Fahrenheit 451 y On the road: 2 libros que no significan lo que crees

Una cuestión con el canon literario (¡Hola, Harold!) es que los canonistas, ese grupo de viejos llenos de polvo que hace años han dejado de tener relaciones sexuales, no por su gusto, creen que el análisis y la crítica literaria forman parte de la naturaleza, y que las obras que han leído son como ellos creen que son, que son en sí.

Para los acólitos de este canon es difícil desnaturalizar sus creencias, mismas que se transmiten de un maestro a un aprendiz, como palabras sagradas. El aprendiz puede interpretar las obras de una forma ligeramente distinta, pero sin apartarse demasiado del camino que se le ha dado.

Pero hay algunos apóstatas que no hemos aprendido a leer en las academias y que estamos menos viciados con ese culto sagrado al libro (¡Adiós, Harold!); esa libertad tiene el problema de no contar con una guía de cuáles son las lecturas recomendables y cuáles evitar, pero al mismo tiempo ese problema es una ventaja, porque podemos descubrir obras mejores que ésas canonizadas, y que los sacerdotes de la religión de las letras han ignorado, pasado por alto o exiliado, quizá porque amenazan su poder sobre los fieles devotos, que no deben apartarse del camino verdadero o podrían perder, ¿qué? ¿El alma? No existe tal cosa… Otra ventaja es que nuestra lectura puede ser más libre, aunque con el riesgo de hacerla tan libre que se aleje 180° de cualquier posibilidad de verdad.

Esta vez, hablaré de 2 libros que no significan lo que creías que significaban, 2 libros que el canon ha interpretado de cierto modo, pero que en realidad significan algo completamente distinto: On the road, de Jack Kerouac, santón de los modernos hipsters, y Fahrenheit 451, de Ray Bradbury.

On the road

Hace mucho tiempo existieron los beatniks, también llamados hipsters. Los hipsters se caracterizaban por su amor a la mala poesía, a las barbas ridículas y al jazz más esperpéntico. El responsable de esta progenie es nada menos que Jack Kerouac, quien con su novela On the road, puso de moda el ser inconforme y también engendró un movimiento de mala poesía y mala prosa, bautizada por él como “La generación beat”.

Jack Kerouac. On the Road
Jack Kerouac. On the Road

¿De qué se trata On the road? Del romance homoerótico de clóset entre Kerouac y un ladrón de autos al quien le gusta la poesía libre (en el caso de los beatniks, poesía libre es un eufemismo que significa “no aprendí las reglas básica de la poesía pero ¡a la mierda!, yo quiero ser poeta”), y narra su viaje por las carreteras de Estados Unidos y su elección de una vida más bien hedonista de sexo y drogas. On the road se convirtió en un libro que definiría la década del 50 y que sería influencia para los hippies de la década siguiente.

Ésa es la lectura que todo el mundo le quiere dar, porque es idealista y cómoda, la de una biblia que justifica una vida irresponsable y eternamente adolescente. A los 16 años es comprensible que uno se crea que de eso se trata On the road y que por eso le encante, pero a los 20, a los 30, esa lectura resulta insostenible.

¿De qué se trata, entonces? Para empezar, Kerouac detestaba a los beatniks, a los que él llamaba una bola de farsantes (poseurs era la palabra que él usaba) pues cualquiera que tuviera la intención de ser hipster y formar parte de la generación beat debía de tener la cabeza llena de mierda. Beat significa golpe, los beats eran aquéllos golpeados por la demanda social, aplastados por la presión social para tratar de convertirlos en lo que se espera que sean mientras ellos tratan de encontrar su propia forma de vida sin ceder a la presión, pero los hubo (como los hay todavía) muchos que anhelaban ser hipsters para conseguir mujeres.

Lo que nos “narra” este James Dean de la literatura son esos siete años que pasó de viaje en busca de respuestas, aunque como queda claro en el libro, no encontró ninguna, lo que lo convierte en una supuesta narración que no conduce a ninguna parte, que promete y promete pero luego ni  lo mete  cumple. En el relato se cuentan anécdotas que parecen geniales, pero todo eso se vuelve rancio muy pronto y se evidencia su vacío, su falta de valor, pero por alguna postmoderna razón es justo esa parte del personaje la que todo el mundo parece idealizar, incluso cuando el propio Kerouac, católico, conservador, quiso dejar en el olvido.

Y eso de que es un libro definitorio para los 50 y 60 es una estupidez, pues lo que Kerouac narra es su autobiografía durante los años 40. ¡Ni siquiera estaba escribiendo la gran obra de los 50!

Fahrenheit 451

La obra maestra de Ray Bradbury (¿o era Crónicas marcianas? ¿Que no era La feria de las tinieblas? ¿Y qué pasa con El país de octubre? ¿Y El hombre ilustrado?)… uh, digo: una de las obras maestras de Ray Bradbury, el poeta de la ciencia ficción, es esta distopía que también se ha convertido en uno de los grandes manifiesto contra la censura de los tiempos modernos. La imagen de los agentes de Estado reunidos en plazas públicas para quemar libros, ha permeado la cultura popular tanto como el concepto del Gran Hermano, de 1984 (George Orwell).

Ray Bradbury. Fahrenheit 451
Ray Bradbury. Fahrenheit 451

¿De qué se trata Fahrenheit 451? De  una América  unos Estados Unidos de Norteamérica en un futuro donde todos son unos ridículos retrasados mentales (hasta ahí, no veo la diferencia con respecto a los EU actuales). En ese mundo, los libros son proscritos, pues conducen al razonamiento crítico y a la creación de librepensadores, agentes del caos que sólo buscan la destrucción del orden establecido. Es un mundo donde las opiniones disidentes no pueden existir porque ofenden a la opinión pública (de nuevo, sigo sin ver cuál es la diferencia con el presente). Para evitar opiniones no controladas, los bomberos tienen la misión de incautar y quemar los libros que pueden conducir a ellas.

Hasta ahora, todos los críticos y académicos que han leído esta novela, coinciden en que su objetivo es mostrar el peligro de dejar en manos del Estado la capacidad/responsabilidad de una censura sin límites (¡Hola, Kim Dotcom!), pero Bradbury no está de acuerdo. ¿Qué? Sí, eso, que el propio autor no cree que de eso trate su novela. “Sí, pero él qué sabe”, dirán algunos. Y, de hecho, sí se lo dijeron, y en su propia cara, como veremos.

¿De qué se trata, entonces? Pues muy sencillo: Según el propio autor, su Fahrenheit 451 (que no parece ser el mismo que nuestro Fahrenheit 451) trata de la alienación, de cómo esos gringos oligofrénicos se han vuelto más y más adictos a la televisión, y sólo la televisión les da felicidad, y cómo rechazan deliberadamente el uso del pensamiento y optan por la obediencia animal del rebaño, donde no existe la individualidad. En palabras simples: Se trata de cómo la televisión puede destruir el interés por la literatura.

Durante un tiempo, Bradbury impartió clases en la UCLA, y en una de sus clases sus alumnos ignoraron la interpretación dada por el autor a su novela. “Nel, usted qué sabe, se trata de la censura del maldito fucking gobierno”. ¿La respuesta de Bradbury? Con la madurez que dan la edad y la experiencia, sencillamente abandonó el aula y evitó entrar en debate.

Bueno, pero entonces, ¿qué?

Estos libros son casos curiosos en mi vida. On the road no me gusta y los beatniks me cagan (atención: William S. Burroughs es uno de mis escritores favoritos, pero el tío Bill no era un beatnik sino un autor sui generis; ya quisieran los hipsters escribir la mitad de bien que Burroughs), pero respeto la honestidad de su autor y detesto con la fuerza de mil soles negros a los idólatras que “sí le entienden”, a ésos que se esfuerzan por ser como Sal Paradise-Kerouac, incapaces de comprender que Sal Paradise representa lo que Kerouac no quiere ser.

Por su parte, los libros de Bradbury me gustan. Mucho. Sobre todo las novelas y sus primeros cuentos, pero su hipocresía me produce un serio caso de “ganas de dejar de leerlo”, porque mientras en sus declaraciones sobre Fahrenheit 451 despotrica contra la televisión, ¿acaso no tuvo él mismo un programa de televisión que llevaba su nombre? ¿Acaso no escribió el guión cinematográfico para Moby Dick y hasta escribió un libro sobre esa experiencia? Sí, de acuerdo, el cine no es televisión, pero sí es una forma de entretenimiento que ha alejado a las personas de la literatura, especialmente cuando en vez de leer el libro se esperan a la película. El gusto a la televisión que Bradbury retrata en su libro, es idéntica al gusto actual por el cine, incluyendo pero no limitado a las películas que son adaptaciones de libros.

Así que, ya lo saben ahora, ¡no le crean a sus maestros ni a los críticos literarios! La única verdad absoluta sobre el significado de los libros es la que dan otros escritores. Amén.

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No ficción

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