La caricia

Al final de la guerra, la Princesa se quedó esperando el regreso del Caballero, pero éste no volvió con el resto de los guerreros. La guerra había sido sangrienta, muchas ciudades fueron arrasadas por las hordas enemigas y en su corazón se formó la triste idea de que de que el Caballero habría muerto en combate.

Luego de algunas semanas de esperar, esa idea creció en magnitud y se volvió una certeza. Abatida, la Princesa cayó de rodillas, suplicante, frente al retrato del hombre que amaba:

-Amado mío -dijo ella con los ojos cerrados y las manos juntas, en actitud reverencial-. Amado mío, si puedes escucharme, te pido que vengas aunque sea como espectro. Prometo no tener miedo.

No había abierto los ojos cuando sintió una mano fría rodeándola por la cintura. El sobresalto la hizo incorporarse y dar media vuelta en un rápido movimiento. Frente a ella vio una armadura negra con el yelmo abajo. “¿Eres tú?” preguntó con el pensamiento, y con la certidumbre de que sus rezos habían sido escuchados, se arrojó a los brazos del espectro. Llevaba las manos descubiertas, eran las manos de un esqueleto.

La Princesa se obligó a no huir. Ella había prometido no temerle al fantasma del Caballero, y tenía que cumplir con su promesa.

-Levántante la máscara -pidió.

-No -dijo él con voz cavernosa-. Es mucho peor de lo que supones.

Tras la insistencia, el Espectro aceptó descubrirse. Era un rostro descarnado, casi una calavera. La Princesa estuvo a punto de correr, pero nuevamente se recordó que había dado su palabra. En su lugar, llevó una mano a la mejilla sangrienta y la acarició con ternura; él respondió con una caricia igual, una caricia que la estremeció hasta las entrañas.

El Espectro pasó su mano por la espalda de la princesa, comenzando por el cuello, y bajando y bajando, hasta que ella dejó escapar un gemido que era una mezcla de miedo y deseo. Notando que él se detenía a la altura de la cadera, la Princesa suplicó:

-No te detengas.

La orden, más bien un suspiro, fue obedecida con presteza.

-Vamos arriba -dijo él-, y la Princesa asintió sonriente.

Desde la habitación escucharon las campanadas del reloj del castillo que señalaban la medianoche. El vestido de la Princesa y la armadura del Espectro yacían en el suelo, a un costado del lecho, y ellos, entregados a la pasión. La Princesa nunca había sentido tanto placer con él, la muerte debía de haberlo cambiado.

La puerta de la habitación Real se abrió con un golpe. En al puerta, se levantaba la formidable figura del Caballero. No llevaba armadura, sólo su ropa hecha jirones. Al verlo, la Princesa se sintió desconcertada. Miró acusadoramente al Espectro, que dejó escapar una risita nerviosa y se marchó atravesando las paredes.

-¡Ah! -exclamó el Caballero al entrar a la habitación-. Mi armadura. Pensé que la había perdido. Alguien me atacó en el bosque mientras volvía aquí, y me la robó. Qué extraño que esté aquí.

Hasta el fin de sus días, la Princesa echaría de menos aquella caricia.


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