Atelier

Balthus, Guitar Lesson (1934)
Balthus, Guitar Lesson (1934)

Las uñas de Carmen hurgaron mi piel. Contuve un gemido, mirándola directo a los ojos. Me besó. El sabor de su saliva en mi boca. Ella seguía sin hablar, lo que me parecía bien, pues me irritaba escuchar a las personas hablando; probablemente el odio que sentía por ella, por la voz, quiero decir, era el disfraz con el que cubría mi envidia.

Voz humana, ¿cómo se sentirá tenerla? Yo nunca he tenido una voz, y me pregunto si gritar será doloroso.

Mis brazos se tensaron cuando Carmen comenzó a explorarme. Yo permanecía inmóvil, rígida como un cadáver, y fría. Ella besó mis mejillas y mi nariz, yo deseaba devolverle el gesto, pero no pude moverme.

Acercó su sexo a mis dedos. “Me gustan”, dijo, “son largos y afilados”. Me invitó a hurgar sus secretos, mientras frotaba su piel con la mía, dejando escapar pequeños murmullos de placer. No me importaba que sólo me usara, estar con ella era suficiente.

Después de un orgasmo contenido, parecido a una explosión que se realiza hacia el interior, Carmen se puso de rodillas frente a mi cuerpo tendido sobre retazos de tela y vestidos incompletos. Me miró con amor y, depositando un minúsculo beso en mi boca, me dijo: “Te amo”. Luego se puso en pie, se vistió y me dejó ahí, desnuda, con el resto de los maniquíes.

Cuento publicado originalmente en Bitácora de Vuelos.

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