El hijo

Artist: Joe Broers
Artist: Joe Broers

Es un doloroso día de invierno en Innsmouth, con todo el frío, el sol pálido y la brutalidad de la estación que pende sobre el cielo como una maldición. A la amenaza de la naturaleza hay que sumarle la de la incomprensión innata del hombre, condenado a vivir en la ignorancia.

El padre se siente orgulloso de su hijo. Para él siempre será un pequeño, aunque ya tiene ocho años.

-Ten cuidado, chiquito -dice, y en esa frase trillada, el padre revela todo su amor. Su hijo, de naturaleza distinta a la del padre (su madre vino de un mundo extraño, ajeno, más profundo que el de los hombres), comprende lo que esas palabras encierran.

-Sí, papá.

El hijo empaca la red, una red demasiado grande para su tamaño, y los anzuelos. Mira con ternura a su padre y se aleja rápidamente. En pocos segundos, el padre lo ha perdido de vista, al adentrarse en la zona costera de la ciudad. Se queda feliz, su hijo es un buen pescador y algún día será un gran pescador y ocupará en su sociedad el lugar que ahora ocupa el padre.

Sabe que su hijo no es imprudente, él le ha enseñado bien. Siempre que se marcha solo, el padre se queda algo preocupado, pero satisfecho por la inteligencia y madurez que ha mostrado su hijo en el oficio. Ya no es pequeño, cumplió ocho años durante el verano, pero aparenta menos edad, tal vez por la claridad de sus ojos, o por su sonrisa fácil, o por ese mágico instante cuando algo lo sorprende y todo el rostro se le llena de emoción. En esos momento, incluso parece que fuera a desarrollar branquias.

Su madre era una mujer de Nueva York. De ahí que el chico no desarrollara todas las características físicas de su padre y el resto de la comunidad de Innsmouth, que podían respirar bajo el agua. Por eso, la ciudad se había convertido en uno de los principales centros pesqueros del país, nadie superaba a sus pescadores, que podían cazar a mayor profundidad que en cualquier otra parte.

El padre, cada vez con mayor frecuencia, se quedaba en casa a hacer los trabajos domésticos usuales mientras delegaba mayores responsabilidades del oficio a su hijo. Mientras realizaba el bricolaje cotidiano, siguió la marcha de su hijo en su mente. Ahora estaría atravesando la playa solitaria. Era un día especial. Nadie se atrevería a romper el pacto, la tradición es respetada por todos, por eso han sobrevivido tanto tiempo sin apenas deformaciones. Y confiaba en que su hijo respetaría las indicaciones que le fueron dichas. Qué orgullo para un padre que su hijo siga sus pasos tan dócilmente, y tan feliz.

Ahora está preparando las redes y anzuelos para comenzar la faena. Es importante hacerlo antes de adentrarse en las aguas profundas, es mejor hacerlo en la playa de Marsh St., donde la arena es suave y el andar se hace ligero. Cuando tenga todo listo, su hijo sorteará la zona rocosa de la playa hacia el sur, y llegará al ojo de agua que él descubrió cuando eran joven y donde se pueden encontrar los mejores pescados. Más al sur, se encuentra Kingsport, donde los habitantes de Innsmouth no son bienvenidos. Pero su hijo no irá allí, se mantendrá dentro de los límites que él le ha enseñado a reconocer. Su hijo es prudente y no desobedecerá las indicaciones.

A él le hubiera gustado haber sido tan prudente como su hijo. A los trece años, desobedeciendo las órdenes de su padre, decidió explorar esas aguas del sur. Lleno de curiosidad, incluso quiso interactuar con los niños que correteaban en la playa. Ése fue el error. Los niños al verlo, comenzaron a gritar y arrojarle piedras. Había algunos hombres en la playa, y él quiso pedirles ayuda, pero los hombres resultaron ser peores que los niños. Le echaron una red de peca y lo metieron en una jaula. Luego, lo exhibieron como un animal.

Pasó encerrado varios años, hasta que la hija de alguien se apiadó de él y le ayudó a escapar. Con el tiempo, haciendo a un lado el miedo que podían causarle esas protuberancias en su cuello, su rostro de ojos separados y su boca llena de pequeños y afilados dientes, así como el tono cetrino de su piel, ella se fue con él a Innsmouth, donde tuvieron un hijo. Su cuerpo no estaba capacitado para sobrevivir a un parto tan extenuante, y murió poco antes de que su hijo viera la primera luz del día.

No, su hijo sería más prudente. Ya sabía que no era fácil ser aceptado en la sociedad de su propia gente, y no le costaba imaginar que los habitantes de Kingsport o de cualquier otra parte, serían mucho más reacios en aceptarlo.

Ahora estaría midiendo el viento. Usando como referencia el antiguo faro de Devil’s Reef, que en realidad no es más que un montículo de piedra. Si las olas golpeaban del sur o del este, era el momento propicio para la caza, pues las corrientes acercarían las presas al alcance de las redes. En cambio, si las olas vinieran del norte, el mar se llevaría los peces y sería más difícil atraparlos.

No fue fácil para el padre educar como lo hizo a su hijo. En una sociedad cerrada y conservadora como la suya, un mestizo era considerado poco menos que un castigo de su dios Dagon. No fue fácil conseguir para su hijo esa libertad y esa seguridad de movimientos, enseñarlo a aprovechar su astucia e inteligencia para convertirlo en un gran cazador de tiburones.

Tuvo que esforzarse y ser prudente. Cualquier mal cálculo, cualquier equivocación pudo costarle la libertad o hasta la vida del hijo querido. Y aunque ese peligro no desaparece con el tiempo, sino que tan sólo menguan sus probabilidades, éstas son aún más escasas cuando se sabe que no se cuenta más que con las propias fuerzas, así uno no se confía y ni deja de estar alerta.

Tristes pensamientos. Pero hoy, no. Hoy el día es, pese al sol helado, brillante y feliz. Hoy su hijo va en busca del tiburón tigre, el solo y sin ayuda. Y si logra volver con una presa, será aceptado por la comunidad como un adulto competente.

Desde su posición, el padre sabe que el viento es propicio. Lo ve en el movimiento de las nubes, lo ve en el vuelo de las gaviotas y en el olor a mar que respira. El medio día es la mejor hora para esta labor. Un grupo de gaviotas se eleva en desbandada desde el risco, asustadas por la presencia del hijo, sin duda ya habrá comenzado su cacería y no tardará en volver. El padre sonreirá feliz y satisfecho al ver al hijo llegar con su presa a cuestas, agotado y orgulloso.

Una cacería como aquella podía prolongarse algunas horas. El padre no estaba preocupado incluso cuando la media tarde se elevaba por el horizonte. Su iniciación había durado cuatro horas penosas. Había elegido un día con mal tiempo y los tiburones no se acercaban a la playa. Él mismo tuvo que ir a buscarlos. Su hijo era tan parecido a él que incluso parecían compartir una iniciación prolongada.

Cuando concluyó con las labores del día, y el horizonte se mostraba oscuro, anunciando la proximidad de la noche, cayó en la cuenta de que no había habido actividad de las gaviotas desde que comenzó la cacería. Sintiendo la angustia paternal como una aguja al rojo vivo que se incrustara en el corazón, el padre corrió lo más aprisa que pudo.

Abriéndose paso entre los matorrales de la playa, ignorando las piedras que se le encajaban en las plantas del pie, el padre corre veloz al encuentro de lo que sabe que se encontrará: el cadáver de su hijo.

¿Dónde buscar? ¿Dónde? La playa es tan amplia y el mar tan bravo que cualquier indicio habrá sido borrado desde hacía horas.

¡El risco! Hacia allá corrió, en busca de lo inexorable. Un padre con el corazón despedazado que añora encontrar a su hijo muerto y darle el último abrazo, la última despedida, antes de llevarlo a su tumba marina a descansar para siempre en el reino de Dagon.

Con el dolor a cuestas haciendo estragos en su rostro ya de por sí maltratado por una vida dura, el padre llega al risco. No se atreve a llamar a su hijo, sabe que es inútil. Contiene las lágrimas con todas sus fuerzas, pues no desea que el mundo lo mire cuando la mayor pena de su vida embarga todo su ser. ¿Qué es eso? Un brillo llama su atención. Es un anzuelo. Un anzuelo entre las piedras del risco. Lo toma entre los dedos y lo observa, es el único recuerdo que le queda de su hijo, el anzuelo con el que cazaría al tiburón que lo convertiría en un adulto.

El padre agacha la cabeza, embargado por la pena. Su mirada se pasea por el risco, por el camino opuesto al que lo llevó ahí. En ese camino, sonriente, viene andando su hijo, con un tiburón a cuestas.

Después de algunas palabras, emprenden juntos el camino a casa. Un padre y su hijo. Un padre orgulloso que carga en su hombro el tiburón que su hijo maravilloso ha atrapado, convirtiéndose en miembro respetable de la comunidad. La cabeza del animal golpea la espalda del padre, que camina feliz.

Feliz y abandonado al delirio.

Pues el padre que así camina, sonriente, no lleva a cuestas otra cosa que el cadáver de su hijo, que había caído más de treinta metros entre las rocas afiladas del risco, al enredársele entre las piernas una red de pesca demasiado grande para su pequeño tamaño.


Puedes leer la versión definitiva de “El hijo” en el libro El país de noviembre, que reúne 18 cuentos desbocados.


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Ficción

2 Comments

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  1. Me encanta el homenaje <3 Lovecraft y Quiroga combinados, mis favoritos.

    Le gusta a 1 persona

    • Jorge Jaramillo Villarruel 11 octubre, 2016 — 22:10

      A mí me encanta que lo hayas leído y notado. Digo, no es que sea muy oscura la referencia a ambos, pero hasta ahora nadie me había dicho que lo notó, aunque el cuento sí les ha gustado mucho.

      Gracias por leerme.

      Me gusta

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