Mario el del bastón (cuento frenético)

Tras su muerte, bien podríamos decir que la vida de Mario fue toda una tragedia, pues parecía destinado al sufrimiento y el rechazo desde que, a los pocos días de nacido, un cerdo de los que criaba su abuelo, le comió dos dedos y media oreja. De no ser por la oportuna intervención del tío Víctor, el animal habría devorado al niño y cómo se le ocurría a la tonta de su madre dejarlo ahí para irse a chismorrear con la vecina.

Muy lamentable lo que le ocurrió al pobre niño. Además, era feo. Y no dejó de serlo con el paso de los años, por el contrario, su fealdad se acentuó. Su cabello era escaso, dejando ver la oreja deforme, y no era nada fácil ocultar la ausencia del meñique y el anular izquierdos; era más sencillo dejar de intentarlo.

En la edad adulta siguió sin destacar en nada. No tenía amigos en el trabajo, y sus compañeros sólo le hablaban por asuntos laborales, jamás personales. Los más bondadosos entre ellos, le tenían lástima; los demás, burlas y desprecio. Si había conseguido trabajo se debía más a la cuota de discapacidad que obligaba a las empresas a emplear personas con “capacidades diferentes”, como ahora se decía. Pero lo que nos interesa es el último episodio de su vida, el más dramático y que acabó con él en cuestión de minutos.

Mario llevaba un bastón desde que a los catorce años le reemplazaron media cadera por una versión de platino, a causa de una fractura propiciada por un tumor maligno. Desde entonces, usaba un bastón para apoyarse, y portaba sin vergüenza la tarjeta del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia que le otorgaba el derecho a usar el transporte público sin pagar.

Después de dos décadas de caminar de forma rígida y graciosa, lo que le causaba fuertes dolores de espalda y cuello, se había acostumbrado a las risas y señalamientos de los demás. Pero nada podía prepararlo para lo que sucedió aquel día.

Al salir de su trabajo se dirigió, como cada noche, al metro. Como era usual, le mostró su tarjeta de gratuidad al policía que cuidaba los accesos y avanzó con paso seguro, pero el policía no había activado el paso, provocando que Mario se golpeara fuertemente contra el torniquete inmóvil, lastimándose un testículo. Pero lo que más le dolió fue la risita del policía.

—¿De qué te ríes, pinche puerco? —preguntó Mario con una voz llena de odio que lo asustó y le hizo hervir la sangre. Ignoró la certeza de que la cara se le había puesto roja como un jitomate maduro.

El policía, al escuchar aquel insulto que le arrojaban al rostro como una flema, recuperó su expresión autoritaria. Mario adivinó las intenciones del oficial: detenerlo por agresión (verbal) a la autoridad. Pues que me detengan con provecho, pensó, y sin mayor preámbulo depositó en el mango de su bastón todo el odio que había acumulado durante sus casi cuarenta años, haciéndolo descargarse contra la cara de cerdo del policía.

Le pareció escuchar una ovación. ¡Se sentía muy bien! Al instante comprendió que todo en su vida lo había llevado a ese preciso momento, y lo haría valer algo. Arrojó su furia una vez más sobre la cara sangrante del policía, quien no tenía idea de lo que acababa de suceder, y lo hizo caer. Le gustó el ruido que hizo su cabeza contra el suelo. Una vez caído, siguió golpeándolo hasta que se descubrió rodeado de más uniformados, algunos de ellos le apuntaban con sus armas como a un vulgar ladrón.

Mario no era tonto. A pesar de todo, había sabido conservar su dignidad. No iba a permitir que lo sometieran, no concedería que lo detuvieran sin responder. No iba a aceptar que se merecía un castigo, pues él mismo no lo creía, estaba convencido de haber actuado con total justicia. No, señor, Mario no volvería a ser el recipiente del dolor, sino su causante.

Su bastón reventó la nariz del oficial que se acercó a él, con actitud conciliadora. Un poco de sangre salpicó el rostro de Mario. Un nuevo ataque, malogrado. Lo detuvo una lluvia de plomo y en ese instante supo que nadie volvería a meterse con él.

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