La escritura desbocada

No soy de esos escritores disciplinados que tienen una rutina diaria para trabajar. Trato de escribir todos los días, y siempre tengo un puñado de relatos a medio escribir que voy trabajando poco a poco, aunque por la tardanza en terminarlos a veces me aburren y se quedan en el cajón por tiempo indefinido (algunos llevan encajonados más de quince años y no puedo asegurar si algún día saldrán de ahí).

Envidio un poco a los autores que, como Bradbury, se toman en serio el oficio de escribir, y no sólo lo hacen todos los días, sino que lo hacen en orden, respetando horarios y, sobre todo, lo hacen bien (o no muy mal). Esos escritores que escriben de la misma forma en que los atletas entrenan. Y hablando de atletas y escritores, me contó la talentosa Macaria España que ella escribe sólo cuando ya ha pensado mucho una historia: “Cuando salgo a correr o a caminar es cuando me vienen más ideas (…) Regularmente escribo un cuento después de pensarlo mucho, pero lo escribo en 15 minutos.”

Los envidio pero yo no puedo ser así.

Tampoco soy el absoluto opuesto, el escritor que espera la visita de la musa con su regalo de inspiración para ponerse a escribir. Después de dos décadas escribiendo, puedo confirmar que las musas no existen, que eso que algunos llaman inspiración sólo es la reunión de dos cosas: una idea y las ganas de escribir. Los escritores que hablan de inspiración, una de dos: o bien te están mintiendo o bien se están mintiendo.

Cuando las ganas de escribir coinciden con una idea, es más fácil sentarse a escribir y terminar un relato (la novela es otra cosa completamente). Pero la mayor parte del tiempo, sólo se cuenta con una de las dos cosas, o con ninguna, y de ese modo no es nada fácil hacerlo.

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Hay que escribir

Pero si uno es escritor o quiere serlo, tiene que escribir. Escribir como uno quiera o más bien como uno pueda. En las horas muertas de la oficina en la computadora, en el metro sobre el periódico matutino, durante la misa de bautizo de su hijo usando una servilleta, mientras un odiado político da un informe de gobierno lleno de mentiras…

Y siempre ayuda tener algunas herramientas a la mano. Una de mis favoritas es el cuaderno de notas: Un cuaderno pequeño o un teléfono donde se anoten sustantivos, opiniones incendiarias, insultos, descripciones de gente que uno detesta, títulos de pinturas o libros que uno ame y pequeñas disertaciones sobre por qué los gustos propios son mejores que los gustos de los demás.

Cuando estoy escribiendo algo, incluso si tengo una idea más o menos clara de lo que quiero hacer, paso revista a ese cuaderno de notas en busca de algo que me haga pensar: “Esto debo incluirlo”.

mi cuaderno de insultos
mi cuaderno de insultos

Otra de las herramientas que me gustan, pero la uso muy moderadamente, es la colección de tarjetas Oblique Strategies, creada por Brian Eno y Petes Schmidt. Aunque pensadas en música, sirven para cualquier proyecto artístico, aunque a veces hay que retorcer mucho el pensamiento (de ahí lo de “oblicuo”), como en la tarjeta que sugiere “usar tapones para los oídos”, que en música puede tener perfecto sentido, pero para escribir, ¿qué puede significar?

Y la que mejores resultados me ha dado es la que llamo “escritura desbocada”. No es que yo la inventara, pero mientras que para los autores que la usan es una simple forma de acercarse a la escritura, parte de la rutina o la rutina misma, para mí es una herramienta que se puede usar alguna que otra vez, pero no siempre, pues es devastadora. Quiero decir que para mí es devastadora.

La escritura desbocada

Consiste en dos cosas: a) imponerte una meta de tiempo (una noche, una semana, un mes, un año) y escribir como alma que se lleva el diablo hasta que se concluya ese tiempo o hasta que el cuerpo caiga hecho pedazos, y b) elegir un proyecto específico sobre el cual desbocarte.

Yo lo hice en varias ocasiones con buenos resultados.

  1. Un día decidí escribir y terminar una novela, y me di un lapso de un año para terminarla. La primera noche redacté dieciséis cuartillas que consistían en el inicio y final de la novela, y el resto del año (de 2007 a 2008), escribiendo todos los días, fui haciendo crecer ese primer borrador hasta que alcanzara las dimensiones de una novela. Durante un año, escribí todos los días, a veces más, a veces menos, pero siempre con la mirada puesta en el objetivo: concluir una novela y no dejarla morir como todas las otras novelas (ninguna de las cuales ha vuelto a dar señales de vida). Siete años más tarde, por fin alguien se animó a publicar Los elefantes son contagiosos.
  2. El año pasado, acepté el reto de escribir un cuento diariamente durante un mes. Y eso hice sin falta durante dieciocho días. No pude más, pero esos dieciocho cuentos sólo fueron posible a través de una escritura desbocada, incluso cuando sólo podía escribir durante las horas muertas en la oficina. Lo que hice fue tomar una idea vieja, rescatarla y cambiar lo que no servía, y redactar el cuento lo más rápido que pude. Al terminar con él, durante el mismo primer día, comencé un segundo cuento pero lo dejé inconcluso por falta de tiempo. Al día siguiente lo retomé y trabajé en él hasta terminarlo. Ese mismo día, comencé el tercer relato y repetí la fórmula de dejarlo a medio terminar y retomarlo al otro día, y lo seguí repitiendo hasta tener dieciocho. El día final no tuve tiempo de comenzar un nuevo cuento “para desarrollar mañana”, y el día diecinueve no tenía material sobre el cual trabajar (andaba de viaje y no llevaba mi cuaderno de notas), y no pude producir nada de la nada. Pero el resultado de esos dieciocho días es mi libro (en formato digital) El país de noviembre.
  3. Muchos de mis cuentos han sido hechos de la misma forma, pero en lapsos cortos de tiempo (tiempo concreto: una noche; tiempo abstracto: hasta que lo acabe). A veces funciona desvelarse y escribir mientras las ganas de dormir se acumulan y los sentidos se alteran. Escribir en total oscuridad, sólo con el hiriente resplandor de la pantalla de la computadora, lastima la vista pero provoca pensamientos que nunca existirían de otro modo; es una estrategia muy útil para los autores de ficción extraña (weird fiction). A Kafka le funcionó de las mil maravillas.

La escritura desbocada es agotadora y difícil para un escritor como yo, sin disciplina y con una jornada laboral de trece horas diarias (incluyendo el transporte). Pero cuando me decido a entrarle al ruedo, he obtenido siempre buenos resultados. Tal vez un día me encuentre en la calle un billete de un millón de dólares y pueda dedicarme por completo al oficio de escribir, como lo hacen los escritores de clase media que no necesitan trabajar (con el inconveniente de que sus obras, aunque estéticamente buenas, carecen de importancia. Recordemos Farabeuf de Salvador Elizondo: novela impecable, compleja, obra de una mente lúcida que no se distrae con la realidad cotidiana, que no se ocupa de temas trascendentes y que se dedica por completo a elaborarse y reelaborarse a sí misma una y otra vez; un libro buenísimo pero que no sirve para nada–no es por presumir, pero lo tengo en edición de coleccionista, con caja de terciopelo y otras monerías).

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¡Ya me cansé!
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No ficción

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