J. G. Ballard, The atrocity exhibition (reseña)

La obra clave de J. G. Ballard, The atrocity exhibition, es un libro difícil que coloca a Ballard a la altura (o, digamos: al mismo nivel) de otros muchachos terribles, como William Burroughs, Jean Genet y Sade. Es una novela, al mismo tiempo que un libro de cuentos (cada capítulo o cuento fue publicado en distintas revistas antes de publicarse como libro; el que estos relatos no formen parte de The Complete Stories of J. G. Ballard es la clave para comprender la obra como novela).

Escritura en apariencia ininteligible, The atrocity exhibition rompe con los esquemas narrativos de la ficción contemporánea, y se arroja de cabeza y sin miramientos a los pantanosos terrenos de la experimentación. Ballard despoja su novela de su historia, y deja sólo lo elemental: Unas cuantas imágenes que se multiplican obsesivamente hasta el hartazgo y todavía más allá, similar a lo que hizo Salvador Elizondo con su Farabeuf, pero mientras que en la obra del mexicano, el protagonista revive incesantemente un grupo de recuerdos personales, en la del británico, el protagonista (llamado Traven, Talbert, Talbot, Tallis, Trabert, Travers, Travis) intenta recrear incesantemente algunas de las tragedias mediáticamente más importantes del siglo XX: La muerte de Marilyn Monroe, la de James Dean, el asesinato de Kennedy, la guerra de Vietnam.

Convertida en psicodrama, la tragedia representa el paisaje de la mente de Traven, dimensión simbólica que abandona su existencia interior para transformar el mundo exterior en una réplica a la vez surrealista y posmoderna de sí mismo. En ese mundo de geometrías hipnagógicas y ciudades solitarias, se desenvuelve el drama de un hombre que bien podría ser un médico psiquiatra de algún hospital, o un paciente de la misma institución, que al recrear esos acontecimientos, usando como modelos los cuerpos de su esposa y de su amante, y la participación más bien ambigua de algunos estudiantes de su seminario, pretende darles sentido.

La naturaleza de la obra obliga al autor a buscar una voz narrativa ad hoc que dé cuenta de los dos motivos principales: el estado mental de su protagonista, y los paisajes de la mente y de la ciudad donde se desarrolla su historia. Para el primer motivo, una solución parcial era cambiarle el nombre al protagonista en cada capítulo; una segunda solución, y la más importante, era desarticular la prosa narrativa, y dejar sólo un texto fragmentario, en apariencia ininteligible (a la manera del cut-up de Burroughs, pero no idéntico), que es una forma de expresar la “voz” de lo inconsciente.

junkyard_jimEl segundo motivo se resuelve al incorporar el lenguaje técnico de la medicina así como anuncios publicitarios en sustitución de la decoración o del arte; se experimenta el mismo desapasionamiento al contemplar la portada de una revista de modas, la fotografía de un cuerpo mutilado o un cuadro de Max Ernst. En una inversión de los lugaroes comunes, este lenguaje frío y técnico es usado para describir las situaciones más dramáticas, como un asesinato, un accidente o el acto sexual, así como un lenguaje abstracto para describir las ciudades, edificios y otros paisajes urbanos, que provocan una mayor emoción que el arte o la muerte. Libres de su dramatismo, estas escenas son convertidas en objeto de análisis, y la novela se convierte en un manual para comprender (en parte) la civilización del siglo XX de camino al XXI.

The atrocity exhibition no es un libro fácil, y no intenta ser fácil. Pero una vez comprendiendo que no se trata de una novela en el sentido convencional, al explorar el contenido latente, en lugar del manifiesto, su significado puede abrirse para el lector.

IZQ: Mike Foreman, The atrocity exhibition. Doubleday, NY, 1970. DER: Phoebe Gloeckner, The atrocity exhibition RE/Search, San Francisco, 1990.
IZQ: Mike Foreman, The atrocity exhibition. Doubleday, NY, 1970. DER: Phoebe Gloeckner, The atrocity exhibition RE/Search, San Francisco, 1990.
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