Rascar a la vecina no da flores en mayo

Arte: Camilla d'Errico
Arte: Camilla d’Errico

Por más que lo hice, por más que me busqué problemas con la ley y con su esposo, por más que busqué los medios necesarios para lograrlo, descubrí que rascar a la vecina, a esa vecinita de ojos de miel, no da flores en mayo.

Todo comenzó cuando la vi en el bazar, descubriendo entre la ropa de oferta unas orejeras en forma de abejorro para taparse las orejas ahora que el frío hace gala en los huesos y la lluvia en los exteriores convierte las habitaciones en paisajes de niebla espesa y vaho para redactar nombres y cartas de amores en los vidrios y en los vasos.

Me le acerqué, confiando en mi rostro guapo, en mi barba de unos días, en mis ojos negros que habían hipnotizado a más de una mata hari, a más de dos ladies godivas, a más de cuatro marilines monroes. Ella me sonrió y se fue a pagar. El juego de la coquetería comenzaba. La seguí hasta su casa y me dio un portazo en la nariz. “Se hace la difícil”, dije, “pero yo soy persistente, una mula”.

Esperé pacientemente a la puerta de su casa. Toda la noche. Bajo el frío. Hubiera querido comprar unas orejeras y un abrigo. Al amanecer, ella salió por la leche. Era domingo y la calle lucía vacía. Nadie se levanta temprano un domingo frío. Nadie tiene tanta fe. Ni siquiera en diciembre.

Al verme, fingió no verme. “Se hace la difícil”, repetí. Caminé detrás de ella, acortando la distancia entre los dos. Me puse a su lado y, sin hablar, la acompañé a la lechería. ¡Tres litros! Debía de gustarle mucho la leche. Eso creí, pues en ese momento desconocía que era casada. Pero lo iba a saber casi al instante, pues un hombre con aspecto de lechero, que se puso junto a ella, me dio los buenos días. Ella, en ese momento reparé que no sabía su nombre, nos presentó:

—Mi esposo. El señor… —ella tampoco sabía mi nombre, claro. Tuve que presentarme yo mismo.

—Aragón de Molina —dije—. Buenos días. Con permiso.

Me retiré unos pasos, compré una barra de mantequilla y decidí desayunar mi decepción en un pan tostado caliente, con café.

Ella me alcanzó y me habló:

—Olvida esto.

¡Por supuesto! El periódico de ayer. Lo había dejado sobre el mostrador de la lechería.

—Gracias, señora…

—De Galván. Es el apellido de mi esposo.

Puse mi mano en su brazo, sobre una pequeña costra, y rasqué, arrancándosela. Ella no protestó, pero no dijo nada. La costra cayó a una coladera en el suelo, y ella volvió al interior de la lechería.

Pasaron los días. Las semanas. Yo veía a la señora de Galván casi todos los días, y ella me dejaba arrancarle las pequeñas costras que se le formaban en los brazos, pero nada más. Ni una sonrisa, ni una mirada, un beso estaba fuera de toda posibilidad. Pero no podía dejar de encontrarme con ella. Estaba hechizado, embrujado, condenado. Sus ojos de miel miraban el mundo pero no a mí, ¿acaso no era yo parte del mundo?

—Sí, pero una muy insignificante.

—Sí, pero una muy irrelevante.

—Sí, pero más bien no.

No le presté atención a las flores. Envidiosas, no soportan que alguien ame a una mujer más bella que las flores. El viento soplaba y pisé una rosa y un diente de león. Se terminaba el invierno.

Me refugié en mi biblioteca, entre libros y papeles con notas que he ido guardando a lo largo de los años de estudio. Pero no conseguí sacármela de la cabeza, hermosa señora de Galván, divina señora de Galván. De Galván, de él, suya. Pero será mía.

Acabó el invierno. Excepto en mi casa. En mi casa el otoño-invierno era perpetuo. Salí en busca de mi amiga. Llamarla amiga es una exageración, pero qué más da. Salí en busca de mi amiga, la dulce y fría señora de Galván. La encontré en la esquina, cerca del mercado. Llevaba una canasta de mimbre, y me la imaginé llena de manzanas y mangos. Recordé que de ella emanaba un olor a fruta fresca, y se me antojó plantarle una mordida. Me acerqué por detrás y puse mi boca en su cuello. Ella se desvaneció. Cuando la encontré, seguía en éxtasis por mi beso. No iba a desaprovechar la oportunidad y me la llevé a mi casa.

De inmediato noté la diferencia. Ya no era otoño, ya no era invierno. La primavera comenzaba a sentirse conforme me acercaba a mi casa. Pero el interior de mi casa permanecía idéntico, sin sombra de colores, sólo la luz plateada del invierno y el viento marrón del otoño.

Ayudé a la señora de Galván a recostarse en mi cama. No se resistió. No sé si comprendía lo inútil de hacerlo o si deseaba estar ahí, conmigo. Me decanté por esta última teoría, me miré en el espejo y mi rostro me confirmó que era lo más probable.

Los días se sucedieron, y las noches también, aunque no siempre en el orden esperado. Perfeccioné el arte de afilar mis uñas en la delicada piel de la señora de Galván. Su sangre, que recolecté con el mayor cuidado, en el más fino de los cristales, fue el alimento de mis macetas. Amapolas, tulipanes, rosas de Castilla. Pero sin importar cuánta sangre les diera a beber, ellas se negaron a crecer.

La bella y pálida señora de Galván se iba quedando sin vida. Un gasto inútil, después de todo. Tengo que aceptar que jamás lograré ser un buen jardinero.

Al fin, murió. Ya no era la señora de Galván. Ahora era mía. Arranqué las tablas de debajo de mi cama, descubriendo una habitación secreta, y coloqué el cuerpo de mi señora en un rincón.

—Ya no vas a estar sola, mi amor —le dije, besando sus labios—. Te harán compañía mis otras esposas.

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