Día de muertos

Cada año, durante los festejos de Todos los Santos y Día de Muertos, y desde hace unas pocas décadas, el Halloween, las calles se llenan de niños y de colores, y de los aromas del incienso, el azúcar y las flores amarillas y blancas que adornan casas y tumbas. La fiesta alegre e informal alterna sin ironía ni paradoja con la fiesta triste y solemne. Las iglesias acogen a beatos y heréticos por igual, y los bolsillos de los niños se llenan de chucherías y monedas, grandes tesoros incomparables.

Los cementerios se llenan de visitantes que llevan flores, dulces, cervezas y alimentos tradicionales, con la creencia, fe o costumbre, según a quien se le pregunte, de que a los muertos, una vez cada año, se les concede regresar para compartir un tiempo con los vivos aquello que les gustaba cuando estaban de este lado de la existencia. No es extraño que algunos visitantes lleven un conjunto de mariachis a que interpreten las canciones favoritas del difunto, ni que se celebre una verdadera fiesta en torno a la tumba del desdichado. Sería más bien extraño que no sucediera.

Cada año, durante tres noches seguidas, los panteones permanecen abiertos, dejando paso a visitantes y a vendedores por igual. Y cada año, este camposanto recibe la visita de una joven vestida de eterno terciopelo azul.

Solitaria, silenciosa, nunca la he visto festejar con nadie, tan sólo se queda allí, mirando una lápida cuya leyenda ha sido borrada para siempre. Una lápida humilde, quizá de un hermano, o de un padre muerto en la pobreza, quizá de un novio. Ella ahí, inmóvil y muda, como una sombra, sin demostrar nada, ni tristeza ni alegría, tampoco dolor o resignación. Sólo está ahí, de pie, frente a la tumba.

Y este año, como los anteriores, coloca una rosa roja sobre la tierra al pie de la lápida. Coloca un beso en sus dedos y luego sus dedos sobre la piedra. Mueve los labios sin emitir sonido, una taciturna despedida, un hasta luego secreto. Da media vuelta y se adentra en el laberinto de fosas abiertas y cerradas y árboles y calabaza en dulce.

Para mí, ella es lo mejor de estas festividades. Este año, igual que los anteriores, me quedaré pensando en ella toda la noche; en su rosa y en su beso, en su silencio y en su partida. Y sabré con certeza que mañana volverá y la veré de nuevo. Pero antes, antes de marcharme a casa y soñar con ella, me acerco a la tumba, coloco mis dedos sobre ella tratando de percibir lo que queda de su beso, y cuando lo encuentro me lo llevo conmigo. Tomo la rosa del suelo y la guardo cerca de mi pecho, buscando mentalmente el florero que está en casa, lleno de agua, esperando completar su trabajo.

***

La noche siguiente. Allí está ella, de negro y azul, sin un gramo de maquillaje, los labios pálidos, el cabello atado con un listón azul. En silencio e inmóvil. Me juro a mí mismo hablarle esta noche, como me he venido jurando los años anteriores. Y el ritual, costumbre, obsesión o como quiera que ella le llame, da inicio. La flor en la tierra, el beso en los dedos, los dedos en la lápida, la despedida en silencio, la media vuelta, la ida.

Camino a unos pasos detrás de ella, y cuando estoy por alcanzarla, me detengo y pido:

—Un algodón de azúcar; azul —el año anterior lo pedí rosa—; gracias.

Y regreso sobre mis pasos. Palpo la lápida vacía hasta hallar el beso, que devoro con ansia; tomo la flor, me voy a casa a pensar en ella.

***

Es la tercera noche. La fiesta comienza a desaparecer poco a poco. Hay menos niños en la calle, menos gente en los panteones, menos olores en los mercados, menos oraciones por los fallecidos, pero más deseos de verla otra vez.

Allí llega ya. Terciopelo azul y botas negras. Medias negras que se pierden bajo el vestido. Rostro pálido. La mirada en lontananza. De pie sin moverse, parecida a una muerta, ante la piedra fría sin leyenda. La rosa roja en sus manos, como sangre florecida y aromática, cayendo a la tierra. Unión de labios y dedos, lánguidos los dos. Luego, unión de dedos y piedra. La miro fijamente al rostro, tratando de leer el movimiento de sus labios. Hace un año creí que decía “basta de lo nuevo”. Esta vez, creo que es un simple “hasta luego”. Entonces: la media vuelta, la ida; y mis dedos escrutadores de besos, y la rosa que acompañará a sus hermanas en el florero sobre la ventana de mi cuarto.

Camino detrás de ella. La salida del cementerio está próxima. La alcanzaré justo al salir, frente al vendedor de calaveras de azúcar. Compraré una con su nombre: Natalia. Este año creo que la llamaré Natalia, el año pasado era Nadia, y el anterior a ése, Natacha. Al llegar ante el vendedor, me detengo.

—Ésta, por favor.

—Aquí tiene.

—Gracias.

Y Natalia se aleja una vez más, en silencio. Quizá el año próximo me atreva a hablarle.


El país de noviembre está habitado por la muerte.

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