Las estrellas son la Estigia, de Th. Sturgeon [reseña]

Rowena Morrill
Rowena Morrill

Fue toda una revelación encontrarme con Theodore Sturgeon, casi por casualidad. Aunque conocía al autor por su nombre y su prestigio, no había leído nada suyo hasta hace poco, ¡y qué bueno que lo hice!

Las estrellas son la Estigia es un libro extraordinario, una colección de diez relatos de ciencia ficción que en algunos momentos tocan lo fantástico. El autor se aventura en ambos géneros y les da la vuelta desde el interior, mostrando por una parte el funcionamiento del cuento y, por otra, el de la mente humana. De este modo, Las estrellas son la Estigia es un libro para escritores, pero ¡tranquilos!, no se trata de una obra de metaficción con referencias infinitas, lo que tenemos aquí son cuentos de formato clásico, autoconclusivos, y no requieren del lector sino su atención durante el tiempo que les dedique.

La sensibilidad poética y honestidad de la prosa de Sturgeon, dotan a la obra de una profundidad emocional que no son lo más común en obras de ciencia ficción. Más que un muestrario de maravillas o de nuevos y asombrosos conceptos, estos relatos son una exploración del pensamiento, del comportamiento y de las emociones que puede experimentar el ser humano ante las situaciones más comunes (el enamoramiento o los celos) o descabelladas (encontrarse con que uno ha viajado 50 años en el futuro sólo dando un paso), así como una crítica a la aparentemente infinita estupidez del ser humano que, aunque sepa que se está matando a sí mismo, no se le ocurre nada mejor que seguir haciéndolo.

No estamos ante un libro de ciencia ficción dura, sino en el terreno de lo que en los 50 se comenzó a llamar ficción especulativa; aquí, Sturgeon más que un escritor de hard SF, se muestra como un fino artesano de la palabra, conocedor de su oficio, que ejerce con maestría. Un ejemplo es el relato “El escalpelo de Occam”, que algunos críticos no consideran una obra de ciencia ficción.

El relato nos cuenta la historia de Cleveland Wheeler, un genio inventor que carece de habilidades sociales y del que siempre abusan. Wheeler es un filántropo que ha inventado una forma de preservar la comida orgánica para bebés y un plástico que puede ser quemado sin contaminar el aire; pero la mala suerte (su primera esposa lo abandona, la segunda muere de cáncer, recibe un disparo en un asalto bancario que lo deja hospitalizado durante meses, sus negocios van todos a la quiebra) podría transformarlo en una persona resentida. Esto no sería un gran problema excepto que está a punto de convertirse en el presidente de una megacorporación, que lo llevaría a ser la persona más poderosa del mundo, por lo que unos hermanos deciden manipularlo y hacer que use sus habilidades y su poder para limpiar el medio ambiente. En medio de una complot alienígena para invadir el mundo, los hermanos logran convencer a Wheeler de que un medio ambiente puro es mortal para los invasores, y le muestran el cadáver de uno de ellos como prueba.

El final da un giro inesperado, nos saca del terreno de lo fantástico y nos devuelve al realismo con que inicia el relato, y surge la pregunta de si se trata de ciencia ficción, y de si toda la ciencia ficción debe ser fantasía o si puede haber ciencia ficción realista. Esto nos remite a “Trece a Centauro”, de J. G. Ballard, donde en las últimas líneas se nos revela que el viaje por el espacio rumbo a Centauro, y que lleva varias décadas ya, realmente jamás se inició; la nave espacial sigue en tierra y todo fue un engaño, tanto para la tripulación como para el lector.

Este libro, de uno de los autores más influyentes en la ciencia ficción, nos recuerda que de eso debería tratarse la ciencia ficción, y toda la literatura: de la realidad. No sólo de cómo podría llegar a ser si no tenemos cuidado o cómo quisiéramos que fuera, sino de cómo es. Si para señalar esta realidad se usan extrañas elucubraciones sobre el viaje espacial, aventuras heroicas de elfos y caballeros o un retrato fiel del más puro naturalismo, es irrelevante, porque al final de cuentas, lo que importa es la profundidad y la calidad de la obra, y Las estrellas son la Estigia tiene bastante de ambas.

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No ficción

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