PamTekElha

Foto: Dulce Rosales
Foto: Dulce Rosales

Yo no sé si es verdad, sólo conozco la historia que me contó Jorge Villarruel, el famoso escritor que vive en la casa de enfrente (famoso según cuentan los clientes de la cocina económica donde a veces platicamos; la verdad es que nunca he visto su nombre en ninguna revista importante). Sólo conozco esa versión, y es la que ahora narraré.

Antes de comenzar, deben saber que nuestra historia se desarrolla en una colonia popular de Iztapalapa, hogar de todos los implicados. Un barrio jodido como todos los barrios jodidos: lleno de basura, chakas, microbuseros, mariguanos, futbolistas borrachos y panzones, cuyas esposas, léperas y enormemente feas (las más guapas parecen hijas de Elba Esther Gordillo; ¡ay, nanita!), también juegan futbol.

Como es de esperarse, una sheila como PamTekElha, con su exótica y contundente hermosura, sólo podía despertar el deseo de los trogloditas de la colonia y la envidia de sus esposas, amigas y amantes (la honesta verdad es que yo nunca la vi, y sólo supe de su existencia por las historias que Jorge Villarruel me contó; no quiero molestarme en preguntarle a nadie más, lo más seguro es que negarían todo, así de envidiosos son los marginados sociales). También es lógico suponer que sólo una de cada ciento cincuenta y nueve personas, lea libros (aparte del Libro Vaquero [que ahora escriba en él Jordi Soler, sólo consiguió hacer que el cómic empeorara] y el Semanal, o el Especial de Albañiles y el Sensacional de Chafiretes).

La ecuación es simple:

Escritor culto + Belleza australiana – (Orangután + Su Orangutana) = Enamoramiento

El escritor, obviamente Jorge Villarruel, Yorch pa’ los cuates, y PamTekElha, más tarde o más temprano tenían que coincidir en el mismo punto, el punto adecuado, el lugar perfecto para su encuentro: La fila de las tortillas.

Yo no lo sé de cierto, así me lo contó Yorch, cuando él y PamTekElha llegaron a comprar sus tortillas al mismo tiempo, él le cedió su lugar a ella, y cuando don Pedro, el vendedor le dijo al escritor que ya no había, PamTekElha se ofreció a compartir las suyas con él.

Quiso el destino, Dios o el Diablo (aún no sé cuál es la diferencia entre los tres) o el puro pinche azar (cuya existencia es más dudosa que los anteriores), que PamTekElha viviera en un cuarto que le alquilaba a doña Dominga, en la casa junto a la de Yorch. Así que caminaron juntos las cuatro cuadras que los llevarían desde la tortillería hasta sus santuarios. Cuando Yorch abrió la puerta de su casa, y le dedicaba algunas palabras de agradecimiento por las tortillas obsequiadas, PamTekElha no pudo evitar echar una mirada furtiva al interior del recinto, y, maravillada, exclamó.

—¡Cuánta libros! —australiana, su lengua natural es el inglés, y como todos los angloparlantes del rechoncho mundo, nunca conseguirá hablar bien el español.

—¿Te gustan los libros? —mi amigo dice que eso fue lo único que se le ocurrió preguntar.

Ella le dijo que sí, que cuando vivía en San Diego tenía muchos libros, y cuando vivía en Melbourne tenía todavía más, pero que no podía traerlos consigo, aunque no dio ninguna razón satisfactoria de ello, culpando de ello a su deficiente manejo del lenguaje, pero Yorch me asegura que pudo ver en sus ojos cierto aire de misterio y que eso fue lo que más le atrajo de esa “curiosa” y “sabrosa” mujer (son expresiones de él; yo sólo les paso el dato al costo).

Como es obvio, Yorch le dijo que podía prestarle sus libros, el que quisiera, excepto los de Freud (pues repasaba algunos pasajes con frecuencia obsesiva, como si deseara memorizarlos como un padre memoriza a sus hijos o su biblia), ni Voice of the Fire de Alan Moore y American Gods de Neil Gaiman, pues los estaba leyendo en ese momento. “Siempre leo dos libros a la vez”, me confesó Yorch hace tiempo. Fuera de eso, cualquier otro libro, estaría encantado de prestarlo.

—¿Tendrás algo de Caitlín R. Kiernan? —preguntó PamTekElha, y su pregunta podía ser o no un desafío.

Si lo era, y Yorch cree que sí, pasó la prueba:

—¿Ya leíste Silk?

Una semana después, PamTekElha fue a casa de Yorch y le devolvió la novela, y tomó prestada otra, Noches de cocaína, de Ballard. Pero en el ínterin, se vieron casi todos los días, en la fila de las tortillas, en la tienda de doña Emiliana, en la parada del micro, en la farmacia, en las quesadillas.

Dos o tres semanas después de la primera plática, ya andaban muy agarraditos de las manos. Ese amor no era cosa cursi ni de telenovela ni de película gringa, era una cosa como francesa o japonesa, violenta, aguerrida, como llamarada.

—Vente aquí —le dijo Yorch—, me sobra espacio.

En realidad era una exageración, con tanto libro y mamotreto no había mucho lugar disponible, pero PamTekElha encontró la idea seductora, y dos días después le dio las gracias y las llaves a doña Dominga y se mudó con Yorch.

Es interesante notar que Yorch no tenía un empleo bien pagado, que podía apenas hacerse cargo de sus gastos, y casi todo se le iba en comida y libros, pero eso no parecía ser un problema; de quién sabe dónde, él nunca le preguntó, PamTekElha sacaba elevadas sumas de dinero, no tan elevadas como para hacerse ricos, no se confundan, pero sí lo bastante para darse una vida cómoda y con varios lujos exóticos, así, además de un par de pececillos de colores, Yorch ahora se paseaba con un camaleón rojo, y del interior de la casa escapaban los furiosos aullidos de un lobo o coyote. A Yorch no le gustan los perros, eso lo sé de buena fe, lo conozco de hace tiempo, pero seguramente no tendría reparos en poseer la belleza salvaje de uno de sus primos más antiguos. O quizá sólo era otro de esos discos de Diamanda Galás con que tanto gozaba torturarnos cuando estábamos en bachillerato.

Una noche, PamTekElha llegó un poco borracha. Llegó de quién sabe dónde, Yorch no le preguntó. Sus amigos de esos días, me cuenta, le insistían en que debía meterla en cintura, enseñarle quién mandaba. Me dijo que él lo sabía bien: “PamTekElha es la que manda, para mí es suficiente que se mande a sí misma mientras no intente mandarme a mí, aunque con ese cuerpo y esa cara, no me molestaría demasiado tener que obedecerla”.

Así es como pasaron esos meses, no más de cuatro. Una noche, al volver del trabajo, Yorch encontró la casa vacía. No, claro, todo estaba ahí, los libros, los discos, los armatostes extraños, los retratos de Freud y Rimbaud, pero ni rastro del camaleón, del lobo o coyote, de las cosas de PamTekElha ni de PamTekElha. Y la casa se sentía más fría que nunca (y yo que conozco su casa sé que es muy fría). Vacía.

Yo nunca vi a PamTekElha. Pero he decidido dedicar la cuarta parte de mi vida a localizarla. Aún no sé si para Yorch o para mí.

Publicado en Bolivia 3.0, en febrero de 2014.

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