Noche de brujas

El otoño llegó suavemente como cada año, el viento apacible mecía las siempre verdes copas de los árboles. Y es que en México “siempre hay sol y los árboles no cambian de hojas sino de verdes.”* Joan, pese a haber llegado a este país en su juventud, no se acostumbraba a los otoños cuasi templados. En su alma había un llanto de nostalgia por las arboledas de hojas amarillas y marrones, los caminos empedrados y crujientes bajo el peso de las pisadas. Estaba decidida a volver… cuando llegara el momento.

Joan mantuvo la costumbre de celebrar el Halloween. Durante sus primero años en el nuevo país, los vecinos la consideraban una extravagante. Pero conforme la celebración fue arraigando en la cultura del mexicano, fue convirtiéndose en sólo una más de las tantas personas que ponían calabazas en el jardín, ellos de plástico y ella naturales, con ojos y bocas tallados con cuchillo.

Ese año, nostalgia. Añoranza. Y también: duda. Ya no era joven, había visto ir y venir a tantos niños, niños que un día mojaban la cama y al siguiente, ya estaban casados y con hijos propios. En todo este tiempo, era lógico, las cosas habían cambiado bastante. El Halloween ya no era ninguna novedad, mucho menos una cosa del diablo. Era una celebración más, indiferenciada del Día de muertos y, al igual que éste, convertida en un pretexto para que las grandes cadenas comerciales ganaran millones vendiendo disfraces y chucherías.

Antes. No muy atrás, no cuando era una rareza. Los niños y jóvenes se esforzaban en lograr el mejor disfraz; le ponían empeño, dedicación, pasión. Hoy en día, un poco de polvos blancos y sombras negras alrededor de los ojos, et voilà: una calavera aterradora. Que fuera más parecida a un tierno panda del zoológico no tenía importancia.

Joan había comprado varias bolsas de dulces y chocolates. Llenó la fachada de su casa con arañas y fantasmas. El botón del timbre se convirtió en un ojo sangrante. Joan se asomó a la puerta. Su rostro era verde y tenía una gran verruga negra y peluda en la punta de la nariz. Su cabello de estropajo grasiento y su vestido mal remendado, eran de un negro ceniciento que contrastaba con sus enaguas blancas que asomaban bajo las rodillas. Llenó las bolsas de los chiquillos (momia, princesa y vampiro) con dulces y culebras de hule.

Niños vinieron. Niños se fueron. Los dulces se agotaron. Joan se sentía nostálgica, pero en paz. Al menos por esta noche no tenía que esforzarse tanto.

Tras media hora sin que ningún monstruo llamara a su puerta, decidió irse a dormir. Mañana volvería a la ardua tarea de mantener la concentración y parecer una mujer normal, un truco que había aprendido hacía mucho y que la había salvado del demente Torquemada y que ahora le parecía aún más importante, al permitirle formar parte de la comunidad sin ser señalada. Pero por ahora, podía dejar de fingir. Una noche al año.

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(*) Elena Garro. “¿Qué hora es?”


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