El vampiro de Polanco

Tamuz Cohen miró los bombones y el chocolate que Chela le trajo del Superama y que ahora llenaban su mesa. Tras revisar con cuidado el ticket, contar el cambio (en este país, no es fácil encontrar servidumbre honesta que acepte el salario mínimo) y verificar que no faltaban cinco centavos, se dispuso a comenzar su labor anual.

Ese día no había ido a la oficina, la agencia podía sobrevivir una jornada sin la presencia del CEO. Aunque Tamuz amaba su ocupación, realmente odiaba el Hallowmass, que apartaba a las personas del trabajo de provecho, y ni qué decir que las alejaba de una vida virtuosa. Los mexicanos son una raza holgazana y libertina, pensó, condición que empeora durante los días festivos, incomparablemente más durante las tres noches que van de la víspera a los fieles difuntos. Como bar mitzvá, Tamuz no podía pasar por alto semejante extravío, tenía que hacer algo al respecto, tal y como se lo había impuesto veinticinco años antes, a los trece.

Activó la fuente de chocolate y derritió los trozos hasta dejarlos perfectamente líquidos. Desenvolvió la segunda bolsa que le trajo Chela. Sacó varios paquetes de navajas de rasurar, las cortó en pedazos pequeños, introdujo cada fragmento dentro de los bombones. Cuando cada bombón tuvo su navaja, ensartó un palito en cada uno y los cubrió de chocolate. Cuando el chocolate se endureció, los metió en pequeñas bolsas de celofán con motivos de temporada: vampiros, calabazas, momias, estupideces así. Depúes, introdujo las golosinas en un morral.

Se puso un disfraz de vampiro, el mismo que había usado los últimos tres años; antes de éste, había usado uno de Freddy Krueger, pero lo desechó cuando comenzó a levantar sospechas. Un vampiro de capa negra y roja es mucho más fácil de perder de vista entre cientos de monstruos iguales.

vampiro judío atacando a un niño palestino

Salió de su casa y en la esquina de Cerrada Hacienda de los Morales y Horacio, una mujer que conducía su Honda Oddysey maniobró para esquivar a un hombre que, al caminar, parecía ir pensando en Yuggoth o alguna otra cultura extraña, sin prestar atención al resto del mundo. Tamuz no tuvo tiempo de reaccionar. La camioneta lo impactó por un costado, arrojándolo muchos metros adelante.

El hombre concentrado en su distracción siguió su camino sin inmutarse. La conductora perdió el conocimiento al golpearse contra el volante tras frenar abruptamente. Tamuz sobrevivió al impacto, y no necesitaba que se lo dijera un experto para saber que nunca volvería a caminar. Pero no se arrepentía; sí, lamentaba que el otro socio fundador de la agencia, al quedarse con el cien por ciento de las acciones, considerara darles el día libre a sus empleados.

El morral de Tamuz cayó varios pasos más allá de él, justo frente al templo de la Comunidad Bet-El, que en ese momento terminaba un servicio. Varios niños que abandonaban el edificio, descubrieron los bombones y se apresuraron a tomarlos y repartirlos, rara vez tenían la oportunidad de disfrutar de una golosina tradicional. Cuando los hombres, sujetándose el kipá, corrieron hacia sus hijos, éstos ya iban por el segundo bombón.

“El vampiro de Polanco” fue extraído del libro El país de noviembre. Cómpralo en sus versiones digital o impresa, a un precio especial.

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Ficción

4 Comments

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  1. Muy bueno. Había leído otros textos similares. Saludos :)

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  2. Araceli Bonilla 31 octubre, 2017 — 14:08

    ¡Me gustó! ¡Saludos!

    Le gusta a 1 persona

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