número, la mayoría buscando un hueco en los vagones del centro, muchas mujeres buscando los delanteros, todos buscando el rincón más cálido para contrarrestar el glacial frío de la madrugada. El trayecto es silencioso. Casi todos aprovechan el recorrido para recuperar los minutos de sueño que les ha robado su empleo, pero es una deuda que sigue creciendo y nunca será saldada, es demasiado largo el trabajo y tan corto el tiempo personal.

Los veo mientras duermen y tiritan y sueñan con una vida mejor, y ese sueño es el reflejo de una promesa incumplida: trabaja mucho y serás feliz. Una segunda promesa, más fácil de cumplir: el dinero no es la felicidad, es cómplice de la primera. Mis pasajeros van por la vida trabajando mucho y con la esperanza vana de llegar a ser felices un día aun en la pobreza, a la que se han resignado porque no por mucho trabajar, llegará la diosa Fortuna. Y no llegará, no llegará nunca, alguien se adelantó, la atrapó y la mantiene cautiva, compartiendo sus dones sólo con los habitantes del reino de los unos cuantos.

Al llegar a destino, despierto a mis durmientes con un grito de timbre agudo. Somnolientos y helados, recordando el cálido abrazo de una cama o de unos brazos, amorosos o tan solitarios como ellos, marchan en desorden hacia sus centros de trabajo. Pero se nota que el día ya ha comenzado, el silencio madrugador se ha roto y se llena de voces, pasos y jadeos. Hasta el cielo se llena de luz.

ii
08:00

Al iniciar la siguiente etapa de mi jornada, la cantidad de viajeros se ha multiplicado exponencialmente, y no dejan de brotar más como el óxido en mis rieles después de la lluvia. Todos tienen que llegar al mismo punto, a la misma hora; miles y miles de ellos. Deben pensar, o dar por hecho sin pensarlo, que soy una especie de criatura no euclidiana con más espacio en el interior que en el exterior, pues tratan introducirse en mí muchos más de ellos de los que me creía capaz de transportar, y por lo regular lo consiguen por la fuerza.

El recorrido plácido, si bien melancólico, de los viajeros durmientes da paso, invariablemente, a una batalla de fuerza y ego por encontrar un pequeño agujero, por ganar escasos cinco centímetros y evitar algún codo huesudo y doloroso clavándose en una costilla o en el rostro. De repente, un asiento queda libre, dando paso a una lucha encarnizada por llegar a él y escapar de la batalla de panzas, mochilas y codos, cuando no de palabras y puños. Aquellos más alejados se lamentan por no tener el poder de la teletransportación para aparecer al instante en aquel asiento.

Ocasionalmente, un viajero sentado hace algo totalmente irracional, incomprensible para todos: se levanta de su asiento y se lo ofrece a alguien más. El resto de los viajeros mira con odio a ambos, al sentado que se incorpora y al parado que se sienta, pues todos ellos consideran ser más merecedores que el resto, de ese trono de plástico o de metal.

El vagón ya va al máximo de su capacidad y un poco más. No cabe ni un alma, ni una bocanada de aire fresco. Pero en la siguiente estación, los desesperados me hacen ver mi error: varias personas, no sé cómo, logran colarse usando su propio cuerpo como ariete para romper las defensas. Y si no te haces un lado, ¡qué importa! Pongo mis pies (con todos mis noventa o ciento veinte kilos) sobre los tuyos. ¿Que no podías hacerte más para allá? Pues ya viste que sí podías. Lo de menos es perder otros diez minutos tratando de cerrar las puertas, de cualquier modo, en esta ciudad es imposible llegar a tiempo a ninguna parte. La puntualidad ha dejado de ser un valor para convertirse en un milagro, en una anomalía.

Es imposible, no hay manera de cerrar y marcharnos, así que me veo obligado a usar una de las mil voces que poseo para solicitar: “Al usuario del último vagón, por favor permita el libre cierre de puertas, de lo contrario no podemos avanzar”. Y en marcha, nuevamente. Alguien se queda en la orilla con un teléfono en la mano, mirando el tren alejarse. Los pasajeros chorrean enormes gotas de sudor arrancadas por los cuarenta grados que se viven en el interior. Sorprenden los niveles de sobrepeso, considerando las horas semanales que todos pasan en el temazcal público sobre ruedas; deben de tener unos hábitos alimenticios realmente malos.

En la estación que conecta con otra línea, todos quieren ser el primero en descender. Empujándose. Gritándose palabras de odio. Quítate, que me estorbas. Pisándose los talones para salir a toda prisa, irónicamente recuperando la calma y la lentitud y la inmovilidad al llegar a las escaleras mecánicas, ¿no que mucha prisa? Alguien se percata de que su teléfono ha desaparecido y mira a todos lados, como si así pudiera recuperarlo. Los demás lo apartan con su avanzar frenético. Los pierdo de vista y les deseo los buenos días. Luego repito la misma rutina en la dirección opuesta, y luego la repito dos veces más antes de que se recupere la calma por algunas horas.

iii
12:00

El traqueteo de mi avance induce al trance a los pocos viajeros que recorren mis rutas a esta hora. Un ruido ensordecedor los saca de su arrobamiento, como las trompetas que anuncian el fin del mundo. Son los grandes éxitos de la banda y del narcocorrido, disco de diez pesos que nadie adquiere, quizá en el próximo vagón haya más suerte. Es un trabajo ingrato, hay que recorrer los trenes una y otra vez, soportar el enojo de los pasajeros que no soportan que los empujen y que cobran venganza no comprando tu producto. Además, hay que sacar para el policía y para el padrino; si le pone empeño, quedará algo para él y su familia.

Al vendedor de discos le sigue una vendedora de chocolates que no vienen caducados; después, una de crucigramas y juegos de habilidad mental, de dificultad nula; enseguida, un hombre que no vende pero promete el cielo a los puros de corazón y humillados en la vida, pues ya no tarda el fin, ya está cerca; y entre tantas baratijas, una joya: un artista, un poeta, un orador que busca hacer el viaje un poco más ameno para todos. No recibe ni una sola moneda tras su breve puesta en escena. Apenas mejor le va al hombre, acompañado de su esposa, tras recostarse en una cama de vidrios que se le clavan en la espalda sangrante; quizá las monedas que recibe se deban más al temor que despierta en los pasajeros que a la calidad de su actuación, porque en el pedir está el dar.

Esta sucesión de merolicos y declamadores y filibusteros del espíritu y fakires y negociantes de la lástima, sería fascinante si no resultara tan tediosa; sería un gran festival de risa y color si se realizara en una plaza en lugar del limitado espacio que ofrezco a quienes preferirían, además, estar en cualquier otro lado, pero no aquí.

El canto del vagonero se debilita, en la estación siguiente hay más personas que en la anterior, es el principio del fin de la jornada, un recorrido como el de antes pero en sentido inverso, con la diferencia de que los viajeros lucen más tristes, más cansados y más viejos que diez o doce horas antes.

iiii
18:00

Un hombre empuja a otro con mala intención, busca algo más que desahogar la furia contenida a lo largo de interminables horas en un trabajo mediocre. Busca colocarse en una posición, literal y figurativamente, más ventajosa que el resto de viajeros. Para su desgracia, no es el único que tiene esas ideas y el hombre al que ha empujado reacciona con un codazo que promete desatar la violencia, lo que finalmente no ocurre al ser engullidos, ambos, por la marejada humana.

Una mujer siente que los empujones que recibe tienen un segundo propósito, pero no hay espacio hacia dónde moverse. ¿Qué puede hacer? ¿Sonar un silbato? Decide que su mejor opción es ignorarlo. Ignorarlo una vez más. Piensa que tiene que acostumbrarse, no hay otra opción, no es justo, ni siquiera es posible, acostumbrarse a esto. Resignarse, sí. Sentir la impotencia sobre todo. ¿Qué más puede hacer? Sin pruebas, no hay delito. Sin pruebas, sólo perderá su tiempo. Da media vuelta y sin previo aviso, deposita toda su rabia en su puño y la descarga en la nariz de su agresor. A todos nos sorprende, y al abrirse las puertas, ella se marcha antes de que el rostro ensangrentado se recupere de la sorpresa. El resto de su viaje, lo hace entre risas y abucheos.

Subieron muchos hombres de traje gris, corbata negra y zapatos puntiagudos y largos como lanchas. Es una zona de oficinas y los trabajadores son obligados a usar el uniforme oficial del hombre sin esperanza. Algunos ríen, felices de que la jornada ha terminado, otros llevan la amargura en la mirada, la mayoría tratan de olvidar que están vivos con unos audífonos a todo volumen bien insertados en los oídos. Alguien trata de descender, pero los hombres grises son demasiados y se lo impiden; ni modo, tendrá que bajar en la próxima estación. Una mujer grita desesperada: su hijo pequeño está siendo sofocado entre dos abultadas barrigas. Como pudieron, lo liberaron.

Yo fui creado para ayudar a las personas a llegar a sus centros de trabajo y levarlos después a sus hogares, pero desde el inicio he sido usado para oprimirlos, y para destruir sus sueños y sus planes, para prolongar las jornadas innecesariamente y dejarlos sin fuerzas, físicas y mentales, para el otro trabajo que le corresponde a su especie: la educación, la cultura, la conciencia política y de clase. Gracias a mí, o por mi culpa, la ya de por sí larga jornada laboral se extiende de un treinta a un cincuenta por ciento más, ¿cómo van a tener tiempo y fuerzas para pensar que aquel político les está tomando el pelo, para unirse a sus vecinos y demandar seguridad en la colonia, para jugar y compartir la vida con sus seres queridos, para cuestionar lo que le dice la televisión? A veces, me dan ganas de descarrilarme.

Ya comienza a llover. El malestar va en aumento. Como no puedo correr sobre las vías mojadas, avanzo con dolorosa lentitud. En este país, hasta la lluvia conspira contra sus habitantes.

v
23:00

Los rezagados, y aquellos pocos que tienen la solvencia económica, temporal o energética para darse el lujo de salir con sus amigos algunas horas, son mis principales viajeros en el último turno.

Algunas veces, cuando tienen algo de dinero extra, eligen quedarse algunas horas más y tomar un taxi, oficial o privado, pero con el aumento de los delitos perpetrados por sus operadores, especialmente contra las mujeres, la tendencia ha comenzado a revertirse, viéndome a mí como una mejor opción. Y aunque cada vez ocurren más asaltos en mis instalaciones, sigo siendo uno de los espacios más seguros (¿o de menor riesgo?) para las personas.

Quedan pocos vagoneros tratando de aprovechar los últimos minutos que les quedan para completar la cuenta mínima para que el negocio siga siendo rentable. Ya no gritan, anuncian su producto sin creer en él, sin esperar realmente que alguien se interese. Pero son persistentes y no se irán hasta que pase el último tren.

A esta hora, pocos viajan animados, la mayoría anhela llegar a la cama y ponerse a dormir, aferrarse a unas pocas horas de sueño antes de que comience el día siguiente y tengan que repetirlo todo.

También yo anhelo llegar a mi soledad, donde pasaré la noche recordando los acontecimientos del día para contrarrestar el mortal aburrimiento de ser un tren y no poder ser nada más que un tren. Aunque cada día es distinto, se parecen tanto entre sí que no es difícil pensar que mi existencia es una interminable repetición del mismo día. Tal vez la vida no es más que una de esas pesadillas que cuando parecen terminar, se revela que continúa.

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Ficción, No ficción

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