Conducir

Foto: Dulce Rosales
Foto: Dulce Rosales

La carretera se extiende en línea recta y no le veo final. Ya no sé cuántas horas llevo conduciendo, lo extraño es que no he visto un sólo auto en todo el trayecto; da igual. A los lados, se extienden colinas, cerros y pastizales abrasados por un sol furioso. Los pocos árboles que veo, inmóviles, me hacen comprender que no hay viento. Las nubes se encuentran fijas en el cielo. Cuando era niño, las nubes me llenaban de terror; pensaba que en cualquier momento, podría salir flotando hasta el cielo y quedarme atrapado en él, convertirme en una nube. De adulto, aún me desagradaba la visión de esas masas de vapor, tan irreales, tan indolentes.

Conduzco unas horas más. La carretera es interminable, invariable. Hay movimiento entre los pastizales: Una columna de humo que se eleva, tal vez para formar nuevas nubes. Vienen a mí recuerdos de trabajadores del campo al quemar amplias extensiones de terreno para la siembra; grandes gotas de sudor adornan la frente de esos hombres y mujeres, como joyas, como lágrimas. Hago a un lado esas imágenes, me olvido del humo y paso de largo.

La velocidad del auto es constante. El ronroneo del motor me adormece. En mi cabeza, se confunde con el sonido de las llantas al rodar sobre el pavimento. Abro los ojos con violencia y fijo la mirada sobre la línea blanca que separa ambos carriles. El sol golpea el vidrio y me lastima. No hay remedio, sigo conduciendo. Los cerros, las colinas, los pocos árboles siguen corriendo en sentido inverso. ¿A dónde irán? No importa, continúo adelante. Adelante. Como mi padre en su coche cuando ignoraba los hoteles y las mujeres de paso y me llevaba a su casa todo el fin de semana. Yo me acostaba en el asiento y miraba por la ventanilla. Las nubes y el sonido del motor me arrullaban y mi padre me despertaba al llegar. Vivía en un edificio alto que me causaba vértigo.

Un pilar de humo sube hacia las alturas y siento el mismo vértigo de entonces pero lo ignoro. Miro de reojo, casi sin querer. Algo fuera de lugar llama mi atención. No sé lo que es, pienso detenerme a investigar pero el automóvil, casi como por voluntad propia, sigue recorriendo la carretera sin variar la velocidad ni la recta. La línea blanca se convierte en una larga probóscide extendida hacia el horizonte hasta perderse de vista. Imagino mi auto como un monstruoso camaleón gris de metal y plástico corriendo raudo entre las piedras. Por un momento siento que podría levantar las montañas usando sólo dos dedos.

El silbido del automóvil, monótono, invariable, al romper el aire inmóvil, me hace entrecerrar los ojos. Sólo un momento. Un momento, nada más. Noto un aroma en el aire y no consigo identificarlo. Regresan a mi mente las imágenes de los trabajadores del campo. Las nubes permanecen quietas. Trato de encontrarles formas como hacía cuando era niño, pero todas tienen forma de nubes.

La carretera no tiene fin. Sigo adelante. Las colinas y las estepas no tienen fin. Siguen su camino. Sólo las nubes permanecen estáticas, indiferentes del resto del mundo. Da la impresión de que la carretera y el cielo se tocan en un punto más allá de donde la vista alcanza. Pero las colinas y los pastos y los árboles en realidad no se mueven. Nada se mueve. Todo esto no es más que un cuadro petrificado. Únicamente el vehículo se desplaza, lo hace en una larga línea recta, con un largo y recto zumbido de insecto mecánico. La velocidad es constante, no hay variaciones perceptibles. A veces, siento que permanezco en absoluto reposo dentro mi auto, mientras el resto del universo gira bajo las ruedas. Excepto las mismas nubes muertas de siempre.

Una columna de humo gris y negro que rompe ligeramente la regularidad del paisaje, atrae mi mirada. Detengo el coche y el peso del mundo recae sobre mí en toda su acinesia. Me acerco al árbol de donde parece desprenderse el humo. El pasto está destrozado; me causa cierta tristeza. Hay un automóvil igualmente destrozado. Es idéntico al mío. Entre el auto y el árbol, hay una persona atrapada. Lleva ropa idéntica a la mía, llena de sangre y vísceras. En el interior de lo que queda del auto hay una persona atrapada entre el asiento y el volante. Aunque tiene el rostro destruido, aún puedo reconocerlo: soy yo.

El ruido de un motor desbocado me hace volver la vista. Un auto fuera de control viene directo hacia mí, no hago el intento de hacerme a un lado. Antes de recibir el golpe me doy cuenta de que es idéntico al mío; no, es el mío, es mi auto. Y yo conduzco. Me miro a los ojos en reconocimiento y terror.

Publicado en Bolivia 3.0, mayo de 2014.

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