Sentido arácnido

El viejo José Qu sintió las minúsculas patitas reptando sobre su espalda justo antes de despertar. Podría decirse que el contacto lo despertó, pero no habría forma de demostrarlo.

Abrió los ojos y miró las cuatro esquinas del techo. Las telarañas estaban inmóviles; sus habitantes (viuda, lobo, errante de Brasil, hobo), a la expectativa. Se asomó a la esquina que daba a la puerta. La Goliat le mostró los colmillos. Por último, se asomó al hueco a un costado de la cama: la violinista no estaba ahí. Entonces no eran los ácaros, así que no podía rascarse o podría morir en unos minutos.

Kingdom of Spiders
Kingdom of Spiders

A veces le preguntaban cómo podía vivir así. Él mismo no lo sabía. Pero la conciencia del horror en todo momento, lo mantenía alerta y despierto, sin divagar en incertidumbres.

Qu se quedó inmóvil hasta que la violinista volvió a su guarida. Cuando verificó que todas las arañas estuvieran en sus respectivos reinos, se rascó la espalda. El alivio que sintió no podía compararse con nada, esa descarga del sentimiento de horror y repulsión era más poderosa que el mejor sexo que pudiera tener en su vida.

El sentimiento de alivio se fracturó cuando, al atusarse el cabello, sintió algo viscoso entre sus dedos.

Instintivamente, hurgó en la herida, palpando carne blanda y sangre seca o a medio coagular. Introdujo dos dedos en la abertura y exploró con cuidado. Sintió que llegaban hasta el hueso y le sorprendió la ausencia de dolor. Al sacar la mano y mirarla con cuidado, descubrió los huevos de araña que se le habían quedado pegados entre la sangre y materia para la que él no tenía un nombre.

Las arañas observaban a Qu con fijeza. Sus ojos múltiples delataban inteligencia al seguir todos sus movimientos. Algo estaban maquinando. Algo habían hecho, además de usar su cerebro como nido.

Se acercó a la Goliat, le lanzó una mirada retadora. La tarántula le respondió levantando sus patas delanteras y extendiendo sus colmillos. Acercó un pie. Miró atentamente a la criatura, esperando que clavara sus mortales agujas e inyectara su veneno. En su lugar, la Goliat se echó hacia atrás, arrinconándose entre las dos paredes, sin dejar de mostrarse a la defensiva. Pensó que era muy extraño, esas arañas no le temen a nada. Acercó el otro pie. La Goliat hizo una finta pero no atacó.

Sintió comezón en un costado, pensó que las arañas habían vuelto a invadir su cuerpo. Se revisó sin el temor de antes, pero no tenía arañas encima. Lo que tenía, era una protuberancia.

Qu se quitó la camisa. Eran cuatro protuberancias, parecían tumores. Dos de cada lado, sobre las costillas. Le picaban por dentro. ¿Serán nidos? ¿Eclosionarán los huevos dentro de mí y miles de arañitas se abrirán paso devorando mi carne y bebiendo mi sangre? Evitó rascarse para no romper los huevos y hacerse más daño, o quizá para no dañar los nidos.

Una mosca se posó sobre la mesa. La atrapó con una mano y sin pensarlo, se la echó a la boca. La escupió con repugnancia y se fue a lavar los dientes.

Las náuseas le impidieron tomar el desayuno, incluso el café. No había pasado una sola mañana sin café desde los veinte años, cuando le tomó gusto. Fue directo a la mesa de su estudio a terminar lo que había dejado inconcluso la noche anterior: llenar de color un libro para colorear de Bela Lugosi. Le gustaba que sólo necesitara negro y gris para hacerlo, era más fácil que el de J.G. Ballard, que requería más colores de los que había en la caja de lápices.

José Qu terminó su labor muy pronto, como si hubiera recibido ayuda. Como si tuviera muchas manos…


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