Cicatriz

Foto: Jonathan Ducruix
Foto: Jonathan Ducruix

There are angels imprisoned in these shells.

Our bodies, too, are cages which contain angels…

-Grant Morrison; Hellblazer

Dentro de dos semanas será nuestro aniversario. El primer año de nuestro matrimonio ha sido muy apasionado, pero las últimas semanas, se ha relajado considerablemente: ya no hacemos el amor todas las noches, ya no salimos a bailar todos los fines de semana, ya no nos quedamos hasta la madrugada viendo películas ni salimos a cenar fuera con tanta frecuencia. No creo que sea señal de alarma, pienso que es normal que después de una temporada de pasión tan intensa el amor se vuelva más tranquilo.

Esta noche me he quedado despierto en la cama, con insomnio. Escucho la respiración de mi esposa a mi lado, percibo la figura tenue de su cuerpo desnudo en la oscuridad de la habitación, y mis manos no se resisten al deseo de hacer un reconocimiento de esa cartografía que es su piel. Recorren lentamente la curvatura de su cadera, palpan llenas de asombro el terreno de su espalda, con sus elevaciones y pendientes abruptas, investigan, inquietas, la redondez de sus senos, hasta llegar a la fosa de su garganta, donde se detienen extrañadas por el nuevo descubrimiento.

Durante cerca de un año, hicimos el amor cada noche, casi sin excepción, pero nunca había notado aquella cicatriz a un costado de su cuello. Cuántas veces debo de haber besado ese punto exacto de su cuerpo sin haberla notado, cuántas veces mis dedos se habrán posado, amorosos, sobre ese punto, sin sospecharlo. Pero ahora lo he hecho, y la novedad me entretiene durante un rato, hasta que me he quedado dormido.

Al despertar, sólo ansío la llegada de la noche para continuar con mi investigación.

Paso el día como puedo, tratando de mantener mi mente ocupada con otros asuntos, pero esa ansia de regresar a la cicatriz es persistente y no me permite concentrarme en nada más.

Trato de leer, pero al ver en la portada del libro una rasgadura, pienso en la cicatriz. Quise poner en orden mi guardarropa, pero los pantalones y los abrigos remendados me la hacen recordar. El espejo roto, la ventana entreabierta, los anteojos reparados con cinta adhesiva, todo en el mundo es una cicatriz.

Pero al fin viene la bendita noche.

Espero hasta que mi esposa se queda dormida. Entonces, comienzo a explorar esa cicatriz que me tiene tan intrigado. Mis ojos se posan en ella, como si de tanto mirarla pudiera descubrir su origen. Pero sí descubro algo: a lo largo de la cicatriz corre una línea recta con algunas marcas parecidas a una costura. ¿Qué era aquello? ¿Por qué mi esposa tenía una marca tan singular?

Mientras lo meditaba, posé la mano sobre la cicatriz y comencé a acariciar con las yemas de los dedos. La piel cedió y la costura se abrió. Asustado al pensar que había lastimado a mi esposa, contuve la respiración y aguardé hasta estar seguro de que ella no se había percatado de nada. Enseguida contemplé la herida abierta, y me sorprendió ver que debajo de su piel había una nueva piel, tan pálida que parecía luz.

Continué abriendo la herida, hasta descubrir un hombro nuevo, un cuello nuevo, un cuerpo nuevo, una mujer nueva, en todo idéntica a mi esposa, excepto por el color de la piel, la ausencia de cabello y las alas en su espalda.

Dentro de dos semanas será nuestro aniversario. Casi todas las noches del último año me he acostado con un ángel, pero no sé si hemos hecho el amor o si sólo hemos tenido sexo. No puedo esperar que ella me lo diga, pues ni siquiera parece tener una voz. Me mira con ojos melancólicos y en ocasiones parece cantar algo imposible, pero su lenguaje no es el mismo que el de los hombres. Y aunque se entrega a mí cada noche en cuerpo y espíritu, ya presiento la misma monotonía de antes.

Esta mañana, al levantarme, se me ocurrió que dentro de todos debe ocultarse un ángel, y decidí poner el mío al descubierto.

Mientras me rasuraba, me abrí intencionalmente una herida en un costado del cuello, pero al ver manar la sangre me di cuenta de que podía haber cometido una seria equivocación: ¿Y si el ángel dentro de mí no soy yo sino otro?

Publicado en El Búho #122, septiembre de 2010.

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