Ella

Foto: Carmen Jaramillo
Foto: Carmen Jaramillo

Well I could call
out when the going gets though
The things that we’ve learnt are no longer enough
No language, just sound, that’s all we need know,
to synchronize love to beat of the show
And we could dance
–Joy Division, Transmission

Era abril. Seis de la tarde. Refrescaba un poco ya. La fila se extendía por Sadi Carnot: varias decenas de jóvenes, la mayoría ataviados con ropas oscuras, de mezclilla y cuero, algunos con incrustaciones de acero en la ropa o en el cuerpo, mangueras de plástico rojas y moradas enredadas en el cabello, botas industriales y maquillajes metálicos. Ella estaba formada un poco más atrás de donde me encontraba yo. Era acompañada por una pareja: él, simpático y alegre, un poco veleidoso, verdaderamente encantador, su novia, guapa y tranquila, de rostro ingenuo y dulce. Pero Ella irradiaba una extraña belleza. Falda ajustada de cuero negro, no demasiado corta; medias grises con figuras azules y verdes, botas de minero, no podría decirse que fuera alta. Sabía que al entrar en La Capilla, la perdería de vista, pero me propuse buscarla y quedarme cerca. Pronto las puertas abrieron y pudimos entrar.

Cuando D.E.Life hizo su presentación, me olvidé por completo de Ella, hasta que el gritante se pintó la cara de rojo y se marchó. Fue intenso y muy divertido. Y cuando tocó el turno de Reaper, a pesar de algunos problemas técnicos, no podía pensar en otra cosa que en el beat. Así que la primera parte del show había sido satisfactoria.

Ella se apareció frente a mí en el mejor momento. Sobre el escenario, con la misma gracia que un caracol muerto, o no tanta, se desenvolvía una bola de aburrimiento llamado Fortification 55. Con Ella frente a mí, bailando como una loca criatura, el rato valió la pena.

Pero entonces, con los párpados pesados como el sueño, me obligué a dirigir la vista al frente otra vez, para ver aparecer a mi buen amigo Felix Marc, con su Frozen Plasma, que fue lo mejor de la noche. Hermosa música, excelente baile, pura pasión. Fue la primera vez que me atraía un hombre que no parecía mujer; y eso no me hace un marica. Esto puede parecer frívolo, pero no lo es; en realidad, me doy cuenta de que un hombre puede ser hermoso. Sé que mis amigos se burlarán de mí si les cuento esto, pero también sé que no podré guardarlo en secreto. Ella rondaba por allí, pero durante este rato no le presté gran importancia.

Yo ya estaba cansado de las piernas. Bailé un poco, nada severo, sólo unos cuantos pasos simples. Frozen Plasma concluyó. Me salí de la pista, pues no me apetecía escuchar o ver a la siguiente banda, Combichrist. En el pasillo de la barra, la encontré de nuevo. Me quedé sentado mirándola. Ella bailaba sugestivamente, alrededor de sus amigos (la pareja que la acompañaba en la fila). Cuando la novia fue al baño, Ella siguió bailando, pero con algo menos de intensidad. Cuando él fue, el baile de Ella se volvió más explícito. Pegaba su cuerpo al cuerpo de la novia, y sus bocas se acercaban. La novia parecía borracha, y era evidente que el alcohol no la dejaba darse del todo cuenta de lo que su amiga se traía entre manos, entre labios. Pero Ella no estaba borracha, realmente trataba de tener algún contacto erótico con la novia. Y llegó el novio. El baile de los tres volvió a la normalidad del principio, pero sólo duró un rato, pues la pareja comenzó a besarse, ignorándola a Ella por completo.

Ella, irritada, se fue a sentar, y yo me levanté y la seguí. Le pedí su nombre y me lo dio y yo le di el mío. Le pregunté quieres bailar y dijo sí. Bailar industrial, eso no es lo mío, pero al menos la banda tocaba alguna de sus baladas, si se le puede llamar así, y el baile fue algo más blando, más cercano a lo que yo hago.

Al hablar con Ella, me mostré suave, con ese tacto de doncella que dicen mis amigos que tengo, y la altanería de niño mimado que suelo mostrar. Le hablé de mis creencias en la libertad sexual y de elección que cada uno de los seres tenemos. Ella parecía contenta. Y así se fue la última insufrible hora de la banda, aplaudida por la mayoría (no entiendo por qué), y tomamos un taxi. Incluso olvidó a sus amigos, y se rió de ellos cuando estábamos en el café de 24 horas.

La situación había cambiado un poco, ahora se trataba de una conversación un tanto más íntima. Se confesó lesbiana, y me tomó de las manos, como a una amiga. Me habló de sus necesidades, y aunque se mostraba tímida, le pregunté lo que deseaba en una relación, tanto amorosa como sexualmente. Me gustó lo que me dijo, pues es parecido a mi propio caso: nada de brutalidad o violencia, nada de arrebatos, sino dulce y delicadamente, como si fuera un amor de terciopelo. Me sorprendió un poco después de verla bailar con tan desenvuelta violencia.

Como a las 4 de la madrugada, tomamos otro taxi y fuimos a su casa, que no estaba muy lejos. Preparó café, y puse algo de música; Ella tenía una buena colección, y ya que la noche había sido bastante eléctrica, quise compensar y puse algo de Tom Waits (Alice). Cuando regresó a la sala, traía una charola con dos tazas, cubitos de azúcar en una copa y crema, y la dejó sobre la mesa. Se acercó al estéreo para subir un poco el volumen, y yo me acerqué a Ella, por detrás.

Le robé un suave y tibio beso, que no buscó evitar. Le bajé uno de los tirantes de su blusa, y su hombro quedó desnudo; coloqué el rostro sobre él, y acaricié su brazo. Le dije lo hermosa que se veía, y lo bien que le quedaba ese color de pelo. La seguí acariciando, amorosamente, como si le diera algún consuelo, mientras desviaba la mirada hacia las paredes, admirando los cuadros de exquisito gusto que colgaban de ellas. Enredé mis dedos en su cabello, como de seda, y que parecía una caída de agua. Toqué su rostro suave y su cuerpo, con apenas las yemas de los dedos, con un tacto que era casi aire. Sentía su piel erizarse. Mis ojos recorrieron su desnudez, como sobre una geografía que deseara memorizar. Besé por segunda vez sus labios, ligeramente. Me puse de rodillas frente a su sexo, y lo admiré. Hice a un lado el vello, y besé sus labios, los unos y los otros. Su clítoris estaba firme, por la pasión, y mientras la devoraba, mis manos se apretaron en sus nalgas, empujándola hacia mí. Por un instante, Ella pareció enloquecer.

Foto: Carmen Jaramillo
Foto: Carmen Jaramillo

Poco a poco, subí hasta sus pechos, y llené mis manos y boca con ellos; mi lengua y mis dientes comenzaron a jugar. La voz de Tom Waits nos embriagaba y nuestros delirios se vertían en ese mundo de carne. Su cuerpo se apretaba contra el mío, mientras en un abrazo me jalaba hacia la cama, donde se acostó. La penetré, sin dejar de mirarla a los ojos. Su hendidura estaba húmeda y lista, como una flor que se abre a la luz del amanecer. Suave, sin prisa, con palabras tiernas, diciéndole que la deseaba, que la amaba, que quería hacerla feliz. Así por varios minutos, hasta que Ella se encontró en medio de un largo peregrinaje de orgasmos.

El resto aparece en medio de nieblas y vapores y sudor. En la mañana, el café seguía en las tazas, sobre la mesa de centro.

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