El principio del fin

http://rebloggy.com/
http://rebloggy.com/

A Theodore Sturgeon, quien nunca se decidió a escribir este cuento*

Ahora sólo le quedaba convencerse de que era libre y podía hacer lo que quisiera con su vida. La separación tenía que ser lo mejor que le hubiera pasado en toda su vida de casado. Podía empezar por ese viaje a Styx y Nix que siempre quiso hacer, y que por falta de tiempo y motivación, dejó como un proyecto incumplido. Pediría vacaciones el próximo mes.

Los trámites de divorcio, aunque engorrosos, no fueron tan duros como el darse cuenta de que el amor se había terminado. O, no, no el amor. Sólo el matrimonio. Porque él aún la amaba, y ella tal vez también lo amaba. A pesar de tener un amante. Quizá tenían razón aquéllos que afirmaban a los cuatro vientos la muerte del amor, un concepto del siglo XXI o aun más antiguo.

Después de aquel fin de semana que Nora pasó con sus padres en Marte -¿o se habrá ido a otro lado?-, él fue a buscarla a la Central Eteronef. Con el tiempo, regresaría mentalmente a ese día, ahí estaba la clave. Al llegar a la estación, la vio platicar animadamente con un joven. Cuando ella lo descubrió entre la multitud, le dijo algo al oído al joven y éste se perdió veloz entre el mar de gente. Nora lo saludó con un beso en la boca, el último.

-Mi mamá está enferma-, le dijo, -y no hay quien le ayude a mi papá con la tienda-. El padre de Nora tenía una tienda de flores extraplanetarias. Por su tamaño y sus ventas, le sorprendía un poco que no tuviera más ayuda que la de su esposa. No le gustaba que Nora tuviera que cargar con esa responsabilidad, pues ella tenía su propio trabajo, pero en asuntos familiares, sabía, era mejor no entrometerse.

El séptimo aniversario debió ser una señal de hacia dónde iba todo. Ni Nora ni él pidieron permiso en el trabajo para ausentarse en aquella fecha, a ninguno se le ocurrió hacer algo especial, y sólo fueron conscientes de ello pocos días antes, cuando una amiga de ella les envió una vajilla de cristal de bismuto cultivado en Urano, donde ahora vivía. Los platos no sobrevivieron a la repartición de culpas de esa noche.

Pensándolo bien, durante el aniversario anterior tampoco habían hecho nada especial. Sólo una cena en un bar con unos pocos amigos después del trabajo. Nora pasó más tiempo con Saúl, o Raúl, o como se llamara su amigo del trabajo. ¿Se estarían acostando?, la pregunta lo atormentaba, pero no se atrevía a formularla en voz alta. Temía escucharse como un cavernícola, como esos hombres celosos que en el año 2015, cuando el cometa Yog-Sothoth desvió el curso de la Historia, aún mataban a sus esposas, al considerarlas de su propiedad. ¿Y con qué derecho podía reclamarle a Norma?

A principios de ese mismo año, él había tenido una aventura con la secretaria de su oficina. Es cierto que sólo había durado dos meses, y que no había significado mucho para para él, así que Nora no tenía derecho a reclamarle nada. Aunque él tampoco tenía el derecho de hacerla sufrir, así que era mejor guardarse ese secreto.

Carmen llegó a la oficina durante la primera semana del año. Sus miradas se cruzaron y él supo que se acostaría con ella. Se sentía culpable por traicionar a Nora, pero no podía evitarlo. Nunca había conocido a nadie como Carmen, con ese humor y esa seguridad y esas piernas y ese cabello y esos labios. Un sentimiento de déjà vu. Y quiso conocerla a fondo. Y también supo, tan sólo verla, que ella pensaba lo mismo acerca de él.

Para obtener ese trabajo, con el que soñaba desde hacía años (no es fácil llegar a ser director de Recursos Vivientes en una firma transplanetaria de abogados), Nora y él tuvieron que hacer algunos sacrificios. Abandonar la futurista y siempre interesante ciudad donde ahora vivían, para volver a la caótica y anticuada Ciudad de México, fue uno de ellos. En cuanto a Nora, ella tuvo que renunciar a su trabajo como fotógrafa en una revista que se vendía por todo el Sistema Solar, para poder irse con él.

En sus últimas y largas vacaciones, recorrieron las playas de Nueva Oaxaca. Como parte de la política cultural y ecológica del presidente Reagan III, todas las colonias turísticas del tercer mundo, y algunas del cuarto, fueron renovadas. Se trajo arena de Venus y Urano, y el agua se filtró con pólipos de las selvas plutonianas; ellos querían estar ahí para el la gran apertura. Fueron unas buenas vacaciones, disfrutaron de su compañía mutua y renovaron sus votos bajo la luna agrietada, prometiéndose amor eterno.

Nora descubrió los mensajes que él enviaba y recibía con una tal Morningstar, joven oriunda de Ishtar Terra, en Venus, y naturalizada japonesa. Él y Nora habían llegado a Japón tan sólo seis meses atrás. La famosa revista Shinjuku Earth le había ofrecido a Nora un puesto como fotógrafa, un bonito departamento en el distrito central de Neo Tokio y un nada despreciable sueldo. Él consiguió un empleo como publicista para una marca de pasteles instantáneos, pero el idioma le resultaba difícil y con el puro inglés, ya ni decir el español, no conseguía avanzar. La única forma que encontró para liberar su frustración fueron las salas de chat erótico. Morningstar era su favorita, con sus tres senos y sus labios de frambuesa. Nora no tardó en darse cuenta de que algo andaba mal, y cuando él dejó abierta su sesión en Nudebook, el conflicto no tardó en escalar tanto que la única forma de resolverlo fue tomar unas largas vacaciones en la playa.

Aunque los dos tenían trabajo, él como asistente de Comunicación Social en el equipo de campaña de un político, y ella como fotógrafa freelance en varias revistas de moda intelectual, y dando talleres particulares de fotografía, la situación era complicada. Entre los dos podían pagar un departamento en la zona de clase media de Ciudad de México, pero les quedaba poco para casi cualquier cosa. Había varios mercados de trueque, y Nora podía conseguir frutas y verduras a cambio de fotografías o de algún taller básico, pero realmente necesitaban que las cosas mejoraran, o la situación podría volverse desesperada.

La luna de miel en la Luna, aunque un cliché, fue muy feliz. Dos semanas enteras explorando la gran grieta causada por Yog-Sothoth, instalados en un hotel de cuatro estrellas, habían logrado afianzar el joven y dulce matrimonio. Durante esos catorce días, no les importó la falta de dinero ni el futuro que se les avecinaba. Fueron los catorce días más felices de sus vidas.

Nora entró al aula. Él nunca había conocido a nadie como ella. Se enamoró de inmediato de ese humor, de esa seguridad, de esas piernas, de ese cabello y de esos labios. Jamás conocería a nadie igual. Al terminar el semestre, le pidió que se casara con él. “Te amaré toda la vida”, dijeron al mismo tiempo. Y esas palabras eran las más sinceras que ambos habían dicho en toda la vida.

__________________________

(*) Ver el prólogo de Las estrellas son la Estigia.


Una segunda versión de este cuento está disponible en la colección El país de noviembre, disponible en formato Kindle.

Anuncios

About the post

Ficción

¿Qué te pareció esta publicación? ¡Cuéntame!

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: