Ese recuerdo inolvidable

Fue a los siete u ocho años. Mi tía estaba desnuda y mientras se ponía las medias, más bien las pantimedias, de ésas que tienen nombre de personaje de Oscar Wilde, sentí que algo se movió entre mis piernas. Ella me miró, se dio cuenta de todo, pero evitó que me llenara de vergüenza con esa sonrisa tan característica suya. Luego, para calzarse los zapatos, hizo un movimiento de piernas que sigo viendo en mi cabeza cuando las noches son solitarias. No es casual que mi película favorita durante la adolescencia haya sido Bajos Instintos.

Ahora recuerdo que se estaba alistando para los quince años de mi prima Jéssica. Yo había ido a buscarla por orden de mi tío, pero al mirarle los bultos de su pecho olvidé lo que tenía que decirle. Me quedé ahí, tieso y mudo. Mi tía me miraba sonriente mientras se ponía el resto del atuendo, que remató con un vestido entallado que con el tiempo se convertiría en mi ideal. No salgo con muchachas que no usen de vez en cuando vestidos entallados. A ellas, les he pedido que representen la famosa escena de bajos Instintos, donde Michelle Pfeiffer cruza las piernas. Algunas se han negado hacerlo.

Mi tía me hizo una seña para que me acercara. Obedecí. Me pidió que le ayudara con el cierre de su vestido. Su espalda tenía un hermoso color bronce, era suave y tenía un perfume especial. Me demoré deliberadamente. A mi tía no pareció importarle. Forcejé con el vestido un poco, más de lo que en realidad requería, ella me ayudó a mantener la ilusión, acariciaba su espalda con los nudillos, jalaba el cierre y pegaba mi rostro a su cintura. Me hizo abrazarla para sujetarla mejor y realizar la tarea encomendada. Así lo hice. Pero fingí que aún no podía. Sus nalgas golpearon mi pecho y quedé sentado en la cama, mi tía sentada encima de mí. Reímos. Pero ella no se levantó. Respiraba agitadamente y movía un poco el cuerpo en vaivén. Yo sentía algo como miedo y felicidad.

Mi mano, que aún la rodeaba, buscó algo instintivamente, me sujeté con firmeza. Mi tía suspiró. Recargué la cara en su espalda, la llené de besos. Ella se dejaba hacer y de vez en vez devolvía alguna caricia.

Se puso de pie y me tomó de las manos. Metió su lengua en mi boca y yo no supe ni qué sentir. Era un sabor extraño. Era una textura suave y carnosa. No podía pensar. Mi tía habló:

—Búscame cuando quieras.

Esta noche vine a buscarla.


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