Black Metal Negro

Grande Malenfant, a veces llamado Taureau-trois-graines, era un loa poco conocido, al que rara vez se le pedían favores o se le dedicaban ofrendas. Le gustaban la música, el escándalo, el licor barato—”no hay licor demasiado barato”, decía—y las peleas clandestinas de gallos, de perros y de obreros. Cuando era invocado y se manifestaba a través de la tradicional y ostentosa posesión, sus acólitos solían entrar en un frenesí salvaje del que no era fácil escapar; usualmente esas manifestaciones terminaban en orgías de sangre o sexo. Estas prácticas llevaron a los fieles a considerar a Malenfant uno de los loas proscritos por la tradición.

Pero los tiempos cambian y el pensamiento evoluciona, y este principio eterno funciona lo mismo para los hombres que para los espíritus. Llegó una época cuando Grande Malenfant fue menos temido y su culto recuperó una parte de su antiguo vigor. Otros loas comenzaron a verlo con respeto una vez más. El loa, claro, había cambiado algunos de sus malos hábitos, logrando congraciarse con los fieles, aprendiendo a disfrutar de algunas de las expresiones de la cultura popular, como el rock. Sobre todas las invenciones humanas, aprendió a amar el blues y el black metal nórdico, y también aprendió a tocar la guitarra eléctrica con los dientes.

Como digno representante de su panteón, Malenfant usó sus habilidades especiales para satisfacer sus más caros deseos. Ingresó a un taller de artes y oficios, y con sus propias manos, fabricó una guitarra negra que le permitiría interpretar sus temas como un dios, casi al mismo nivel de virtuosismo con que lo hacía Jimi-Hen. Pero si pretendía completar su obra maestra, era necesario que un sacerdote católico la santificara.

Malenfant buscó hasta encontrar un velorio. Entró dando el pésame a todos esos desconocidos de rostros compungidos. Pasó toda la noche acompañando a los dolientes y, durante el funeral, introdujo su guitarra en el ataúd. Nadie notó la desaparición del cuerpo, que Malenfant usó para alimentar a los perros callejeros. “Estaba muerto”, se justificaría más tarde, “¿para qué le serviría un cuerpo a un muerto? Esos perros sí que se beneficiaron, sin embargo”.

El sacerdote bendijo la tumba y el ataúd, arrojó agua bendita y se procedió a cubrir el hoyo. Todos los presentes elevaron sus oraciones y se marcharon del panteón, excepto Malenfant, quien, bajo el cobijo de la noche, cavó y recuperó su guitarra que, ahora sí, estaba lista para conquistar el mundo.

Con la práctica, consiguió pasar con facilidad de los compases melancólicos y alegres de la música negra a los riffs atronadores y depresivos de la música más negra. Era tan buena esa guitarra, y él tenía tanto talento para usarla, que no le costó mucho trabajo reunir a una banda de black metal negro, a la que bautizó con el apelativo de Taureau-trois-graines, y que se conformaba de músicos importados de La Nouvelle-Orléans (Hyacinthe en la guitarra rítmica, Louis en la armónica) y Pòtoprens (Soulouque en la batería, Congo Pellé en el banjo y el violín).

Desde la primera vez que ensayaron los cinco juntos, con una versión de “Máquina Vapor” oscura y llena de malicia, en The Mumbo Jumbo Kathedral, de Papa LaBas, resultó claro que había algo especial en aquel combo. Las letras de Malenfant mostraban sus conocimientos de la astrología negra, y los poemas de Soulouque cantaban los horrores y suplicios de los distintos infiernos. Hyacinthe era el compositor principal, creador de temas épicos que superaban los siete minutos, mientras que Congo, era capaz de componer temas sencillos y directos, llenos de nostalgia o misterio, ambientando perfectamente el apartado lírico. Los arreglos de Louis añadían un toque divertido o triste a las composiciones.

Todo sonaba muy bien, pero hacía falta una voz. Grande Malenfant, con su voz de aguardiente, y Hyacinthe, con la suya como de terciopelo embarrado de lodo, se repartían la responsabilidad de cantar los temas de la banda, pero sabían que podían encontrar a alguien que ocupara esa posición exclusivamente, y con mejores registros vocales que cualquiera de ellos.

El grupo convocó a un casting para buscar a su futuro cantante, pero ninguno de los que hicieron la prueba tenía lo que Taureau-trois-graines requería para ser única. Pasaron varias semanas en busca de la voz ideal, pero fue inútil. Y cuando por la mente de Malenfant pasó la idea renunciar o conformarse con cualquiera, se presentó Barón Samedi con esa sonrisa de quien nunca ha ido al dentista y le ofreció su ayuda. Es verdad que Samedi nunca ofrece sus favores sin demandar un pago a cambio, que por lo general resulta ser algo de mucho más valor que lo otorgado por él, y se necesita ser un insensato para no pensárselo dos veces antes de hacer un trato con el temido loa. Pero Malenfant de verdad quería hacer que su banda funcionara, como no había querido nunca otra cosa, así que aceptó, aun sabiendo que el favor concedido estaría condenado de alguna forma.

* * *

Samedi cumplió su parte del trato. La banda de Malenfant fue complementada por el mejor vocalista posible, y muy pronto, llegó el debut oficial de The Taureau-trois-graines Inexperience and Screamin’ Jay, como se conoció a la banda a partir de entonces. Desde el principio, llamó la atención de la prensa especializada y, lo que era más importante, del público. Pronto comenzaron a proliferar los artículos de revista, las entrevistas en la radio, las presentaciones en Top of the Pops. Su primer sencillo, “Are you inexperienced?”, se agotó en pocas semanas, y cada nueva presentación requería de un venue más grande que el anterior, para dar abasto a la creciente base de fans.

The Taureau-trois-graines Inexperience and Screamin’ Jay comenzaba su carrera ascendente y vertiginosa hacia el triste reino de las estrellas. Dinero, mujeres, drogas, y mucho licor barato eran el pan suyo de cada día. Incluso Soulouque, que era feo como la hambruna, tenía su propio club de seguidoras dispuestas a todo. Sí, era una buena vida. Grande Malenfant podía sentirse feliz mientras cosechaba los frutos de su éxito, ahora que eran dulces.

Como era de esperarse, la guitarra mágica de Malenfant despertó la envidia de algunos entendidos en el arte. Bruneau, un bokor ambicioso e interesado en los negocios, pensó que si lograba robarle la guitarra al supuesto loa, que él creía que no era más que un houngan haciéndose pasar por el verdadero Grande Malenfant, podría ganar mucho dinero vendiéndola en el mercado negro. Para conseguirla, acudió al humfö de lady Dominique, una poderosa mambo y madama del Goodnight Girls, una famosa casa de citas. La mambo le debía algunos favores y estuvo dispuesta a ofrecer su ayuda para saldar sus cuentas pendientes.

Enviándole unas falsas groupies escogidas entre lo mejor de la piel negra del Goodnight Girls, que él mismo había seleccionado de entre sus favoritas, entrenadas todas ellas por la propia mambo, consiguió engatusarlo para que las llevara a su casa. Entre el licor y la droga, Malenfant no supo cuándo ingirió el veneno que lo mato. El bokor se abrió paso al interior de la casa, revisó los signos vitales del músico, buscó la guitarra y escapó con su nueva y preciosa posesión. Ahora sólo era cuestión de encontrarle comprador.

* * *

El asesinato de Malenfant condujo al arresto de una de las seis mujeres implicadas, una tal Elize Didi, haitiana-dahomeyana de pura cepa. Las otras cinco tan sólo desaparecieron, y Elize no delató a sus cómplices, no mencionó sus nombres ni hizo saber a la policía que había sido una de las chicas de lady Dominique. Su honor era intachable. Así que la encerraron, mientras esperaba su sentencia.

Una mosca de panteón voló al interior de la celda y se posó sobre la rodilla de Elize.

—Elize Didi —dijo la mosca—, ¿quién te envió a matar a aquel hombre?

Elize se sorprendió un poco, pero acostumbrada a los rituales de lady Dominique, logró sobreponerse. No era raro que los loas tuvieran ayudantes entre el reino animal. Si Malenfant prefería a las moscas sobre cualquier otra criatura, no era más que una excentricidad suya.

—¿Quién eres? —preguntó.

—Algunos me conocen como El jugador, otros me llaman El embustero, pero no te revelaré mi verdadero nombre. Soy el servidor de Grande Malenfant, llamado Taureau-trois-graines, sin duda ahora sabes bien por qué —al decir esto, se rió con picardía—. Grande Malenfant, de quien mataste su cuerpo humano.

—¿Y qué quieres?

—Si ayudas a mi maestro a descubrir a su enemigo, él te ofrece liberarte de este encierro.

* * *

Cuando Bruneau trató de vender la guitarra mágica de Malenfant a un americano de expresión imbécil, con playera de Metallica, cliente suyo de tiempo atrás, de la clase que no se lo pensaba dos veces para gastar una gran cantidad de dinero en cosas que no comprendía, no consiguió que la guitarra hiciera su mumbo jumbo. Por más que trató de interpretar cualquier cosa con ella, ésta no emitió ningún sonido.

El americano de expresión imbécil puso esa cara que ponía cuando pensaba que alguien estaba tratando de estafarlo, que era la misma cara que ponía cuando pensaba que alguien estaba loco, y su primer pensamiento fue descargar su revólver LeMat de 1856 sobre el mago negro, pero por los viejos tiempos y provechosos negocios entre los dos, decidió pasar por alto aquella ofensa, pidiéndole que no se volviera a repetir. Para compensar su error, Bruneau le obsequió un poderoso wanga y, zalamero como era, le dijo que en cualquier otra forma que quisiera, él estaría encantado de poder ayudarle.

Cuando el americano se marchó, el bokor se puso su sombrero de copa y encendió su pipa. “Maldito Malenfant”, pensó, “no sé cómo lo hiciste, pero me engañaste”. Para olvidarse de sus penas, encendió la radio. Se sobresaltó al escuchar la voz de Malenfant, en una entrevista en directo. Al principio creyó que era un embuste, pero no pudo mantener ese nivel de credulidad por más tiempo, al escuchar al loa anunciar su concierto para esa misma noche, con una dedicatoria especial: “Este concierto es muy especial, porque me permitirá encontrarme con mi viejo amigo Bruneau, a quien deseo devolverme todo lo que me ha dado y gracias a quien ahora estoy donde estoy”, dijo Malenfant, dejando escapar una risita malévola. Al oír los estremecedores acordes de la versión que la banda hacía de “Gloomy sunday”, el hechicero apagó la radio, profiriendo una maldición.

Llamaron a la puerta. Bruneau tuvo miedo y pensó en huir, pero recordó que estaba en un tercer piso y que era probable que si saltaba por la ventana, saliera muy mal librado. Además, era probable que lo estuvieran esperando abajo. Se asomó por la mirilla y vio a dos enormes negros con cara de matones.

—¿Qué desean? —preguntó fingiendo calma.

Los gigantes negros se apartaron y Malenfant caminó entre ellos. De su espalda colgaba una reluciente guitarra negra.

—Venimos a invitarte al concierto de esta noche.

Bruneau no comprendí cómo es que Malenfant estaba vivo o por qué llevaba la guitarra con él. Él mismo la había tomado tras asegurarse de que su cadáver estuviera bien muerto. Dio media vuelta con la intención de buscar la guitarra que él tenía en su poder, y los matones interpretaron este movimiento como un intento de darse a la fuga. Lo sujetaron con fuerza y lo tiraron sobre el piso.

Malenfant indicó a sus hombres que lo soltaran. El bokor se puso de pie, se sacudió la ropa y se ajustó el sombrero. Su pipa había quedado inservible bajo el peso de los gigantes, pero como buen traficante, se dio cuenta de que las pérdidas pudieron haber sido mucho peores. Malenfant adivinó sus pensamientos, y le dirigió unas palabras con expresión divertida:

—No puedes matar a un loa. La obra de un loa es parte del mismo loa. ¿La guitarra que creíste robar? Míralo por ti mismo.

Bruneau fue hasta donde había dejado la guitarra. Abrió el estuche y dentro no había más que un palo seco. Abatido, apenas pudo escuchar el resto del mensaje de su adversario:

—Insisto en que seas mi invitado en el recital de esta noche, será un espectáculo que nunca olvidarás. ¡Garantizado!

Los negros sujetaron a Bruneau y lo subieron a un coche. Grande Malenfant subió a otro que estaba estacionado detrás. Por las ventanas oscurecidas le pareció ver a Malenfant acompañado de una sonriente Elize.

* * *

Algunas semanas más tarde, The Taureau-trois-graines Inexperience and Screamin’ Jay comenzó su gira mundial con llenos totales. Todavía no cumplía un año desde su formación cuando, gracias a su contrato con Century Media/Nuclear Blast y a las ventas de su primer LP, I put a wanga on you, número uno en ventas ese año (su sencillo promocional, “Negro Antichrist”, se convirtió en un éxito de la radio alternativa), fue invitado a encabezar el Wacken Open Air. Era la primera vez que un grupo conformado por puros negros tocaba en el festival insignia del país ario.

En aquel festival, Malenfant conoció a Mirabal, bajista de Rockabilly Mambo. Al escucharla interpretar una intensa versión de “Monster mash”, Malenfant sintió un vuelco en el estómago. Su estilo de rasgar las cuerdas era una mezcla entre Kim Gordon, Sean Yseult y D’arcy Wretzky. Mirabal, descubrió él más tarde, era una sacerdotisa de Maman Brigitte, nacida en Houma, Luisiana, amante del bayou.

Mirabal también se sintió atraída por Malenfant, de quien presintió su verdadera identidad. Cuando fuerzas tan poderosas como aquéllas se encuentran, resulta inevitable que ocurran catástrofes. La de ellos fue enamorarse.

Malenfant habló con los chicos sobre incluir a Mirabal en la banda. “Ninguna banda contemporánea está completa sin incluir a una bajista rubia”, dijo. Aunque los muchachos no estaban del todo convencidos, recordaban historias de Yoko Ono y todo eso, nadie se opuso a la voluntad de Malenfant, cuyo carisma sobrenatural le hacía obtener cualquier cosa que quisiera.

Después de componer algunas nuevas canciones y lanzar un par de sencillos, la reformada The Taureau-trois-graines Inexperience and Screamin’ Jay, lanzó su segundo LP, I am the black houngans, que resultó un fracaso comercial, y que también fue mal recibido por la crítica. Las letras de Malenfant habían perdido su poder de convencimiento, y ahora prefería cantarle al amor; los muchachos parecían cansados y tocaban sin interés. Screamin’ Jay cada noche parecía más un zombi, y Malenfant estaba seguro de que su estancia en este mundo estaba por agotarse.

Tras algunos recitales desastrosos, entre rechiflas y abucheos, la banda anunció su inminente retiro y la pareja, su separación. Cada uno de sus integrantes volvió a donde pertenecía, abandonando la música y dedicándose a otros oficios menos dolorosos, excepto Mirabal, quien regresó a su Rockabilly Mambo, y Screamin’ Jay, que volvió al inframundo y siguió cantando con su acostumbrada energía. Malenfant siguió viendo a Elize, en la casa de citas de lady Dominique. Bruneau era el encargado de conseguirle las mujeres más bellas.

En su última presentación, Grande Malenfant prendió fuego a su guitarra mágica. El fuego se extendió por el recinto y los asistentes huyeron, algunos con quemaduras graves. Sólo una persona no se movió de su asiento, a pesar de que el fuego crecía, amenazando con consumirlo todo en un santiamén. Malenfant lo miró y reconoció sus dientes podridos. Intercambiaron un guiño de complicidad y Malenfant se marchó a casa. “Creo que todo esto sólo significa una cosa”, se dijo, mientras saboreaba los minutos que lo conducían a la medianoche.

Una noche, al llegar a casa después de ver a Elize, puso un disco de Skip James y se bebió todo el licor barato que tenía en la alacena. Sintiéndose de pronto en estado ulfhednar, se puso un casco de acero con cuernos, uno de obsidiana y el otro de alabastro. Se detuvo frente a un cartel que representaba la portada de su disco favorito, el Blood Fire Death, de Bathory, de tres por tres metros de diámetro, y se alejó hacia el interior del paisaje. Sus acólitos no volvieron a recibir respuesta a sus invocaciones, y poco a poco, su culto se fue disolviendo.

Un versión revisada (o sea mejorada) de “Black Metal Negro” se puede encontrar en El país de noviembre, que se puede comprar aquí.

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