Layla

Dominik Schröder via Unsplash
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Layla corrió directo al callejón. El vendedor no la perdió de vista, pero al dar vuelta en la esquina, la muchacha simplemente se había ido. Removió cajas y bolsas de basura, que liberaron un penetrante olor a orines; la mayoría de los habitantes de la ciudad padecía algún tipo de enfermedad, y las enfermedades de los riñones estaban entre las más frecuentes. Algunas personas comenzaban a orinar y no se detenían hasta morir desangrados. El vendedor se cubrió la nariz con el trapo húmedo de pescado y se alejó, sin encontrar la abertura por la que la ladrona había escapado.

Hace mucho tiempo, antes de que la ciudad enfermara, esos túneles eran visitados por cientos o miles de personas, que día tras día tomaban los trenes subterráneos que los conducían hasta sus centros de trabajo. Esos túneles eran el sistema circulatorio de la ciudad, y transportaban personas como si fueran oxígeno enlatado, llevándolo hasta los órganos económicos del país. Cuando el sistema falló, la ciudad cayó enferma y la sangre que le daba vida, se volvió tóxica. Ya nadie entra a esos túneles.

Layla sí lo hace. Bajó por una rendija de menos de cuarenta centímetros de altura y cincuenta de largo. Llegó a un pasaje que conocía bien. Había estado en esos túneles desde muy joven, podía orientarse en ellos aunque la oscuridad fuera casi total y había desarrollado un sentido de la orientación excepcional, aunque sólo le servía en esos túneles. No le tenía miedo a las ratas, aunque algunas que llegaban a medir cerca de un metro podían dar una buena mordida. El verdadero peligro eran los policías que, de cuando en cuando, hallaban el valor para adentrarse ahí, eso sí, con unas buenas lámparas de grafeno, aunque Layla pensaba que más que valor, los dominaba la cobardía de negarse a obedecer órdenes.

Avanzó con paso seguro hasta su escondite, pero era hora de buscar una nueva guarida. Tenía que mantenerse en movimiento constante para que la policía no la atrapara.

En estos tiempos te agarran por cualquier motivo insignificante, hasta por no ceder el paso a un hombre de traje si tú vas de harapos, o por estorbarle a un blanco mestizo en la acera, si tú eres de piel morena. Si eso pasa y corres con suerte, te dan una golpiza y te dejan ir, pero los menos afortunados simplemente desaparecen y jamás nadie vuelve a verlos. Todos saben que es la policía (o el ejército, cuando las desapariciones ocurren en zona federal). Nadie les hace frente. El riesgo es enorme y no hay mucho por ganar. Ganar la libertad en un país enfermo no es muy atractivo. Pero a esa libertad se aferraba Layla con todas sus fuerzas.

Layla encendió una lámpara de aceite. Se sorprendió al ver al joven echado sobre su manta y se puso en guardia. Pensaba que nadie podía llegar ahí, había elegido ese punto por su inaccesibilidad, pero evidentemente se había equivocado. Aunque era lógico, con tantas personas sin casa, tarde o temprano a alguien más se le iba a ocurrir asomarse por ahí.

Lo miró sin bajar la guardia. Era un muchacho lindo, tuvo que admitirlo. De bonitos ojos y sonrisa amable. Parecía frágil, un niño sin nadie en el mundo que lo cuidara. Tal vez ella, se le ocurrió, podría ayudarlo. Se acercó a él y él la miró fijamente. Sus ojos brillantes se encontraron con los de ella. Layla sintió cómo la cara se le ponía completamente roja.

—Hola —dijo él. Su voz era una melodía.

El muchacho de piel de alabastro le confesó a Layla que era un fugitivo. Ella lo escuchaba encantado. Amaba esas historias donde una persona común consigue burlar a la policía y salirse con la suya. Y si era con un buen botín, mucho mejor. Y era un buen botín. Tres botellas individuales de mezcal. Que fuera adulterado era irrelevante, como estaban las cosas, un licor adulterado podía ser más saludable que el agua. Le dio una botella y bebieron juntos.

—¡Salud!

—¡Salud!

Un agradable calor envolvió el cuerpo de Layla por primera vez en muchos meses, arrancándole un bostezo prolongado y sonoro. Se sintió somnolienta. No había bebido demasiado, pero la falta de costumbre la había ablandado. ¿O quizá podía ser otra cosa? Sintió el regusto ardiente del mezcal en la garganta.

Despertó sintiendo mucho dolor. El olor a sangre inundó sus pulmones. Se incorporó sin poder evitar un grito. Se descubrió los puntos. Estaban bien hechos, no parecía que se fuera a infectar la herida. Ya había visto antes trabajos parecidos, era la obra de un profesional. Pero estaba viva y libre, y se sintió afortunada por ello.

Caminó renqueando hasta la salida del túnel. Tenía que ser en extremo cuidadosa, ahora no podría huir de la policía. Cargaba sus pocas pertenencias en un saco de mezclilla desgastada, que antes había sido una chamarra, y se dirigió al albergue más cercano. También tendría que conseguir un trabajo. En el mercado, con frecuencia había algunos trabajos disponibles, pero no bastaría para pagarse un sustituto.

Sobre todo, no tenía que dejarse atrapar, no podía volver a trabajar para el gobierno. Prefería morir antes de regresar a esa vida de esclavitud. Sintió arcadas a causa del asco que le dio ese pensamiento y vomitó sobre la acera.

—Necesito una diálisis —dijo cuando llegó al albergue de asistencia pública, mirando que no hubiera policías. Levantándose la blusa hasta el esternón, añadió—: Me robaron los riñones.


“Layla” forma parte de El país de noviembre, un mundo peligroso y fascinante habitado por ladrones de órganos y de cuervos, y toda clase de criaturas desesperadas.

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