La niebla

Una espesa niebla, blanca y húmeda, se posó sobre la hacienda Jeremías. Así, sin más, una noche como cualquier otra, aunque no como ninguna noche que Benjamín Jeremías recordara en su no tan larga vida, el terreno que rodeaba su casa se vio envuelto en una fría blancura que le impedía ver más allá de él mismo.

Al amanecer, la niebla seguía llenándolo todo con su volumen inconmensurable. Las ventanas se habían llenado de gotitas, “ventanas perladas de sudor”, pensó él, pero descartó la idea por lo ridículo que resultaba comparar la condensación de la niebla con el sudor, y el sudor, con una joya.

Así no se podía trabajar. Claro que siempre podía montar las joyas en el taller, para eso lo había construido, pero Jeremías era de ésos que preferían trabajar con luz solar sobre las facetas de las piedras. “La luz del sol es la mejor luz para este trabajo”, decía. La luz del sol producía un arcoíris que ninguna otra fuente lumínica en la Tierra, podía crear. Las formas y los colores que la luz del sol revelaba eran lo más cercano a la realidad, y ninguna luz artificial podía superar eso.

El taller se había convertido en el área de armado, cuando ya no hacía falta apreciar la pureza de las piedras ni sus resplandores. Pero no había joyas que montar. Jeremías tenía piedras en bruto a las que tenía que dar forma, convertirlas en cosas bellas. Y para eso necesitaba sol. O alguien podría correr el rumor de que ya no era el mejor joyero del país.

La niebla flotaba sobre el lago. Jeremías había hecho una fortuna con su oficio, que practicaba con maestría y talento. Aunque no era de origen judío, había logrado colarse entre los principales centros joyeros de México. No estaba ahí por el dinero, aunque comprar aquellas tierras y convertirlas en una enorme hacienda con bosque y lago propios, era un gusto que no quiso negarse.

Tal vez se sentía culpable de tanta ostentación, especialmente en una nación cada vez más pobre, en la que aquéllos que mostraban un nivel económico más elevado que la media nacional eran secuestrados, torturados, asesinados, despojados de todo por el crimen organizado (gobierno y narcotráfico a partes iguales), y para limpiar esa posible culpa, buena parte de sus ganancias las donaba a organizaciones no gubernamentales de fondo social.

Pensó que más allá del lago, del bosque, de los límites de su propiedad, podría encontrar sol. Se fue caminando sin pensarlo dos veces, con sus piedras y herramientas en un maletín plateado (extravagancia perdonable, quizá). Rodeó el lago, sintiendo el frío que se elevaba de él llegándole a las entrañas. Atravesó el bosque, pinos traídos de todo el mundo expresamente para formar ese paisaje inesperadamente sombrío. Cruzó el pastizal que no sabía bien a bien si le pertenecía a él o a los ejidatarios que le habían vendido las tierras.

Caminó por el pastizal, también cubierto de niebla. Pensamiento congelado. Marcha sin fin. El pastizal se extendía hasta quién sabía adónde, la niebla no permitía ver el final de aquella travesía. Era mejor regresar.

Jeremías se había perdido. ¡Qué estupidez! No podía estar muy lejos, pero no conseguía encontrar el camino de regreso a su bosque. Las horas pasaban, los pasos se sumaban, el cansancio comenzaba a dominar a Jeremías, quien comenzó a alarmarse. “Debo mantener la calma, cuando la niebla pase, me reiré de todo esto”, se dijo sin demasiada convicción.

La niebla no permitía ver más de unos pocos pasos, pero al acercarse la noche, la visibilidad disminuyó más aún. Jeremías comenzaba a desesperarse. “Si me muero aquí, nadie encontrará mi cadáver hasta que sea puros huesos”. Pensamientos nada tranquilizadores brotaban en su mente como hongos fosforescentes en un sótano húmedo.

Las fuerzas lo abandonaron. Jeremías cayó de bruces contra el pasto mojado. No quería cerrar los ojos, pero no consiguió evitarlo. La consciencia cedió el paso al amable olvido. Sueños tranquilos.

Jeremías despertó en su cama, en su departamento de Villa de Cortés. Lo ominoso pero también lo maravilloso, perdidos para siempre. Se ajustó la corbata y se adentró en la rutina de computadoras y cláxons, de horarios y retardos.


“La niebla” forma parte de la colección El país de noviembre, que ya puedes adquirir.

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