El hombre de las prótesis viaja en autobús

Las prótesis le impedían sentarse en los asientos regulares, siempre solicitaba los de más al frente, que eran más amplios y podía estirar las piernas para viajar cómodamente y sin riesgo de que las rodillas se le salieran de su lugar.

Una voluminosa mujer que caminaba apoyándose en un bastón, cargando bolsas y más bolsas, lo obligó a echarse a un lado, tal era el tamaño de la mole. Un brazo se le desacomodó. Se sintió irritado. Desde muy joven, había alimentado una misantropía fuera de todo prejuicio, y la ponía en práctica cada vez que no tenía más remedio que interactuar con otros seres humanos.

Una joven se sentó a su lado y se durmió instantáneamente. Comenzó a emitir sonidos por la nariz, un quejido de algo indeterminado entre el placer y el sufrimiento; eran ronquidos suaves pero insistentes y prolongados. ¡Iba a ser un viaje de lo más largo!

Las luces del autobús eran tenues, pensadas para facilitar el descanso de los viajeros. Conforme la noche avanzaba, los pasajeros se abandonaban al sueño. Las voces se extinguieron y hubo un momento cuando todos estuvieron dormidos, excepto él. Él era incapaz de dormir en otro lugar que no fuera su cama, por eso odiaba viajar. Ya llevaba tres días sin pegar pestaña. Se sentía débil e irritable, más que de costumbre. Era de odio fácil.

Aún más que dormir, deseaba levantarse y romperles el cráneo a martillazo a todos esos hombre y mujeres que dormían tan plácidamente, como si no tuvieran un solo problema en el mundo, tan satisfechos y sonrientes como niños gordos que pedirían otra hamburguesa y sus padres no se las negarían, lo más odiosos entre todos los niños, y todos los niños eran odiosos. Los arrojaría gustoso por la ventana. Los vería rodar entre las ruedas del autobús.

Trató de concentrarse en la oscuridad a los lados del autobús para volverse sordo a los durmientes. Era una oscuridad sin forma ni sentido, diferente a la oscuridad de la carretera, parcialmente rota por las luces del autobús. Una oscuridad vacía, impenetrable. La mente humana es incapaz de concebir la ausencia de sentido, y ve formas reconocibles ahí donde no las hay. En la oscuridad, él veía sombras de un negro más intenso que la noche, volúmenes enormes como bolas de gas que se desplazaban lentamente.

Los ronquidos flotaban en la atmósfera del autobús, se le metían en el cuerpo. ¿Dónde estará ese martillo? Lo vio sobre la mesa de su cocina. El mismo día que salió viaje, había tenido que arreglar previamente la tubería del fregadero y había dejado las herramientas por todas partes. Para nunca tener que llamar a un experto, se volvió él mismo un experto en el mantenimiento de la casa. No le había dado tiempo de ordenar la casa antes de salir y todo se quedó donde lo había puesto.

La joven a su derecha emitió un largo y desconcertante gemido, debía de estar soñando con el novio o algún actor de telenovelas. Él le dedicó una mirada de odio. Si las miradas pudieran matar, ella estaría hecha pedazos, con el cráneo convertido en un sanguinolento rompecabezas de hueso, y el vidrio estaría lleno de sesos y materia gris.

Siguió mirando fuera, encontrando sentido ahí donde no había. Viendo cosas donde sólo se extendía el vacío, la realidad misma sin fantasmas ni ilusiones vanas. El negro absoluto, la absoluta ausencia de luz.

Y escuchó.

Un ruido en el fondo del ruido de ronquidos y toses, debajo del zumbido del motor y el roce de las llantas sobre el asfalto. ¿Voces? ¿Palabras?

Hazlo.

Voces invisibles que le hablaban. ¿Invisibles? Así le parecía.

Se levantó y caminó por el pasillo del autobús. Un bache lo hizo dar un saltito ridículo. Dejaría al chofer para el final, le daría algo especial. Se reajustó la rodilla y siguió andando. Se encerró en el baño a analizar si situación. Usó un brazo como si fuera una de esas manitas para rascarse la espalda. No tenía un martillo. Sí lo tenía. Lo tenía muy cerca, era parte de él. Caminar con una sola pierna sería difícil para cualquier otro, pero él lo había practicado muchas veces. En su casa, siempre andaba con una sola pierna o con ninguna. O sin brazos, pero eso no venía al caso. Se la quitó y dio rienda suelta a su deseo, comenzando por la gorda del bastón.

El chofer creía que podía escapar, pero lo encontró escondido entre unas sombras más negras que la medianoche, formas que resultaron ser árboles y matas. Ignoró las súplicas del viejo (ahora veía que era viejo). No había piedad ni misericordia en el mundo, no había justicia ni nada que lo pudiera ayudar a dormir. ¿Por qué iba a tenerlas él? ¡Crac! Un trocito de hueso lo golpeó en la cara. Se sintió cansado. Volvió al autobús y se sentó en su lugar. Le gustaba ese silencio.

Las sacudidas del policía lo despertaron. Cuando lo metieron a la patrulla, iba sonriendo. Era la primera sonrisa de su vida. No entendía nada, nada tenía sentido. ¿Dónde estaba? Sólo una idea revoloteaba en su mente: Había vencido el insomnio. Ahora sentía que podía amar a todas las personas del mundo.


Compra El país de noviembre o el hombre de las prótesis se enojará y sabe dónde vives.

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