El Dr. Ácula quiere cambiar de punto de vista

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El Dr. Ácula estaba convencido de que su pesimismo ante la existencia se debía menos a su experiencia personal y más a sus ojos. Sus ojos eran oscuros y tenían paño, por lo que la luz no llegaba a ellos con su verdadera forma y el mundo le parecía más feo de lo que en realidad era. El punto de vista siempre optimista de su esposa Elsa, lo había convencido de ello. Sus ojos eran claros y tenían una luz brillante en ellos, las imágenes del mundo entraban a su cerebro no sólo más bellas que como él las recibía, sino, con toda seguridad, más bellas de lo que en realidad eran.

Aunque ese último punto no podía ser comprobable, pues no había forma de conocer el mundo, es decir, de conocer la realidad tal cual es, sino sólo a través de la percepción de los sentidos (lo cual significaba que el mundo real era a la vez tan feo como él lo veía y tan bello como lo veía Elsa, pero también que no era ni como él lo veía ni tampoco como ella lo veía), de lo que él estaba convencido era de que sí se podía conocer el mundo desde otro punto de vista, desde los ojos de otra persona. Y no había nadie más de quien quisiera tener sus ojos que de su esposa, así que preparó todo para el reemplazo ocular.

Ella era muy devota de su marido, y confiaba plenamente en él. Sabía que si él le aseguraba que todo saldría bien y que no había de qué preocuparse, entonces sus temores eran infundados. Y si ella podía darle algo que lo ayudara con su trabajo tan importante como científico, se sentía feliz de dárselo, aunque fueran sus ojos. Después de todo, no era como si fuera a quedarse ciega, sólo los intercambiarían.

Lo siguiente fue rápido. La extracción de los ojos de Elsa se realizó sin dificultades, y la extracción de sus propios ojos no fue demasiado complicada para el Dr. Ácula, pese a no contar con la ayuda de Inga, su asistente, a la que dio vacaciones durante el tiempo que duraría la recuperación de la pareja. Pero cuando quiso colocarse los ojos de Elsa en sus cuencas vacías, no logró encontrarlos. Tampoco encontró los suyos. Buscó por todo el laboratorio, pero no había rastros de ellos. Se sintió abatido. Una vida de ceguera era peor que una de pesimismo. Lo peor de todo era que no sabía cómo se lo iba a decir a Elsa.


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