De cómo me robé el cuervo de Poe, y lo que pasó después

Homenaje en miniatura a Ray Bradbury

Me hallaba en La Habana disfrutando de mis vacaciones. En realidad, sufriéndolas: el calor era terrible y viscoso, y el aeropuerto perdió una de mis maletas. Además, me enteré que Shelley Capon también estaba de visita en Cuba; sólo me faltaba toparme con él para declarar éstas como las peores vacaciones de la historia de la humanidad.

Precisamente me encontraba en la sala de espera del aeropuerto, uno de los lugares más pegajosos de la isla, esperando al gerente, con quien se suponía que debía hablar para resolver el caso de mi equipaje perdido, cuando todo comenzó a salir mal.

Tal vez exagero al decir que todo salió mal, pero sin duda casi todo sí que salió mal. Frente a mí pasó corriendo como un fugitivo Raimundo, o Ray Bradbury, como aparece en los libros que publica. Llevaba en la mano un objeto cubierto con un chal. Se formó en la cola de los boletos urgentes; escuché que pidió uno para Ciudad de México. Después, fue a sentarse en una banca detrás de la mía. No me había reconocido.

Con cautela, me acerqué a él. Se había quedado dormido. Parecía cansado. Me causaba mucha curiosidad saber qué llevaba bajo ese chal. ¿Explosivos? ¿El pobre se había vuelto loco al fin y planeaba secuestrar un vuelo y obligar al piloto a viajar a Marte? No, no lo creo. Puede que Raimundo sea un poco excéntrico, pero no es un terrorista.
Cuando me sentí seguro, me acerqué y tomé el objeto entre mis manos, y me alejé de allí para deleitar mi curiosidad. Ya estaba por alcanzar la salida cuando Shelley Capon, seguido por un grupo de reporteros, entró al recinto. Como yo no tenía el menor interés en hablar con el pequeño hijo de puta, me escabullí a los sanitarios.

Desde mi antiséptico refugio vigilé los movimientos de Shelley y su séquito. Lo vi asechar a Raimundo como un camaleón pantera a una libélula aletargada. Lo vi arrojar su lengua contra su presa y devorarla sádicamente, con esos ojos chuecos que lo caracterizan y le dan una apariencia de maldad desbordada.

—Te tengo —gritó Shelley.

Raimundo se despertó dando un salto que casi lo llevó a colgarse de las lámparas. ¿Qué significaba todo aquello? ¿Qué negocios se traía Raimundo con el miserable de Shelley?

—¿Dónde lo tienes? —preguntó Shelley.

Raimundo se veía desconcertado. Era obvio que sabía de qué le hablaban (el objeto que yo había robado y que aún no había visto), pero no tenía ni idea de dónde podía encontrarse.

Los abandoné en su discusión. Tenía qué saber cuál era la causa de semejante alboroto. Retiré el chal y descubrí una jaula, y dentro de la jaula, un ave, un cuervo, sólo un cuervo, y nada más.

—¿Por qué tanto alboroto por un simple cuervo, amiguito? —dije.

—Nevermore —dijo el aludido—, nevermore.

¡No puede ser! ¡El cuervo de Poe! Con razón Shelley y Raimundo y todos esos periodistas de la NBC. El cuervo de Poe debía valer una fortuna, y Shelley siempre fue un oportunista, pero la presencia de Raimundo en todo esto me desconcierta.

Traté de huir sin ser visto. Demasiado tarde: la mirada de Raimundo estaba puesta encima de mí aún antes de verme. Shelley debió notar algo extraño en esa mirada, porque al instante su mirada también me alcanzó como un latigazo. Corrí. Y detrás de mí, montones de periodistas y camarógrafos.

Para no hacerles el cuento largo, sólo les diré que, luego de una persecución por la ciudad, conseguí ocultarme en mi hotel. Por teléfono reservé un boleto para Ciudad de México esa misma noche. Me metí a la ducha para arrancarme las costras de calor. Sólo estaba el detalle del cuervo de Poe. Para pasar inadvertido en el aeropuerto, debía camuflarlo de alguna forma. Con el nivel de malicia que alberga el cerebro de Shelley, no me cabía duda que el propio Castro podría estar esperándome en el avión con un arma cargada y treinta policías detrás de él.

Abandoné el hotel inmediatamente después de hacer la reserva. Me fui a tomar un trago en un bar de la localidad. Deambulé por la ciudad con el pájaro enjaulado bajo un chal.

Cuando pasé frente a una tienda de pinturas, se me ocurrió algo. Pintando el cuervo de Poe de color verde, nadie sospecharía qué clase de criatura llevaba conmigo, todo el mundo asumiría que se trataba de un simple loro, aunque algo feo. Bastante feo.

Lo hice, pinté de verde el cuervo de Poe, seguí vagando un rato más bajo el calor de pegamento, y cuando quise abordar el avión que me sacaría de allí, comenzaron mis verdaderos problemas.

* * *

Si el lector desea saber qué clase de problemas enfrentó nuestro héroe, debe acudir al relato “El loro que conoció a Papá”, de Ray Bradbury, que aparece en el libro de cuentos titulado Mucho después de medianoche. Todo se aclarará entonces.


Si te gustó este cuento, lo puedes encontrar junto a otros 17 en el libro digital El país de noviembre, a un excelente precio.

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