Los fotógrafos

Foto: Dulce Rosales

Les contaré una historia. La historia de cuando conocí a Ivette, nos enamoramos y todo se fue al carajo. Tal vez se diviertan un poco al escucharla.

Para los que no me conocen, sólo deben saber que soy fotógrafo profesional y que tomo muy en serio mi oficio, al que no le llamo profesión porque no tengo un título universitario. Trabajo en la nota roja de los periódicos oficiales, ya saben, los que reciben dádivas del PRI; no se hagan pendejos, bien saben cuáles son ésos. Desde que aprendí a usar la cámara, me llamaron la atención las escenas violentas y en poco tiempo me dediqué de lleno a ir en busca de la muerte y la sangre en las calles de la ciudad, a veces en provincia, pero nada se compara al dramatismo de un accidente en el distrito federal, en la noche, bajo las luces de un tugurio o con la música encantadora de las sirenas policiales. Nada se compara a ver un riachuelo de sangre correr alejándose de su dueño y uniéndose a un charco formado por la lluvia de anoche y el aceite de un taxi en malas condiciones. Los colores formando un arcoíris oscuro, mezclándose con los destellos del flash o de la torreta de la ambulancia.

Miento, sí hay algo mejor que eso. Pero divago. Les quería contar de Ivette y cómo la conocí.

Me encontraba en mi faena, absorto retratando los vidrios rotos de un microbús y la sangre en el rostro del conductor, tuvo su merecido, que trató de pasarse el alto y golpeó contra un bulldozer, en plena av. Tláhuac, durante la construcción de la inútil línea 12, “la línea dorada” (léase con voz de puto). Tan metido estaba en eso que no me percaté del niño muerto entre las varillas de la construcción, y no lo habría notado si la muchedumbre chismosa no hubiera comenzado a gritonear que llamaran a la policía y no sé qué más, como si los puercos pudieran revivir al mocoso, que debía haber salido volando por el parabrisas del microbio para ir a empalarse y hacer su mugrero. No planeaba prestarle más atención, pues contrario a lo que el imaginario del público supone, las fotos gore de niños no se venden bien. Repito: no pensaba dedicarle más tiempo, pero entonces la vi; sí, a Ivette, aunque no sabía entonces que ése era su nombre. Estaba a la orilla de la zanja, mirando al niño que se desangraba y que, noté en el acto, aún no estaba muerto. Ella lo miraba como hipnotizada, inmóvil, como si fuera la cosa más bella que hubiera visto en sus seguramente no más de 27 años. La miré con más atención. Llevaba una pequeña maleta y comenzó a hurgarla. Sacó una cámara. Una buena cámara aparentemente, no de ésas que usan los weyes que se creen fotógrafos porque publican sus fotos en instagram. No, era una buena cámara, y ella sabía lo que hacía. La preparaba de memoria, casi sin mirar a la pantalla, casi sin apartar la mirada del niño. Esperaba algo, la mejor luz, algún movimiento, algo, y disparó.

No le hablé en ese momento, no soy de los que le hablan a las viejas, sólo la seguí hasta su casa sin que se diera cuenta. Era una colonia jodida, a un costado del reclusorio oriente, su casa estaba en una calle entre dos escuelas que parecían centros de reclusión, tal vez para que los escuincles se vayan habituando al ambiente que les resultaría más familiar buena parte de sus vidas.

Comencé a vigilar sus salidas y llegadas. Descubrí que vivía sola, que trabajaba como cajera en una aurrerá y que estaba disponible. No parecía tener amigos en su colonia, sólo se juntaba con algunas compañeras de su trabajo pero no parecían muy cercanas. En sus ratos libres, se dedicaba a la fotografía. Aves muertas, perros muertos, carnicerías, cabezas de cerdo y pollos colgados eran la clase de cosas que le atraían. Así que me propuse conquistarla dándole el regalo más significativo que le pudieran dar: le mostré mis fotografías, no las del trabajo, sino mi arte, las que tomo para mi disfrute personal.

Las coloqué en un sobre y lo deslicé debajo de su puerta. Agregué una nota citándola para su siguiente día de descanso.

Ella llegó puntual, me devolvió las fotografías y le pregunté si deseaba ir a mi casa. No pareció sorprendida. Aceptó en el acto.

La dejé sentarse en la silla de hierro, me pidió que la encadenara, más fuerte, más fuerte, decía. Sus súplicas me excitaban y la encadené con más fuerza. La golpeé con las cadenas, la sangre brotó de sus piernas, brazos y rostro, y seguí golpeando. Comencé a fotografiarla, ella respiraba con dificultad. Su sangre corrió desde su frente hacia sus senos, luego su abdomen, alcanzando su rodilla y finalmente los dedos de sus pies. El afluente se unió al charco de orina debajo de la silla. Sería una foto estupenda. Aumenté la iluminación directa, tomé una foto de sus pies ensangrentados, de sus manos débiles, de su torso desnudo y abierto. Un gorgoteo escapó de ella. Comprendí que estaba a punto de morir, me acerqué a ella y le pregunté cuál era su nombre. Ivette. Y con un tubo de acero inoxidable que antes perteneció al lavabo de mi baño, la maté. La foto de su cráneo roto y el ojo reventado puede ser considerada mi obra maestra.

Unos días después, al llegar a mi casa tras una pesada jornada de trabajo, encontré un sobre que alguien había deslizado debajo de la puerta. Eran las fotos más increíbles que hubiera visto. Es así como llegué a conocerlos a ustedes y su gremio. Sindicato de Nota Roja. Excelente nombre. Gran estilo. Gracias por invitarme a la fiesta, pero… ¿podrían apretar las cadenas un poco más, por favor?

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